Un día, el uso de cubrebocas o mascarillas se convirtió en algo ordinario, obligatorio y común. Ahora nuestra prioridad es protegernos y proteger a los demás, pero al mismo tiempo estamos perdiendo un canal de comunicación, de aceptación y de expresión.

Por alguna razón, Dios nos mostró el valor de la sonrisa, una acción aparentemente simple pero llena de contenido.

Salir y observar las calles alrededor del mundo llenas de seres humanos caminando, cubriendo parte de sus rostros, asustados y guardando la distancia social, ha generado en mí un proceso de reflexión constante.

La cuarentena terminó en algunos países, duró más de lo que imaginábamos, pero la situación sigue siendo muy difícil y distinta. Para todos, la incertidumbre continúa teniendo el control de nuestras vidas.

Estábamos tan acostumbrados a conseguir de forma automática todas nuestras necesidades, que nos ha sido muy difícil concebir la idea de tener que vivir con un virus que continúa rondando por el mundo descontroladamente, y parece no desear detenerse.

Ahora comprendo la necesidad que muchos tenemos de poder sonreír, compartir y abrazar a los demás. Pero estoy segura de que todo es parte del plan perfecto que, como siempre, Dios ha trazado para nosotros, y que detrás de todo esto se encuentra una gran oportunidad de crecimiento, y por eso no podemos dejar de sonreír.

Creo que todos podemos aprovechar esta situación para unirnos y así poder compartir el dolor de todo lo que se perdió en esta etapa tan difícil e inesperada, al mismo tiempo que deberíamos prometernos aprender grandes lecciones y transformarnos para darle un valor eterno a esta crisis mundial que sin duda vino a darnos grandes lecciones de forma general y en particular a cada habitante de este planeta.

El mundo cambió, nuestra manera de vivir ya no será la misma, por lo menos por un tiempo. Ahora tendremos que aprender a expresar con la mirada un poco de nuestro amor y empatía hacia el prójimo. Y quizás algún día recibiremos de vuelta el privilegio de sonreírle al otro sin miedo a ser contagiado, porque sin duda la sonrisa es una gran herramienta.

Mientras tanto valoremos los momentos en los que sí podemos sonreír, por ejemplo a los miembros de nuestra familia. Porque la sonrisa tiene la fuerza de alegrar el alma de alguien más, de darle valor a otro ser humano, de mostrar importancia, cariño, apoyo y comprensión. La sonrisa puede convertirse en el motor del día de alguien más y de uno mismo.

Así que cada vez que queramos sonreír debajo de nuestra mascarilla, recordemos el secreto que posee una simple facción de la cara y el gran potencial que tenemos de poder alegrar a los demás y a nosotros mismos.

Si logramos generar esta conciencia y conseguimos que la sonrisa sea parte de nosotros, seguramente cuando salgamos de nuevo a las calles con la libertad de no tener una mascarilla en el rostro, podremos compartir un poco de nuestra sonrisa con toda la humanidad.