“Me senté en su mesa y la experiencia cambió mi vida”, le dije a la mujer que estaba sentada a mi lado en el avión. Yo volvía de unas vacaciones de verano en Israel y estaba sumamente inspirada. "Deberías haber visto la belleza de las velas reflejándose en la muralla de piedra. Deberías haber visto la calidez que había entre marido y mujer. Las hermosas y celestiales caras de esos niños. El aroma de la Jalá hecha en casa. Las canciones que danzaban y se abrían paso entre la noche".

Mi compañera de vuelo no parecía muy impresionada. Me sonrió a medias y bebió el resto del vino tinto que quedaba en su copa. Entonces yo comencé a contarle sobre las montañas que había escalado en el Golán, el buceo que había hecho en Eilat, las clases a las que había asistido y los amaneceres que había pasado en el Kotel. "Deberías haber visto el Kotel al amanecer. El silencio que había mientras el sol comenzaba a inundar la plaza con sus primeros rayos de luz. Una paz que no puedes encontrar en ningún otro lugar del mundo. Una repentina paz interior como si finalmente hubieras encontrado lo que buscabas y lo tuvieras en tus propias manos. Como una llave".

“¿Y qué vas a hacer ahora?”, me preguntó la mujer.

La miré. Luego bajé la mirada, en dirección a mi propio trago que seguía intacto. ¿A qué se refería?

“Te dije, voy a ir a mi último año de universidad. La próxima semana comienzo”, le respondí.

Ella meneó la cabeza. “No, me refiero a qué vas a hacer con toda esa inspiración. ¿Cómo va a cambiar tu vida?”.

Sentí que toda la emoción del viaje se desvanecía en mi interior. Ella tenía razón.

“En realidad no lo sé”. Bebí mi vino. Miré por la ventana hacia el oscuro cielo y escuché el eco de una de las frases favoritas de uno de mis profesores: "Nada cambia si nada cambia".

Dos semanas más tarde caminaba por mi universidad mientras las hojas otoñales giraban en un furioso torbellino a mi alrededor. Pasé junto a la estatua de Ben Franklin, aquella junto a la que tantas veces había pasado; ahí estaba, sentado en una banca con sus pequeños anteojos y con su misteriosa sonrisa. Pensé en sus invenciones. En cómo descubrió la forma de transformar electricidad en luz. Cómo utilizar la energía. Como atrapar los rayos del cielo. Pensé en cómo había transformado sus ideas en acciones, y recordé una de sus frases más famosas: “Sin un crecimiento y progreso continuo, palabras como ‘mejora’, ‘logro’ y ‘éxito’ no tienen significado alguno”.

Me senté en la banca. ¿Qué voy a hacer ahora? La pregunta me acompañó a clases. Me acompañó a las fiestas. Se abrió paso y me siguió hasta la biblioteca. ¿Qué vas a hacer con toda esa inspiración que obtuviste en Jerusalem?

Pocos días después, uno de los miembros de la organización juvenil Hillel me pidió que dijera algunas palabras de Torá el próximo Shabat. Yo odiaba hablar en público. No quería hacerlo. Pero de todas formas dije que lo haría, porque me senté en su mesa y la experiencia cambió mi vida; necesitaba descubrir cómo haría que fuera más real. ¿Podría aferrarme a ello a pesar del ajetreo de la vida cotidiana? ¿Encontraría una forma para transmitirlo a otros? No lo sabía. Pero lo que sí sabía era que tenía que intentarlo.

El Shabat recién pasado, miles de personas experimentaron la belleza de Shabat por primera vez en sus vidas. Estoy segura de que para muchos la experiencia tocó lo más profundo de su ser e incluso que se vieron transformados por ella. Pero este sentimiento se desvanecerá a menos que transformemos la inspiración en acción. Aquí hay tres formas para hacer esto, las cuales son aplicables también a todo tipo de experiencias inspiradoras:

1. Enséñaselo a alguien más. Incluso si sólo sabes unas pocas ideas, compártelas. Incluso si sólo has asistido a una mesa de Shabat, cuéntale sobre la experiencia a algún amigo que nunca ha tenido la oportunidad de ir a una. Si sabes A, enseña A. Cuando aprendas B, enseña B. Cada vez que recibes el regalo de la sabiduría, transmítelo al menos a una persona que conozcas.

2. Transfórmalo en un cambio de 5 minutos. Toma 5 minutos de tu día y utilízalos para hacer algo con respecto a lo que experimentaste. No importa qué cosa hagas. Aprende algo nuevo. Reza. Piensa. Haz un acto de benevolencia. Escribe las lecciones que has aprendido. Lo importante es que lo hagas de forma constante, para que el estallido de inspiración se transforme en una fuente diaria de luz.

3. Sepáralo en partes y haz lo que puedas. Probablemente te encantó experimentar un Shabat, pero no te imaginas respetándolo todas las semanas al menos por ahora. Por lo tanto, crea una lista de pequeñas metas específicas que sí puedas lograr. Como por ejemplo encender velas. O hacer kidush. O ir a la sinagoga el sábado por la mañana. Comienza tu lista por la meta más fácil y termínala con tu meta final. De esta forma podrás tomar la inspiración y transformarla en un plan concreto antes de que comience a desvanecerse. Recuerda, no es todo o nada.

"Nada cambia a menos que algo cambie".