En los días después de Sucot siempre se siente un gran anticlímax. Pasamos de una festividad a otra festividad en una procesión más rápida que el fuego. Pasamos del asombro del mes de Elul y de las Altas Fiestas a la alegría de Sucot y la emoción de Simjat Torá, casi sin descanso en el medio. Y entonces, repentinamente, todo se desvanece —tan rápido como llegó— seguido del monótono mes sin festividades de Jeshván. Volver a la escuela, al trabajo. La misma rutina de siempre. Tan rápido como fuimos catapultados a las alturas de la espiritualidad, así también caimos a las profundidades de la vida mundana. ¿Cómo podemos sortear la transición?

En verdad, hay algo especial acerca de los momentos tranquilos de la vida cotidiana; algo que no podemos experimentar durante los momentos trascendentales. Mi maestro Rav Iojanán Zweig ofrece una excelente ilustración:

Imagina que son las 7:30 a.m. y estás preparando rápidamente la comida de los niños, revisando sus tareas, buscando los zapatos que faltan y alistándolos para la escuela. De repente, tu mujer comienza con dolores de parto; tienes que ir al hospital inmediatamente. Pero aún no es la fecha de parto prevista, el bebé se adelantó dos semanas; por alguna razón la niñera no puede ayudarte. Ninguno de los abuelos vive cerca. Llamas a la puerta de tu vecino en estado de pánico. ¡¡¡Ayuda!!!

De más está decir que cualquier vecina o vecino, sin importar lo ocupado que esté con sus propios hijos e incluso si no tienes la relación más estrecha con él, dejará todo al instante para ayudarte. “¡No se preocupen por nada! Yo me encargo de todo. Sólo apresúrense. ¡Todo saldrá bien!”.

Ahora imagina el escenario número dos. Llamas una noche a la puerta de tu vecino. Todo está bien, no hay situaciones de emergencia, no hay cambios repentinos de planes. Tú y tu esposa desean tomarse la noche libre para pasar una linda velada. Quieren una noche de descanso, evitar el estrés de preparar la cena, lavar los platos, la rutina de acostar a los niños todos los días; un par de horas para olvidar todo y recargar energías. Con la excepción de una niñera costosa, ¿a quién podrías pedirle que hiciera todo esto? (Tal vez a tu madre, sólo si ya olvidó el trauma de la última vez que trató de meter a tus hijos a la cama).

En el primer escenario la necesidad es urgente. Tu vecino está dispuesto a tolerar la molestia porque entiende que tu necesidad es incuestionable. ¿Quién no echaría una mano durante una situación de emergencia como esa? Sin embargo, en el segundo escenario, si una persona se compromete a ayudarte, entonces, esa persona demostraría aún más devoción, precisamente porque la necesidad no es tan grande. Esa verdadera amiga o amigo está dispuesto a dar de sí mismo y ayudarte incluso cuando tú realmente no lo necesitas con urgencia. El acto es menor, pero la devoción que demuestra es proporcionalmente mayor.

Esto ilustra la diferencia entre el mes festivo de Tishrei y el mes sin fiestas de Jeshván. Durante las Altas Fiestas y Sucot, muchos de nosotros rezamos en la sinagoga y comemos en la sucá. Puesto que, cuando está claro que es un momento importante o de “alto riesgo”, entonces, instintivamente todo el mundo sabe que tiene que hacer su parte. Es el momento del juicio; todo el año depende de cómo nos comportemos durante este período.

 La verdadera prueba de un ser humano es cuando no sabe que está siendo puesto a prueba.

Pero cuando todo ha terminado y vuelve la calma, es más difícil mantener la inspiración. Todo el mundo se comporta de manera ejemplar ayunando y rezando en Iom Kipur. Pero, ¿cómo actuamos durante los momentos ordinarios de nuestra vida: cuando los niños nos están enloqueciendo, nuestro jefe nos grita y alguien se pone delante de nosotros en la línea del supermercado? La verdadera prueba de un ser humano es cuando no sabe que está siendo puesto a prueba.

Nuestros sabios enseñan: “Ten cuidado con una mitzvá (mandamiento) menor como con una mitzvá mayor, porque nosotros no conocemos la recompensa por las mitzvot” (Pirkei Avot 2:1). La explicación simple es que nosotros nunca podemos juzgar el valor relativo de los mandamientos. Sin embargo el rabino Zweig descubrió una idea mucho más profunda en las palabras de los sabios. Toma cada mitzvá en serio —tanto las mayores como las menores— porque no sabemos cómo Dios mide nuestras acciones. Tal vez Dios recompensa más generosamente al que realiza una gran mitzvá debido a que el acto en sí es muy importante. Por otro lado, tal vez Él premia más por la mitzvá menor, porque a pesar de que era “menor”, hicimos un esfuerzo por cumplirla. Si era menor y aún así nos tomamos la molestia de observarla, realmente le demostramos a Dios que nos preocupamos por Él; y eso, en sí mismo, es mucho más valioso para Dios.

Todo el mundo está familiarizado con la famosa historia de Hanania, Mishael y Azaria, los tres nobles jóvenes judíos de Babilonia que se negaron a reverenciarse ante el ídolo de Nebujadnetzar. El rey ordenó que ellos fuesen arrojados a un horno de fuego, del cual emergieron ilesos (ver Daniel 3).

Una curiosidad de esta historia es que tan pronto como fueron rescatados de las llamas, nunca más escuchamos hablar de ellos. La Torá no hace mención de su destino; de hecho, no se hace ninguna mención de ellos en absoluto. ¿Adónde fueron?

El Talmud (Sanedrín 93a) pregunta acerca de esto y sugiere algunas respuestas. Una de las respuestas parece especialmente aburrida: “Ellos fueron a la Tierra de Israel, se casaron y tuvieron hijos e hijas”. En otras palabras, vivieron felices para siempre. No más actos heroicos; no más protagonismo. Pasaron el resto de sus vidas en paz y sin problemas, dejando para siempre el escenario de la historia.

¡Qué decepción! ¡Qué anticlímax! Anteriormente ellos eran los grandes héroes, los protagonistas de una leyenda, los objetos de la salvación milagrosa de Dios. Inmediatamente después, se desvanecieron por completo en el anonimato, sin siquiera justificar otra mención bíblica.

Mi abuelo, el rabino Zvi Elimélej Hertzberg, un jasid de Belz que se desempeñó como rabino en una sinagoga de Baltimore llena de sobrevivientes del Holocausto, explicó de la siguiente manera: Tendemos a creer que los momentos heroicos de la vida son en sí el objetivo de la vida y lo que nos define como personas. Pero no es así. Son los momentos cotidianos, tranquilos, los que nos definen de verdad. Hablando ante una sala llena de sobrevivientes del Holocausto, mi abuelo explicó que no hay mayor bendición en la vida que vivir una vida “normal” —ganarse la vida de manera honrada, criar una familia y enseñar a nuestros hijos valores apropiados— una vida sin fanfarria y heroísmo. Sin embargo, si Dios quiere que atravesemos fuego y agua para servirle, lo haremos. Muchos judíos “simples” a lo largo de la historia han dado todo por sus creencias, incluso la vida. Sin embargo, no es para eso que vivimos. Rezamos a Dios para tener vidas tranquilas, sin incidentes. Sin grandes momentos, sin un gran final, sin momentos heroicos.

Y en lugar de transportarnos hacia un estupor distraído, esos momentos son la esencia de la vida. Porque aquellos son los momentos en que podemos demostrarle a Dios que verdaderamente lo amamos.