En su libro superventas The Tools (Las herramientas), Phil Stutz y Barry Michels describen “la acción de invertir el deseo”, una herramienta sicológica en la que una persona toma su inclinación natural hacia evitar el dolor y la transforma en un deseo de enfrentarlo de manera frontal. Describen el éxito de un jugador de futbol americano:

Estaba en la lista del equipo ideal del campeonato y era considerado el mejor atacante de su posición en la zona. Por alguna razón, estaba deseoso de explicarme cómo había alcanzado esta distinción. Lo que dijo me sorprendió; aún lo recuerdo, cuarenta años después. Me explicó que no era el más veloz de la ciudad, y tampoco era el más elusivo. Había jugadores más fuertes que él, pero a pesar de ello, era el mejor de la ciudad y tenía importantes becas universitarias para probarlo. La razón por la que era el mejor, explicó, no tenía nada que ver con sus habilidades físicas: era su actitud respecto a la idea de ser golpeado. Él pedía la pelota desde la línea de partida y corría hasta el defensor más cercano. No trataba de engañarlo ni de salirse del terreno de juego, sino que corría hacia él y lo golpeaba a propósito, sin importar cuánto doliera…. ‘Por eso soy el mejor. Los otros corredores tienen miedo, puedes verlo en sus ojos’” (Phil Stutz y Barry Michels, The Tools, p. 38).

Para poner a prueba esta herramienta, quería encontrar una situación difícil que estuviera evitando enfrentar. No tuve que pensar mucho; descubrí una antes que comenzara el día.

Temprano por la mañana, estaba en la mitad de mi rutina de jogging cuando de repente tuve un calambre. Pudo haber sido la falta de sueño, o quizás fue la “falta de combustible”. El sol estaba a punto de salir y me detuve por un minuto para tomar algo. Sabía que si me detenía demasiado, el dolor sólo empeoraría. Un entrenador de atletismo me dijo una vez que la regla es continuar corriendo, estirándote tanto como sea posible y concentrándote en la respiración. Comencé a correr pensando en la “acción de invertir el deseo” y en el poder de enfrentar el dolor.

Sentí el calambre y aceleré mi paso. A medida que fui entrando en confianza, sentí como el calambre desaparecía. Me di cuenta de que no sólo podía tolerar la incomodidad, sino que podía correr rápido gracias a ella. Pronto las endorfinas ahogaron el cansancio y los calambres.

Más tarde, ese mismo día, enfrenté otra barrera aún más importante que la primera.

Unos pocos días atrás había ido a la biblioteca con todos mis hijos. Después de encontrar varios libros para reportes e historias para la hora de dormir, fuimos al escritorio para registrar el préstamo. Mi hijo menor estaba tratando de hablar en voz baja, pero estaba muy cansado. Le pasé nuestras tarjetas a la bibliotecaria, quien miró con furia a mi niño charlatán.

“Usa tu voz para biblioteca”, le recordé con suavidad.

“Dejé mi voz para biblioteca en casa”, dijo de forma sonora.

Le sonreí a la bibliotecaria, quien parecía como si estuviese a punto de tirarnos las tarjetas en la cara.

“Lo siento, lo está intentando” dije, sin saber por qué esa señora estaba tan enojada. Reunimos nuestros libros con prisa y le agradecimos por su paciencia. Pero cuando volvía a casa, aún estaba enojada. ¿Por qué me había tratado de esa manera? Seguramente mis niños no eran los primeros a quienes les resultaba difícil hablar bajo. Quizás la próxima vez iríamos a otra sucursal, pensé, sacándome el incidente de la cabeza.

En el día de mi corrida me crucé con la bibliotecaria en un supermercado. Ella iba empujando una silla de ruedas en la que había una niña discapacitada. Yo la vi, pero ella aún no me había visto. Pensé en ir a otro pasillo y simular no haberla visto nunca. No quería que me mirara de nuevo con furia. Además, me molestaba que hubiera sido tan impaciente con mi hijo.

Tomé una caja de cereales y simulé leer los ingredientes. De todos modos, ¿por qué debería acercarme a ella? Iba a ser embarazoso e incómodo. Mientras estaba parada allí, me di cuenta de que estaba tratando de tomar la salida fácil, alejándome de la incomodidad en lugar de dirigirme hacia ella. Esta era mi próxima oportunidad para poner a prueba la acción de invertir el deseo.

Arrojé la caja de cereales a mi carrito, junté coraje y fui hacia ella.

“Hola, ¿eres la bibliotecaria de la Biblioteca Theodore, verdad? Quizás no me recuerdas, pero nos vimos a principio de la semana”.

La bibliotecaria me miró con los ojos sorprendidos.

“Te recuerdo. Estabas con muchos niños”.

Luego miró hacia el piso.

“Quiero disculparme por haber sido grosera contigo ese día. Esa tarde estaba teniendo una dificultad muy grande con una de las enfermeras de mi hermana. Ella es mi hermana, Jessica”.

Si no puedes tolerar el dolor, no puedes estar completamente vivo.

Después de intercambiar otros comentarios de cortesía, ambas continuamos con nuestras compras. Hay tanto que no sabemos sobre la vida de los demás. Si no hubiese superado mi incomodidad y el molesto miedo a que me volviera a mirar con furia, no me hubiese acercado a la bibliotecaria que, a partir de eso, se convirtió en una buena amiga.

Stutz y Michels describen las consecuencias de temer confrontar el dolor:

Cualquiera que sea tu zona de confort, pagas un precio inmenso por estar en ella. La vida provee posibilidades infinitas, pero con ellas viene el dolor. Si no puedes tolerar el dolor, no puedes estar completamente vivo. Hay muchos ejemplos diferentes de esto. Si eres tímido y evitas a las personas, pierdes la vitalidad resultante de sentirte parte de una comunidad. Si eres creativo pero no puedes tolerar las críticas, evitas venderle tus ideas al mercado. Si eres un líder pero no puedes confrontar a las personas, nadie te seguirá. La zona de confort tiene el objetivo de mantenerte a salvo, pero lo que hace en realidad es empequeñecer tu vida” (The Tools, p. 30).

Esto es cierto tanto física, emocional como espiritualmente. Salirse de la zona de confort requiere no sólo que toleremos el dolor, sino que lo deseemos siempre que nos acerque a nuestro objetivo. Asume el riesgo de cambiar una carrera que no te satisface. Muévete hacia ideas nuevas que desafíen los principios preconcebidos sobre la vida. Convierte el dolor en poder transformando el deseo de comodidad en un deseo de grandeza.

Corre para recibir los golpes en lugar de salirte del campo de juego. Porque si no lo intentamos, entonces no podremos lograrlo.