Ayer me paré sobre la pesa y vi que había bajado unos cuantos kilos. He estado a dieta por meses y ahora estaba a dos kilos de mi meta. Pero en vez de celebrar, simplemente me encogí de hombros, y me maravillé de la dieta de chocolate y papas fritas esa semana en el hospital, además de todas las golosinas que los bien intencionados amigos trajeron a nuestra casa. Nunca imaginé que todo eso me haría bajar tanto de peso.

Desde que mi esposo, mi joven y atractivo esposo, fuera diagnosticado con cáncer hace una semana, perder peso parece extremadamente frívolo. Nuestra "vida normal" llena de metas ordinarias y triviales parece lejana. No puedo creer que hasta hace una semana estaba preocupada por mi auto, que ha estado sonando raro, o que me sentía estresada por una erupción de reparaciones domésticas que de repente necesitábamos.

En las semanas cruciales antes del diagnóstico de mi esposo, no estábamos realmente enfocados el uno en el otro. No, en esas preciosas semanas de normalidad, lo que realmente consumía nuestra atención era la búsqueda de artefactos de iluminación hogareña. Hicimos una gran adquisición que veníamos pensando por años: una nueva lámpara de cristal para nuestro comedor. Lo pensamos como algo que elevaría nuestras celebraciones de Shabat; decíamos que invitaríamos gente sólo para que la vieran. Estábamos tan emocionados.

El otro día mi esposo me vio mirándola y me leyó los pensamientos: "Preferirías no haberla comprado y tenerme sano, ¿verdad?". Yo sé que no se trata de una cosa o la otra, pero asentí con mi cabeza tristemente: parecía que ambas cosas estaban conectadas. Pasamos tantas semanas felices por un artefacto de iluminación, cuando podríamos habernos enfocado el uno en el otro.

Estábamos en un paraíso feliz, fácil, pre-cáncer y lo gastamos yendo de compras.

La chispa espiritual

Después de que mi esposo recibió el diagnóstico, se encontró con nuestro rabino. Afirmando la antigua creencia judía de que Dios se preocupa de que cada uno de nosotros recibamos justo lo que necesitamos de la manera exacta en que lo necesitamos, nuestro rabino le aconsejó a mi marido pensar en sus circunstancias como un desafío. Cada uno de nosotros debe crecer de cierta manera en este mundo, le dijo, y las variadas condiciones en las que cada uno de nosotros se encuentra son las herramientas perfectamente calibradas que necesitamos para hacerlo. Cuando escuché esto pensé, ¿cómo puede esperar él que mi marido acepte este "regalo" de Dios con ninguna otra cosa que no sea amargura? Peor aún, como mi marido lo expresó, ¿cómo se supone que él debe averiguar qué crecimiento personal puede traer la enfermedad?

"¿No puede Dios simplemente decirme qué se supone que tengo que hacer? rió mi esposo, "¡lo haré incluso sin el cáncer!".

Él está tratando muy duro. Incluso cuando se enfrenta a las malas noticias casi todos los días, está determinado a sacar lo positivo de esto. Existe una triple fórmula en el judaísmo para romper los malos decretos sobre nosotros y sobre nuestras comunidades. La plegaria, la caridad y la teshuvá (arrepentimiento) pueden romper un mal decreto. Se hace esto no para "convencer" a Dios, sino que al cambiarnos a nosotros mismos, podemos alterar los desafíos que necesitamos enfrentar para crecer.

En las semanas que han pasado hemos rezado con más fuerza que nunca; hemos dado más tzedaká (caridad), y hemos trabajado en mejorar nuestra observancia. Incluso hemos ofrecido nuestro hogar voluntariamente para que se lleve a cabo un evento de aprendizaje para niños, auspiciado por una organización judía con la que nunca antes habíamos tenido contacto en el pasado. Antes, yo sé que mi esposo habría dicho "¡de ninguna manera!" pero ahora es "¡seguro que sí!".

Nunca pensé en nosotros como una pareja que escatimaba recursos, pero en nuestra nueva existencia dada vuelta, veo que antes del diagnóstico escatimábamos mucho. Dábamos lo que pensábamos que era apropiado, en vez de dar incansablemente. Nos quedábamos muchísimo en nuestra ‘zona de confort’, sin realmente presionarnos más allá del límite.

Minutos preciados

Menos de una semana antes del diagnóstico, mi marido se quejó, "¡no es justo!". Era Shabat, nuestros hijos estaban jugando en el piso, y nuestro hijo saltó, se resbaló, cayó y se quebró el brazo. "Hemos hecho tanto últimamente" se quejó mi marido. Recientemente, él había ayudado a un extraño con problemas médicos y financieros; habíamos realizado unas clases de judaísmo en nuestra casa; incluso habíamos tenido invitados para Shabat que no conocíamos, y que necesitaban un lugar para quedarse. "¿Por qué nos pasan estas cosas terribles cuando hemos hecho todo bien?", él se preguntó.

Ahora, por supuesto, un brazo roto parece algo menor, y los pocos actos de generosidad que hicimos parecen miserables también. Hemos dado caridad esta semana más de lo que imaginé posible. Hemos rezado con una intensidad que nunca supe que existía. Ahora miro alrededor de mi hogar y en vez de ver las cosas materiales que hemos acumulado y los arreglos que deben hacerse, veo las oportunidades que desaproveché cuando me abstuve de dar a otros y a mi marido. Veo los momentos que perdí. Desearía recuperar esos momentos ahora que me doy cuenta en qué los debería haber gastado.

Nosotros no sabemos exactamente para qué es este desafío. Se supone que debemos crecer, ¿pero cómo?, nos han recordado lo que es realmente importante en la vida, ¿pero es esto suficiente?

El otro día, en medio de todo esto, estaba demasiado agotada física y emocionalmente como para sacar la basura. Llamé a mi hijo (no el que tiene el brazo roto), le pasé una bolsa de plástico y le pedí que recolectara toda la basura de los distintos basureros de la casa. Él me miró como si yo estuviera loca, ¡que trabajo tan desagradable! Refutando, recolectó la basura y me pasó la bolsa. "Genial" le dije, "Ahora llévala al basurero de afuera". Él me miró realmente incrédulo. "Y por favor lleva el basurero hasta la acera".

Él volvió un momento después y me dijo que una de las bolsas se había roto y que se había esparcido toda la basura en la calle. Le pase otra bolsa de plástico y le pedí que recogiera toda la basura de la calle. Sus ojos prácticamente se desorbitaron. "¡Pero hay comida podrida ahí adentro!", protestó. Yo insistí, y con una mirada incrédula, se fue a recoger la basura.

He estado pensando en este intercambio últimamente. Quiero que mi hijo aprenda estas labores hogareñas, a pesar de que para él parecen una tortura sin sentido. Rezo para que mi esposo atraviese este miserable tiempo y salga enriquecido y sabio, más equipado, como nuestro hijo, para enfrentar las responsabilidades en este mundo.