“Soy así”.

“Soy enojona y estallo rápido. Siempre lo fui y siempre lo seré”.

“Nunca llego a tiempo, simplemente no logro ser puntual”.

Yo pensaba que tener conciencia de mis cualidades personales era el pináculo del desarrollo personal. En mis últimos años de adolescencia, a menudo me desconcertaba a mí misma con mis reacciones ante los eventos de la vida y constantemente buscaba herramientas, como astrología y test de personalidad, para ayudarme a entenderme mejor a mí misma.

Estos intentos de definirme a mí misma a través de un grupo de cualidades me resultaba muy reconfortante. ¿Era impulsiva? ¡Sí, lo era! ¿Era amistosa? ¡Seguro! ¿Era intelectual e inquisitiva? Bueno, sí, gracias por preguntar.

Me sentía bien de poder decir: “Esto es lo que soy”.

Era impulsiva e inquieta, lo que iba bien con las cualidades de Géminis, por lo que pensaba que esa era la forma en que debía ser. Yo era la clase de persona que podía llegar sin anunciarse a la casa de una amiga cuando tenía ganas de verla. Casi nunca llamaba antes para hacer planes por anticipado. En vez de comprender que esto podía ser bastante inconveniente, pensaba que era algo divertido y espontáneo.

Lo que no entendía era en qué medida mi búsqueda por definirme a mí misma me impedía crecer como persona. Sólo porque la espontaneidad formaba parte de mi personalidad, eso no significaba que estuviera condenada a ser siempre espontánea y no aprender nunca cómo planear de antemano.

Entonces comencé a aprender sobre el judaísmo y mi búsqueda por definirme pasó a un segundo plano. Estaba demasiado ocupada descubriendo las mitzvot y la profundidad de la filosofía judía para tener tiempo de tratar de descubrirme a mí misma. También comencé a dudar de la sabiduría de mi obsesión por definir mi personalidad.

Estaba en un seminario cuando oí por primera vez mencionar la palabra hebrea “midot”, cualidades de carácter. El orador compartió el consejo de Maimónides respecto a que cuando se tiene problemas con una cualidad, se debe ir en la dirección opuesta durante un período de tiempo para eventualmente llegar al punto medio. Él también nos enseñó la sabiduría de un libro de hace unos 200 años llamado Jeshbón HaNefesh, que habla de estas cualidades y de cómo es posible mejorar.

Yo estaba fascinada. El judaísmo no permitía que nuestras cualidades personales fueran una excusa para nuestros actos. Estamos obligados a entender nuestras tendencias y debilidades y a realizar el duro trabajo necesario para volvernos personas más equilibradas y morales. Comprendí que tenía que dejar de observar mi ombligo y comenzar a implementar el programa de modificación del comportamiento del judaísmo.

Voy a dar un ejemplo práctico, mundano:

Yo era bastante mala en lo que hace a las tareas domésticas. Siempre encontraba algo más interesante para hacer. Esto implicaba que la pila de ropa sucia crecía constantemente, en la cocina siempre había platos sucios y era muy raro que el piso estuviera limpio.

Yo justificaba este comportamiento diciéndome que era una persona creativa, que tenía niños pequeños, que no tenía sentido desperdiciar el tiempo limpiando cuando podía pasarlo con mi familia (Confesión: en verdad no pasaba ese tiempo con mi familia).

En un momento tuve que reconocer que ya no funcionaba bien en ese nivel de caos. Algunas personalidades más relajadas quizás puedan hacerlo, pero yo soy más bien nerviosa. El patrón con el que vivía era dejar las cosas de lado hasta que ya no podía soportarlas y entonces me enojaba con mi familia hasta que limpiaba y ordenaba, lo cual por lo general me llevaba bastante tiempo considerando todo lo que se había acumulado.

Este patrón ya no funcionaba para nadie, sin importar con cuántas racionalizaciones yo lo adornara. Entendí que necesitaba trabajar sobre la cualidad de la limpieza y el orden para llegar a ser una persona más equilibrada.

Así fue que en el curso de varios años me fui fijando pequeños objetivos. Un mes trabajé en no dejar platos sucios durante la noche. Otro mes trabajé en barrer y aspirar el piso con más frecuencia. Llevaba una tabla, celebraba mis éxitos y me perdonaba cuando no cumplía con mis objetivos. Porque no se trataba sólo de limpiar la casa, era mi campo de batalla para un verdadero crecimiento espiritual.

Lo que descubrí fue que cosas que antes pensaba que estaban por completo fuera de mi alcance ahora eran posibles. No cambié rápidamente, pero el cambio era notable.

El judaísmo me brindó las herramientas para lograr finalmente entenderme a mí misma y liberarme de autodefiniciones que me impedían cambiar.

Para implementar cambios pequeños pero efectivos en tu propia vida, intenta los siguientes pasos:

1. Piensa en pequeño. Escoge un objetivo que esté a tu alcance. “Quiero mantener mi teléfono inteligente fuera de mi habitación durante la noche”.

2. Haz un plan. ¿Con cuánta frecuencia deseas intentar lograr este objetivo? “Quiero mantener mi teléfono fuera de mi habitación tres noches de la semana”.

3. Lleva un registro de tus logros. Lleva una tabla o contáctate con un amigo o pariente cada vez que logras tu objetivo. “Quiero mantener mi teléfono fuera de mi habitación tres noches de la semana y voy a mandarle un mensaje de texto a mi amiga cada vez que lo saco a la noche”.


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