—Te vas a llenar de plata —me dijo Alicia con una sonrisa.

Tenía los labios pintados y los ojos perfectamente delineados. Era tía de una amiga y aunque no me había quedado claro cómo había conseguido mi dirección, cuando apareció frente a mi puerta la hice pasar y le serví un café.

Desde hacía una semana yo estaba sin trabajo, por lo que estaba preocupada y un poco deprimida. Alicia, después de contarme su último viaje a Miami y mostrarme el reloj de marca que se había comprado allí, sacó el tema:

—Vine a salvarte la vida —hablaba rápido y categóricamente— sé que estás pasando un momento difícil y quiero ayudarte.

—Gracias, pero todo va a estar bien —contesté sorprendida ante su propuesta— hoy tengo una entrevista de trabajo.

—Escúchame a mí primero: te ofrezco un negocio en donde puedes acomodar tus horarios y ganar mucho dinero. Desde hace unos meses yo estoy vendiendo estos cosméticos y me va bárbaro —mientras hablaba Alicia sacaba productos de un bolso y los ponía sobre la mesa.

—Pero yo no soy buena vendedora —me disculpé.

—Yo tampoco era buena al principio y mírame ahora —señaló su ropa— todo esto me lo pude comprar gracias a estos productos.

—¿Crees que sería bueno para mí? —pregunté.

—¡Por supuesto! Sigue mi consejo y métete de lleno en esto. Lo único que se necesita es una pequeña inversión inicial.

En ese entonces yo era joven y no conocía la existencia de esquemas piramidales en donde la mayoría de los participantes salen perdiendo, así que ingenuamente invertí mis pocos ahorros y comencé esperanzada mi carrera como vendedora.

A pesar de vender un buen número de sombras y máscaras —en especial a mi madre, a quien le revelé los secretos de iluminado de ojos que me había enseñado Alicia— noté que el negocio no me resultaba redituable.

Al poco tiempo noté que las ganancias que podría generar por mí misma no serían suficientes para cubrir mi inversión y que el sistema sólo funcionaba si uno se dedicaba a reclutar vendedores —como Alicia había hecho conmigo— y a cobrar recompensa por cada venta realizada por ellos.

Indignada y triste al darme cuenta de la situación, inmediatamente dejé ese negocio. Muy bien maquillada y con unos ahorros menos, al mes siguiente conseguí trabajo en una editorial.

No alcanza con las buenas intenciones

Nunca pude saber si Alicia de verdad quería ayudarme o simplemente buscaba el beneficio propio. Nadie puede saber lo que se oculta en el corazón de otra persona. Con el paso del tiempo superé la decepción y esa historia quedó como una anécdota de sobremesa que utilizaba para remarcar lo buena persona que era yo, alguien que nunca daría un mal consejo.

O al menos eso creía.

Cuando analicé el asunto sinceramente, me di cuenta de que yo sacaba consejos como conejos de la galera sin darle la debida importancia. En algunas situaciones, me podría haber parecido a Alicia.

—Haz lo que sientas —le dije a una amiga la noche en la que en un casamiento me preguntó si valía la pena dejar la dieta por una torta de chocolate.

Dios nos dio la posibilidad de afectar la vida del prójimo con nuestras palabras.

No me detuve a pensar qué era lo mejor para ella y me apuré en contestar. Lo que mi amiga sentía en ese momento era hambre, así que impulsada por mi consejo, arruinó una semana de sacrificio por dos porciones y media.

—No gastes en peluquería, teñirse el pelo es facilísimo —le dije a mi prima.

Me creía en dominio de todas las ciencias, por lo que opinaba acerca de medicina y también de tejido a crochet. Todavía hoy mi prima me reprocha la sugerencia, en especial cuando vemos las fotos de su cumpleaños y ella aparece con su cabellera arruinada.

—Estás mejor sin él —le aconsejé a una amiga después de que se peleó con su novio.

Los últimos meses ella había estado un poco alejada, así que una parte mía se alegró al pensar que volveríamos a pasar tiempo juntas. Entusiasmada por esa idea, no validé sus sentimientos y la aconsejé sin sensibilidad.

Emisarios del bien

Dios nos dio la posibilidad de afectar la vida del prójimo con nuestras palabras. Ya sea que nos consulten cuánto aceite equivale a medio pan de margarina o qué marca de auto conviene comprar, uno debe ser muy cuidadoso al dar un consejo y asegurarse que el resultado no sea perjudicial.

No pondrás un obstáculo delante de un ciego; temerás a tu Dios” (Levítico 19:14). Nuestros sabios nos enseñan que si bien se puede entender este versículo literalmente —y estamos de acuerdo en que no es muy correcto poner una piedra frente a un ciego—, este versículo también se interpreta como la prohibición de provocar que una persona se equivoque; o mejor dicho, la obligación de dar buen consejo.

El mundo funciona como un engranaje, una larga cadena de acontecimientos en donde un hecho genera otro y éste otro más. Dar un buen consejo es una manera de inaugurar una línea de bien, de la que también recibiremos recompensa, como en un sistema de negocio piramidal, pero donde nadie pierde.

Esto no significa que uno debe andar opinando sobre cualquier tema. Tampoco se refiere a ir dando consejos sin haberse detenido a pensar ni haberle dado importancia al asunto. Mucho menos entrar en terrenos en donde se requiere un profesional o un experto en la materia.

Se trata de saber interpretar cuándo Dios nos necesita como vehículo para enviar una respuesta, por más simple que sea. Ser un emisario dispuesto a afectar nuestro entorno con bondad y generosidad.

Si uno se compromete con la realidad del otro y le proporciona la misma importancia a sus problemas que a los propios, nuestros consejos serán buenos.

Muchas veces, lo que para nosotros resulta claro está oculto para el resto. Hay que animarse a iluminar esas zonas oscuras. El mundo está repleto de sombras —no de la clase que vendía Alicia— y es posible utilizar nuestra existencia para traer luz, poner brillo y embellecer la vida.