Los mejores momentos de mi vida fueron aquellos en los que sentí la alegría de conectarme emocionalmente con otra persona. El placer de sentir una conexión con otra persona es tan intenso que llegué a creer en la clase de democracia emocional que hace que incluso vincularse con un extraño en un avión valga la pena. Soy una adicta a la conexión.

Anhelo el destello de algo bueno y hermoso. Me hace más humana, más consciente, más inclusiva y más real.

Con eso en mente, vale la pena pensar bien en por qué a veces me saboteo a mí misma suprimiendo o trivializando el lado positivo de lo que vivo cuando me conecto con otras personas. ¿Por qué somos adictos a enfocarnos en el lado negativo del espíritu humano, que no es ni más observable ni más real que el lado positivo? ¿Qué ganamos al hacerlo?

Situación hipotética

Diana estaba radiante. El día en que Miguel le propuso matrimonio, se sentaron en el parque y planificaron su futuro. Fue el mejor día de sus vidas. Dos semanas después, en la fiesta de compromiso que hicieron en el pequeño e íntimo restaurante que había sido el escenario de muchas de sus citas, dos de sus amigas, Elena y Silvia, estaban concentradas en su conversación en voz baja.

―¡Que pareja! ―dijo Silvia.

―No te excites tanto ―advirtió Elena.

Pero Silvia persistió. ―¿A qué te refieres? Él es todo lo que ella estaba buscando y aún más. Es tan atento y considerado. Incluso la ayudó a elegir el menú.

Pero Elena no estaba convencida. ―¿No crees que es un poco… ya sabes… controlador? No sé si debería decir algo o no. Me parece realmente preocupante.

Piensa en la situación

¿Qué ganaba Elena? ¿Estaba realmente preocupada por Diana? ¿Su observación de que Miguel era un poco controlador era la única forma racional de ver las cosas?

Esto nos devuelve a nuestra pregunta: ¿Qué ganamos cuando elegimos verbalizar la negatividad? ¿Por qué nos gusta el habla negativa o destructiva que no tiene ningún objetivo real?

Demos un vistazo a nuestro funcionamiento interno y aprendamos a escuchar nuestros propósitos ocultos.

A veces creemos que si no decimos todo lo que sentimos entonces no estamos siendo honestos.

1. Confundimos honestidad con verdad.

El Orjot Tzadikim (un famoso libro sobre ética judía escrito anónimamente en la edad media) nos dice que el alma siempre sabe la verdad. El alma proviene de la Fuente de la verdad y, por lo tanto, la verdad siempre se hace escuchar. Sin embargo, debido a nuestro amor por la verdad a veces creemos (irracionalmente) que si no decimos todo lo que sentimos entonces no estamos siendo honestos.

El aspecto irracional de esta forma de pensar es que tratamos a la negatividad y a la verdad como si fueran sinónimos. “Sacar todo afuera y decirlo tal cual es” raramente implica recordar incluir todo lo cautivador, bueno y perdurable en una persona o situación en discusión. En el ejemplo anterior, ver al prometido como servicial es al menos tan honesto como teorizar sobre que es controlador. En este caso, la evidencia es muy débil. Sin embargo, incluso si fuera sólida, la persona que la necesita es Diana, no Silvia. La necesidad de Elena de “decirlo tal cual es” está muy mal dirigida.

2. Al hablar sobre un problema sentimos que lo solucionamos.

Elena y Silvia eligieron jugar a ser psicólogas aficionadas. No es difícil imaginar cómo evolucionaría la conversación.

―Sabes, creo que, en algún nivel, a ella le gustan esas cosas. Su padre no le prestó mucha atención después de divorciarse.

―Eso responde muchas preguntas, Silvia. Siempre me pregunté qué le atraía de Miguel… yo nunca saldría con alguien como él.

―Creo que puede que tenga una tendencia a tener un trastorno límite de la personalidad, ya sabes, que no tiene una personalidad propia sino que se amoldó a su grupo social. Creo que debe ser eso.

Y ellas podrían seguir indefinidamente excavando en la infancia de Diana, sus relaciones, etc. y con cada capa que desenterraran tendrían la ilusión de haber encontrado algo real y valioso. El tema es que hablar sobre un problema no necesariamente hace que la situación mejore, incluso en casos en que la discusión lleve a conclusiones válidas. De hecho, en esta ocasión no pasará nada por el estilo ya que el paciente está completamente excluido del tratamiento y dos mujeres que no tienen ninguna capacitación más allá de ser ávidas lectoras de artículos de psicología popular y de autoayuda son las que están administrando el tratamiento.

El reconocimiento debe provenir de los demás.

3. Nos gusta que la gente nos escuche.

Uno de los diez nombres del alma es kavod, que significa honor. Todos queremos que el resto valide nuestra importancia ya que Dios imbuyó en nosotros la sensibilidad a nuestra importancia inherente. Queremos lograr cosas importantes y este deseo está íntimamente imbuido en nuestra consciencia sobre nuestra centralidad en el universo.

Lamentablemente somos incapaces de distinguir emocionalmente entre el reconocimiento y la importancia. El reconocimiento debe provenir de los demás, quienes actúan como una audiencia entusiasta. La importancia requiere hacer algo para convertirnos en una persona mejor y para convertir al mundo en un lugar mejor, lo cual obviamente es mucho más complejo.

Contar historias es entretenido y atrae oyentes; al menos por el momento el relator es el centro de atención y siente el disfrute del reconocimiento. “Elena, ¿conocías a Diana en la universidad?”. Si la respuesta es positiva entonces Elena se aseguró el éxito; si sabe actuar, Silvia estará encantada al menos durante los siguientes diez minutos.

4. Nos resulta difícil recordar que las personas son humanas a menos que sean iguales a nosotros.

Elena y Silvia no tuvieron problemas en convertir a Diana en un caso. Es muy fácil salirnos del lazo que nos une. ¿Es así como Elena contaría su propia historia?

Todos hemos visto las conmovedoras fotos de los padres de los criminales. Se sientan en silencio, pálidos y lastimados en la corte durante el juicio de su hijo. No, no necesariamente creen que el crimen no debería ser castigado; tampoco creen siempre en lo más profundo de sus corazones que su hijo sea una víctima inocente de las circunstancias de la vida, independientemente de cuán vigorosamente lo defiendan ante la prensa o incluso entre ellos. La raíz de su dolor es la profunda empatía hacia su propia sangre. Cuanto más le hayan dado al hijo durante su infancia y mientras más esfuerzo hayan hecho para enderezar a su chico malo, más profundo será el dolor. Esto es porque cuando lo ven no pueden evitar verse a sí mismos, con sus esperanzas y aspiraciones reflejadas en sus ojos.

Cuanto más diferente es alguien de nosotros, más fácil es abstraerse y deshumanizarlo. Esta es la razón de por qué todos los ejércitos entrenan a sus soldados para atacar al enemigo y no a alguien que tiene un nombre o una vida propia.

Para ser un experto en vidas ajenas no hacen falta aptitudes.

5. Si él es gordo, entonces yo soy flaco.

La forma más fácil de sentirse superior es sentir que el otro es inferior. Sentarse en la comodidad de un sillón o, en el caso de Silvia y Elena, en la ambientación retro de un restaurante de moda, es una postura muy cómoda. Nos brinda el sentimiento de autoridad y superioridad sin la necesidad de lograr nada. No hacen falta aptitudes para ser un experto en vidas ajenas o en la naturaleza de las elecciones de los demás y sobre cuán bien lo hubiéramos hecho nosotros si hubiésemos estado en su posición.

6. El habla negativa nutre nuestro mundo de fantasía.

Cuando éramos niños todos creíamos que creceríamos y nos convertiríamos en héroes. Hay miles de bomberos, astronautas e incluso rabinos de ocho años. Hay menos vendedores de seguros, de computadoras y radiólogos. Nos encanta el drama, siempre y cuando nosotros seamos los héroes.

El habla negativa puede ser un teatro de primer nivel. Hay tantas tramas para elegir. Está el “yo en contra de los malos” o el “yo lo salvé”, y también están las miles de historias que muestran a los demás como malos, ingenuos, patéticos y valorando nuestros consejos, ayuda, etc. En ocasiones esto toca la parte de nuestro mundo de fantasía que es casi mesiánico. Una versión final es: “tomé riesgos, pero valió la pena”. Esto exige mucha discusión sobre lo que hubiera ocurrido, cómo hubiera ocurrido, etc.

7. La mejor defensa es el ataque.

Silvia y Elena son solteras. Diana está comprometida. Intelectualmente, todos sabemos que ser soltero no es un crimen, tampoco una tragedia melodramática ni un síntoma de fracaso. Ahora, eso no significa que todo el que sepa esos hechos sea lo suficientemente sabio como para reconocerlos en el plano emocional. Sentirse un perdedor no necesariamente es consecuencia de serlo.

Nuestros sabios nos dicen: “La envidia, el deseo y el anhelo de prestigio sacan a la persona de la realidad”. Nuestro corazón nos dice que nos defendamos del éxito de los demás. El habla negativa es por lo general una versión adulta de “igual no quería esa tonta muñeca”. El problema es que la irracionalidad puede escaparse de nuestras manos y la energía emocional que deberíamos enfocar en vivir la vida de manera constructiva la gastamos destruyendo a otros. Enfocar la negatividad hacia competidores que ni siquiera saben que son parte de una carrera sin reglas y sin ganadores no mejora nuestra autoestima.

Conclusión

Es importante saber de dónde emana nuestro deseo de destruir en lugar de construir. Entender por qué tendemos hacia la negatividad nos permitirá dar el paso siguiente, que es un cambio radical en la forma en que pensamos y sentimos. Debemos aprender a ver a los demás como parte de nosotros mismos para sentirnos exitosos con su éxito y validados cuando reciben reconocimiento.

La forma en que esto ocurre es dejando de sentirnos necesitados y vulnerables. Esos sentimientos negativos nos mantienen en la eterna postura de defensa. Cuanto más internalicemos —en todos los niveles— todo lo que Dios nos dio, más amados, importantes y validados nos sentiremos intrínsecamente. Cuando el vaso está lleno se rebalsa. Nuestras relaciones se tornan más amables, más compasivas y más importantes, con suficiente confianza para ver y enfocarnos en lo bueno de los demás.