La primera vez que fui al Campamento Simjá, un programa de verano para niños con necesidades especiales y enfermedades graves, fue para trabajar como consejero. Era la primera vez que trabajaría con niños que tenían enfermedades debilitantes, y estaba lleno de dudas. ¿Acaso mi campista estaría en una silla de ruedas? ¿Qué clase de enfermedad tendría? ¿Sería capaz de relacionarme con él? A los 18 años, la única persona a la que alguna vez realmente había prestado atención era “a mí mismo”. ¿Cómo podría cuidar a otra persona durante dos semanas y ser feliz?

Cuando mi co-consejero y yo recibimos el perfil de nuestro campista, quedé estupefacto. Había páginas y páginas de medicamentos, máquinas e información acerca de sus enfermedades y discapacidades – Espina Bífida e Hidrocefalia, por nombrar algunas – así como interminables instrucciones para asistirlo en sus rutinas matutinas y nocturnas.

¿¡Tiene una traqueotomía!? ¿No puede hablar? ¿Tengo que darle sus medicamentos a través de una sonda gástrica?! ¿Qué soy, un doctor? Un niño tan frágil con tan sólo 5 años de edad. Un revoltijo de dudas llenaron mi mente mientras me preguntaba en qué me había metido.

La máquina indicó que su consumo de oxígeno bajaba drásticamente.

Después de recopilar un poco de información adicional, estábamos listos para nuestra primera noche de rutina. Se necesitaron dos horas para configurar todas sus máquinas y administrar sus medicamentos hasta que finalmente estaba listo para una noche de sueño reparador. O al menos eso creíamos. Había dormido sólo durante unas cuantas horas cuando de pronto, el pitido comenzó en su pulsioximetro, informándonos que su consumo de oxígeno bajaba drásticamente. ¿¡Era nuestra primera noche juntos y ya teníamos problemas!?

El sudor corría por mi cara. Corrí al teléfono y llamé a la enfermería solicitando ayuda. El personal médico fue informado sobre nuestra ubicación y dentro de unos minutos estaban en el lugar. Buscando el problema rastrearon todo el cableado y los botones, hasta que encontraron que el cable de oxígeno que se conectaba a su respirador no estaba conectado correctamente. Inmediatamente lo arreglaron y el oxígeno comenzó a subir hasta un nivel normal.

Durante la semana siguiente aprendí de mis errores, perfeccioné mis rutinas y me sentí confiado de que con un personal médico estelar a mi lado, yo sí podía proporcionar el cuidado adecuado. Claro, ciertamente tuvimos algunos incidentes más, algunos bastante atemorizantes, pero al menos estaba preparado adecuadamente.

Las dos semanas pasaron rápido, y estuvieron llenas de actividades divertidas y sorprendentes: una visita de la estrella de la NBA Steve Nash, un mago de un programa de televisión, paseos en helicóptero y conciertos espectaculares.

Antes de darme cuenta, todo estaba llegando a su fin.

La última noche nos reunimos en el salón para ver un resumen en video de las dos semanas anteriores. Todos nos sentamos, con los ojos clavados en la pantalla, mientras revivíamos el baile, el canto y la alegría que todos habíamos experimentado.

Para coronar la noche, a todos los consejeros se les entregó una bolsa de golosinas y sorpresas para que repartieran a sus campistas como un regalo de despedida. Por su parte, a los campistas se les pidió que dieran una sola cosa a cambio: un abrazo.

Le di a mi campista su bolsa de regalos, y él respondió con un abrazo enorme. En ese instante, una inmensa alegría se apoderó de mí como un relámpago, y absorbí toda la experiencia.

Sí, nos divertimos enormemente los últimos 14 días. Pero nunca tuve el tiempo de procesar lo que había ocurrido. Durante las últimas dos semanas me había dedicado por completo a este chico. Había asumido la responsabilidad de estar a su lado en todo momento. Día y noche, sin importar el costo. Sin embargo, dado que mi campista no podía hablar, él no había podido expresar que estaba pasando un momento increíble y lo mucho que apreciaba mi cuidado.

Pero cuando lo abracé y vi esa gran sonrisa en su rostro, recibí el mensaje claramente. Y me sentí sobrecogido con un feliz entendimiento: el gran "yo" finalmente había experimentado el placer más grande de la vida, el placer de dar.