Mi esposo Leib ha herido mis sentimientos. ¿Como podría perdonarlo?

Asistimos a una gran cena de Shabat con gente de todas partes del mundo. A Jaim le pidieron que contara su historia. Dado que Jaim, al igual que nosotros, era un frecuente invitado en esa casa, yo conocía su historia a la perfección.

En un avión desde Estocolmo a Moscú, sentado al lado de una importante figura política, él había escuchado un desconcertante comentario antisemita. La conversación entre ellos ponía los pelos de punta. Jaim comenzó a contar su historia, sin mencionar que en esa época él no usaba kipá o cualquier otro signo distintivo judío. Entonces yo, una contadora oficial de historias quien por supuesto sabe identificar los elementos importantes de una historia, intercedí, "Tu no mencionaste que..."

En frente de todos los presentes mi marido me detuvo. "Deja que él cuente su historia".

"Pero él no mencionó que no estaba usando su..."

"Es su historia", mi marido respondió en un tono extrañamente rudo. "Deja que él la cuente de la manera que quiera".

¿Cómo podía dejar ir el dolor y reconectarme con mi marido?

No dije nada más, pero me sentí herida. ¿Como podía mi amado esposo haberme humillado así? ¿Cómo podía haberme dejado tan mal cuando yo sólo quería salvar la historia? Ahora todas estas personas estarían pensando que siempre interrumpo las historias ajenas y que soy una entrometida. Él me había avergonzado en público. Y a medida que avanzaba la velada, él ni siquiera parecía haber notado su falta ni se había disculpado.

Yo no quería distanciarme ni agraviar amargamente nuestra relación, pero ¿cómo podía dejar ir el dolor y reconectarme con mi marido?

Paso 1: En vez de enojarte con el agresor, dirige tu mirada "hacia arriba".

El primer paso para dejar atrás el resentimiento es entender que lo que sea que te sucede viene de Dios, ya sea directamente como en el caso de una enfermedad o un huracán, o indirectamente, a través de otro ser humano.

La creencia más básica del judaísmo, el significado real del "monoteísmo judío", es que Dios es uno y es la única fuerza operativa en el universo. "Monoteísmo" es más que rechazar creencias en ídolos o dioses paganos. El segundo de los 10 mandamientos es: "No debes tener elokim ajerim ‘otros dioses’ delante de mí". Pero la palabra Hebrea elokim también significa ‘poderes’ o ‘fuerzas’. El segundo mandamiento significa que tú no deberías creer en ninguna fuerza o poder que no sea Dios. Eso incluye: Wall Street, el IRS, las bacterias, los pesticidas, Al-Qaeda, la sirvienta o tu cuñado. La única fuerza en el universo es Dios. Punto.

La implicación de esto es que si yo estoy sufriendo, es porque Dios decidió que yo necesito esa cantidad de aflicción o tribulaciones para mi rectificación espiritual (lo cual es la única razón para que nuestra alma baje al mundo). Otro ser humano no tiene más poder para hacerte sufrir que para hacer nevar. Todos los poderes vienen de Dios. Todas las líneas causales son verticales, desde Dios a ti, y no horizontales, desde otra persona a ti.

Entonces, ¿qué hay del libre albedrío? ¿No tienen acaso las personas libre albedrío para hacer sufrir o no hacer sufrir?

Funciona de esta manera: Es pasado la medianoche. Estás caminando en una oscura calle en un peligroso barrio y un hombre parado en la intersección está decidiendo si robarte o no. Él tiene libre albedrío y será juzgado por sus elecciones (en el mundo del castigo y la recompensa, después de este mundo). Vamos a decir que él elige robarte. Si Dios decide que tú no mereces el trauma y la pérdida monetaria, a pesar de la decisión del ladrón, él no podrá robarte. Dios puede mandar un par de policías a esa intersección justo en ese momento. O tú puedes recibir un llamado (y como a mí), te puede tomar unos cuantos minutos encontrar tu teléfono celular en tu cartera, y mientras estás parado allí buscando, una víctima diferente puede llegar a la intersección. O dos usureros a los que el ladrón les debe dinero se acercan y él da media vuelta y corre en la dirección opuesta. O el ladrón decide herirte, pero debido a que Dios decide de otra manera, no te hiere.

Por otro lado, vamos a decir que el tipo está parado allí en la intersección mientras tú apareces, y él decide "Ella se ve como una señorita agradable. A ella no le voy a robar" (¡Buena elección amigo!) Pero si Dios decide que tú necesitas esa cantidad de trauma y pérdida monetaria para tu rectificación espiritual, a la noche siguiente cuando estés manejando en tu auto por una calle aislada, tu auto se descompondrá, la batería de tu teléfono se agotará, y tú sufrirás el mismo trauma y la misma pérdida monetaria. El libre albedrío humano afecta solamente a los humanos mismos no a la realidad física, la cual es controlada completamente por Dios.

Reconocer que la situación viene de Dios baja tu presión sanguínea más que muchas horas de Yoga.

El Talmud ilustra esta verdad con una metáfora: Cuando un perro es golpeado por un hombre con un palo, el perro morderá el palo, no al hombre. Similarmente, cuando somos heridos, nos enfocamos en el agente de nuestro dolor —nuestro cónyuge, jefe, amigo, padre, colega o vecino— pero ellos son meramente los "palos" en las manos de Dios. Todo lo que nos pasa viene, directa o indirectamente, de Dios.

Entonces el primer paso es reconocer que esto es primariamente entre tú y Dios, más que entre tú y la persona que te hirió.

Paso 2: Pregúntate "¿Que se supone que debo aprender de esto?".

Reconocer que la situación viene de Dios baja tu presión sanguínea más que muchas horas de yoga. Sólo entonces tendrás el equilibrio emocional para hacerte a ti mismo la pregunta de crecimiento espiritual. En el judaísmo, la pregunta no es ‘¿Por qué?’, sino ‘¿Qué?’, no ‘¿Por qué Dios me aflige con esta dolorosa situación?’ sino ‘¿Qué tengo que aprender de esto? o ¿Cual debería ser mi respuesta ideal?’.

La noche del sábado me dije a mí misma, "Si estoy herida, Dios decidió que yo tenía que estar herida de esta manera. Mi esposo sólo fue el instrumento que Dios utilizó". Una vez que la experiencia fue ‘entre yo y Dios’ en vez de ‘entre yo y mi esposo’, recibí equilibrio emocional para preguntarme: "Ahora, ¿qué es lo que se supone que debo aprender de esta humillación?".

La respuesta saltó rápidamente a mi mente: "Yo soy una charlista y escritora conocida. Constantemente recibo emails de gente que me cuenta cómo mi charla o mi libro les cambiaron sus vidas. Dios no quiere que mi ego se desbande y estrangule mi alma. Así que Dios me mando esta humillación para estremecerme, para bajarme un poco los humos. Yo debo aprender a ser más humilde".

Paso 3: "El otro lado del malhechor"

Ahora es tiempo de enfocarte en la persona que te hirió, y verlo como un todo, como una persona entera, no un torturador. Él o ella es también un alma con sus propios desafíos, preocupaciones, ataques emocionales y cicatrices. Un dicho que leí hace unos años atrás dice así: "Recuerda, cada persona con quien te topas esta peleando una gran batalla". Eso no los exonera de sus faltas, pero si reemplaza la caricatura dibujada por tu dolor con un retrato más realista.

Cuando yo me enfoqué en Leib, sin mirarlo a través de los desorientados lentes de mi dolor, noté que mi esposo, quien es dulce y sensible el 99% del tiempo (¡sin celos, por favor!) estaba bajo mucha presión ese día. Justo antes de Shabat, había atendido una desagradable llamada telefónica. Estaba nervioso y al límite.

Yo llamo este paso "El otro lado del malhechor", porque uno admite que los seres humanos son complejos, y la parte maligna de esa persona es sólo una dimensión de un multifacético ser humano. El agresor se transforma en una persona, en vez de un malvado villano.

Paso 4: Evalúa objetivamente la falta

Ahora estás listo para evaluar objetivamente la falta que se ha cometido.

Lo que él hizo está mal, pero, ¿cuán mal? En nuestros corazones, tendemos a inflar la malevolencia de la acción del agresor. Para considerar claramente la mala acción, tienes que sacar la parte "personal" de tu "demanda por lesiones personales".

Una manera de reducir tu tan correcta indignación es preguntarte a ti mismo, "Si esto le hubiera pasado a una persona diferente en una lejana locación, ¿cuán irritada estaría? Para mí eso significa: "Si Arnold en Poughkeepsie hizo callar a su esposa Adele en una cena delante de todos, ¿lo consideraría como un delito grave o un delito menor?".

Después de la cena de Shabat, cuando ya estábamos en casa, le dije a mi marido cuán dolida estaba y le pregunté por qué lo hizo. Callar a otras personas es rudo y doloroso. Le pregunté cómo pudo tratarme así. Él reflexionó por un minuto. Su respuesta me sorprendió. “No creo que haya estado tomando venganza porque esta mañana tu me callaste en el auto”.

De repente recordé: Estábamos hablando con nuestro hijo por teléfono. Él nos dijo que recién le habían dicho que recibió un 99 en su examen de matemáticas. Yo fui muy efusiva en mi expresión. "Trabajaste muy duro para el examen, y valió la pena. Estoy muy orgullosa de ti". Mi esposo, que estaba manejando, dijo "Pregúntale si sabe porque perdió ese punto". Esto me recordó mi infancia cuando yo traía una A y mi padre me preguntaba porque no fue una "A plus". Mire a mi marido y lo callé, esperando que mi hijo no lo hubiera escuchado por el teléfono.

Entonces en realidad... callar a alguien no es un crimen tan atroz.

El cuarto paso es mirar el acto que la persona cometió y "desinflarlo" en una de estas dos maneras: (1) Pregúntate a ti mismo "si esto le hubiera ocurrido a alguien más en un lugar lejano, ¿yo lo habría considerado tan terrible?" o (2) Recordar momentos en que tú cometiste una falta similar o igual a aquella.

Paso 5: Perdonar

Perdona al agresor. No porque su ofensa es menor, sino porque tú eres muy grande.

Ahora que has admitido que tu dolor viene de Dios, a través de la persona pero no por la persona, y te has calmado lo suficiente como para considerarlo con empatía y aminorar la gravedad de la acción, estás listo para el paso final: Perdonar al agresor. No porque su ofensa es menor, sino porque tú eres muy grande. Cualquier pequeño juez puede condenar en una baja corte a un prisionero. Pero se necesita al presidente o al gobernador para absolver su crimen. Reconsidera y vete a ti mismo no como la víctima sino como el vencedor de tu ser más bajo.

Entonces los pasos son:

  1. Reconoce que tu dolor viene de Dios; el agresor fue meramente su agente.

  2. Hazte la pregunta de crecimiento espiritual: ¿Qué se supone que debo aprender de esto? o ¿Cuál sería la respuesta ideal ante esta situación?

  3. El “otro lado del malhechor”: Ve al agresor como una persona multidimensional.

  4. Desinfla la importancia de la falta al preguntar, “Si esto le hubiera ocurrido a otra persona lejana, cuán indignado estaría yo?” o recuerda cuando tú cometiste una falta similar.

  5. Perdona al agresor

Estamos ahora en el mes hebreo de Elul, acercándonos a Rosh HaShaná y Iom kipur. Dejar atrás el resentimiento es como sacarse una mochila de 30 kilos de encima. Pero hay otro beneficio al perdonar a aquellos que te han herido. La mejor manera de perdonarte a ti mismo es perdonar a aquellos que han actuado en contra tuya. El resentimiento no es solamente una gran carga en tu espalda; es una muralla entre tú y el perdón Divino.

* Las leyes de lashón hará prohiben contar sobre las malas acciones de otros. Yo recibí permiso rabínico para contar esta historia por dos razones: 1) mi marido lo aprobó y 2) el potencial beneficio de los lectores al aprender sobre mi experiencia de vida.