Hace dos años atrás, mi esposa, Aviel, estaba parada en el Kótel.

De pronto, sintió como si alguien apagase un interruptor. En un instante, su mundo se volvió extrañamente oscuro. ¿Pasaba algo con su visión? ¿No estaba acostumbrada al clima de Israel? Regresamos a casa, a los Estados Unidos, y las cosas empeoraron. Ella siempre había tenido buena vista… ¿Qué podía ser?

Probó con lentes, gotas para los ojos, todo lo que se te ocurra. Nada funcionó. Finalmente, un optometrista sugirió que la mala visión podía ser resultado de un accidente cerebrovascular, de un tumor cerebral o de esclerosis múltiple. Fuimos a consultar con una oftalmóloga que ordenó una resonancia magnética. Para entonces, Aviel no podía leer, conducir ni cortar verduras.

El 15 de agosto, un día antes de nuestro aniversario de bodas, recibimos una llamada de la doctora. Ella nos pidió que los dos escucháramos la llamada para para compartir el resultado de la resonancia magnética. La médica nos preguntó: “¿Están sentados?”.

La pregunta me hizo regresar al pasado, más de 20 años atrás.

Era un viernes por la tarde, el 14 de agosto de 1998. Aviel y yo nos casábamos el domingo. Justo antes de Shabat, recibí una llamada de mi futuro cuñado, Bruce. Se lo oía muy angustiado. “Ken, tengo que darte una noticia. ¿Estás sentado?”.

La pregunta me frustró. No soy la clase de persona que puede permanecer sentado por mucho tiempo. “Aviel tuvo un accidente. Va a estar bien, pero ven de inmediato”, me dijo Bruce.

Al regresar a casa antes de Shabat, Aviel giró a la izquierda desde una calle muy concurrida. Allí la chocó (casi de frente) un oficial de policía fuera de servicio que no la vio doblar. Si él la hubiera chocado un momento antes, el resultado podría haber sido desastroso. Llegué a la casa. Aviel se veía aturdida. Al día siguiente volví a visitarla. Estaba en cama, adolorida, preguntándose cómo podría caminar hacia la jupá. Sorprendentemente, al pensar en lo que había ocurrido, sentí una determinación aún mayor de casarme con ella.

Como muchos judíos religiosos, yo me considero una persona de emuná, de 'fe'. Cuando en la vida se me presentan desafíos, digo “Esto es la providencia Divina”. A veces me pregunté a mí mismo qué haría ante una verdadera calamidad.

Emuná —o fe— es una cualidad necesaria. Si no tuviéramos algo de fe en el médico, ¿cómo podríamos someternos a una cirugía? El diagnostico de Aviel en la llamada de “están sentados” fue meningioma intracraneal. Esto es un tumor benigno entre el cerebro y el cráneo, que estaba presionando el nervio óptico. De inmediato se programó una cirugía.

Antes de que se llevaran a Aviel, el cirujano me miró con una expresión seria y me prometió: “Vamos a ir muy lento y con mucho cuidado”. Las horas que siguieron fueron momentos de reflexión. Si necesitamos fe en los humanos, ¿cuánto más la necesitamos en Dios?

Un principio básico

La Torá está repleta de ideas profundas respecto a cómo acercarnos a Dios. El Talmud relata varios intentos de “reducir” toda la Torá a un pequeño puñado de principios básicos. El profeta Jabakuk logró destilar la esencia de la Torá en una sola idea:

"Pero el justo vive por su fe" (Jabakuk 2:4).

Esta simple frase puede definir toda la vida. ¿Qué significa “vivir por la fe”?

La declaración de Jabakuk tuvo lugar en una discusión sobre uno de los más grandes enemigos de Israel, el rey babilonio Nebujadnetzar. El profeta escribe que el alma de Nebujadnetzar se "agitaba” dentro de él cuando se dedicaba a sus conquistas. En contraste con la agitación interna de Nebujadnetzar, el alma del justo está en calma.

¿Cómo se logra esa tranquilidad?

El Rav Avraham Karelitz, conocido como el Jazón Ish, fue una importante figura rabínica. Rav Karelitz nació en Europa y en 1933 llegó a Israel. El mundo del que provenía fue destruido en el Holocausto.

El Jazón Ish escribió que hay una confusión generalizada sobre el concepto de “confiar” y “tener fe” en Dios. Él sugiere que la gente piensa que tener fe significa pensar que las cosas resultarán bien sólo si creemos que así será. Rav Karelitz pregunta quién puede saber cuál es la voluntad de Dios.

"No. Confiar en Dios es creer que nada ocurre por casualidad y que todo lo que ocurre bajo el sol es resultado del decreto de Dios" (Emuná y Bitajón).

¿Qué es tener fe en Dios? Algunas personas pueden creer que tener fe significa pensar que las cosas se resolverán de la mejor manera. En la cultura moderna, se habla de la fe como una conexión con algo intangible en ti mismo o en el mundo.

La visión del judaísmo sobre la fe es más profunda. Nuestra emuná es nuestra protesta contra la casualidad. Es nuestra creencia interna de que el mundo está impregnado de sentido. No siempre sabemos por qué ocurren las cosas, pero Dios tiene un plan para nuestra alma. Vivimos esa emuná al buscar significado en nuestras vidas, incluso en los giros más inesperados que ella nos presenta.

Aunque no podamos entender “por qué” ocurre algo, sabemos que Dios no nos ha abandonado. Cada camino que recorremos es en cierta forma una oportunidad para acercarnos a Dios. Eso provee una sensación interna de calma.

Nuestra jupá

El accidente de Aviel cambió todo respecto a nuestro fin de semana de ensueño. Nuestros planes para la cena del viernes se cancelaron. El domingo a la mañana, mis cuñadas le aplicaron cantidades de maquillaje para cubrir los moretones de su rostro. Esa tarde, Aviel caminó cojeando hacia nuestra jupá.

Al estar allí parado, contemplando su cara con moretones, tuve un abrumador sentimiento respecto a la fragilidad de nuestras vidas. Estábamos felices de estar vivos. Por eso encontramos un significado más profundo en nuestro matrimonio.

Veintiún años después, en nuestro aniversario, volví a ver cómo se salvaba por lo que pareció ser un “accidente”. Tenemos muchas ideas respecto a cómo debe marchar el tiempo y cómo deberían ser nuestras vidas. Pero Dios nos enseña cómo debemos pasar nuestro tiempo.

Lugares inesperados

Ese verano nada resultó de la forma que lo había anticipado. Yo pensé que pasaríamos nuestro aniversario en un hotel, programando paseos y caminatas. Pero en cambio salimos corriendo para internar a Aviel en el hospital.

Después de la cirugía, Aviel estaba recuperándose en la unidad de cuidados intensivos neurológicos. Gracias a Dios, su nervio óptico no sufrió dañó y ella recuperó la visión. Observé a Aviel en la cama y luego miré por la ventana hacia el estacionamiento. El sol se ocultaba y tuve una nueva sensación de calma.

Es difícil decir cómo respondería yo ante una “verdadera” tragedia. Pero recuerdo ese momento y trato de recuperar la sensación de calma.

La próxima vez que enfrentes un desafío inesperado, tómate el tiempo que necesites para reflexionar. Descúbrete a ti mismo en aquel "desafío" que Dios preparó especialmente para ti.