Durante años, me sentí frustrada por mi propia falta de conexión con Dios. Era frustrante precisamente porque yo estaba bastante segura respecto a mis creencias; por lo menos tanto como puede llegar a estar segura de cualquier cosa una judía observante educada por un filósofo y una abogada. A una edad relativamente temprana decidí que creer en Dios tenía más sentido que el resto de las alternativas, y más específicamente, que el judaísmo ortodoxo en el que me habían educado tenía más sentido como mi camino futuro en la vida. Tenía preguntas, pero confiaba lo suficiente. Creía.

Pero me frustraba la brecha entre lo intelectual y lo espiritual. Intelectualmente sabía, pero no sabía realmente, en lo más profundo de mi ser. Me desafiaba a mí misma incluso en momentos de supuesta inspiración: ¿Esto es real? ¿Realmente me estoy conectando con Dios y siento Su Presencia? ¿Me gusta cantar estas canciones judías por Dios o por la música? ¿Acaso mi asombro ante la naturaleza cuenta como asombro ante Dios, si sólo mi cerebro establece la conexión entre Él y el mundo natural que yo creo, intelectualmente, que Él ha creado? ¿Cómo puedo construir una consciencia verdadera, profunda y emocional de Dios en mi vida, y cómo puedo llegar a reconocer si esto ocurre?

En cierto momento, dejé de lado estas preguntas definiéndome a mi misma como "intelectualmente espiritual". Yo creía en el valor de la espiritualidad, pero me costaba llegar a sentirla. Mis inclinaciones más internas estaban más dirigidas a ideas y a lo que tenía sentido; no a lo que sentía. Probablemente pensé que si lograba nombrar esas tendencias, podría aceptarlas. Mientras que pudiera colocarme a mí misma, a mi vida religiosa y mis elecciones religiosas en un marco comprensible, no necesitaba conectarme espiritualmente como imaginaba que lo hacían los demás, ni evaluar si esos sentimientos de conexión espiritual eran "reales".

Tal vez no era que estaba demasiado orientada intelectualmente para conectarme, sino que simplemente tenía miedo de hacerlo.

Sin embargo, más recientemente comencé a preguntarme si toda esa angustia (y toda esa falta de conexión) no era una cubierta. Tal vez no era que estaba demasiado orientada intelectualmente para conectarme, sino que simplemente tenía miedo de hacerlo.

Esto lo entendí cuando estaba embarazada de mi cuarto hijo. (¿Por qué entonces y no en los tres primeros embarazos? Buena pregunta). Si alguien busca un punto de inspiración de conexión espiritual con Dios, llevar dentro tuyo a otro ser humano como socio de Dios en la creación de una vida tiene mucho potencial. Yo estaba maravillada por cada movimiento fetal, por cada ecografía, por cada sonido de los latidos cardíacos de mi bebé en el consultorio del médico. Hubo momentos en los que me sentí tan abrumada por la milagrosa naturaleza de lo que estaba ocurriendo en mi cuerpo, que me parecía que nadie podía llegar a entenderlo tal como yo. Decía cosas como: "No, realmente, ¡es un milagro! Ya sé que todos dicen que el nacimiento de un niño es milagroso, ¡pero en verdad lo es!".

Y un "milagro" implica la mano de Dios, ¿verdad? ¿Quiere decir que en medio de esos momentos de profunda conexión con lo milagroso, sentí la presencia de Dios en mi vida y en mi útero, finalmente en paz con mi capacidad de "ser" espiritual?

No. Retrocedí.

No podía soportarlo. Durante años había anhelado sentir que Dios es "real", y finalmente comprendí que el problema era que los sentimientos eran demasiado reales, demasiado poderosos. Abrumada, me cerraba de inmediato a todos los pensamientos sobre la maravillosa existencia de mi bebé y seguía con mi rutina cotidiana. Añoraba esos momentos de puro asombro, pero les temía y me escapaba de ellos.

En un momento, durante ese embarazo, recordé un sueño que me había atormentado durante mucho tiempo pero que casi había olvidado. No recuerdo nada del sueño, excepto un momento: escuché que Dios decía mi nombre. Nada más, sólo "Sara". Y yo estaba aterrorizada. No porque fuera a lastimarme, no por lo que los eruditos judíos llaman irat haonesh, temor al castigo. En ese sueño, y cada vez que pienso en él, simplemente me siento aterrorizada por la experiencia imaginaria de escuchar lo Divino; irat haromemut, temor (asombro) de Su grandeza.

Mirando hacia atrás a ese momento en ese sueño, comprendí que mi cerebro estaba tratando de procesar lo que podía significar conectarse realmente con Dios, y quizás la razón verdadera por la que me bloqueaba ante eso. El profeta Jeremías describió la experiencia de la profecía, la máxima conexión con Dios, como "fuego… como un martillo rompiendo una roca" (23:29). Quizás mi sueño era un intento inconsciente de entender ese sentimiento. Tal vez mi sueño me decía que la verdadera razón por la que no podía lograr una conexión espiritual en mi vida era porque en cierto nivel, yo construía murallas. Quizás sabía, subconscientemente, que no podría manejar una chispa de semejante experiencia en la vida real. Apenas pude soportarla en un sueño. Era algo demasiado real para la vida real.

El nombre del mes de elul, el mes previo al año nuevo judío, es una sigla formada por las priemras letras de las palabras "ani le dodi vedodi li – yo soy de mi amado y mi Amado es para mí". Estas bellas palabras pertenecen a Shir Hashirim, el Cantar de los Cantares 6:3, un poderoso poema de amor entre Dios y Su pueblo, y deben entenderse como una expresión de la conexión ideal a la que debemos aspirar en esta época del año.

Pero en el capítulo previo de Shir Hashirim encontramos una escena que describe la separación y las oportunidades perdidas. La mujer está en la cama cuando oye que llaman a la puerta. Su amado está allí, pero ella está demasiado cansada para levantarse, vestiré y abrirle… hasta que finalmente se levanta pero él ya se ha ido.

A veces somos demasiado perezosos para reconocer que Dios llama a la puerta, y quizás a veces tenemos miedo de reconocerlo. Tal vez, en lo más profundo, la mujer de Shir Hashirim temía la intensidad de sus sentimientos por su amado, y tuvo que juntar no sólo energía sino también coraje para poder enfrentarlo.

Hace falta coraje para reconocer la realidad de esos momentos en los que Dios llama a nuestra puerta. Ese llamado puede llegar en la forma de la patada de un bebé o una bella puesta de sol. Puede ocurrir al usar el baño y de repente comprender la complejidad de nuestra biología. Puede ser un versículo de la Torá o algo que de repente entendemos en un nivel inexplicablemente profundo. Puede ocurrir un día en el cual todo marcha con tanta prolijidad que no podemos evitar sentir que tuvimos la posibilidad de dar un vistazo al orden del universo. Qué enorme bendición es que Él siga llamando, ofreciéndonos la oportunidad no sólo en el mes de elul, sino en todos esos momentos grandes y pequeños de nuestra vida.

Nuestro desafío es abrir la puerta y decir, como lo hicieron los profetas de antaño a pesar de su terror: "Hineni – aquí estoy. Es decir: Ya lo sé, Tú también estás aquí.