Desde que mi padre murió estuve deseando verlo en un sueño. Recé mucho para que eso pasara; quería ver a mi padre caminar, hablar y reír. Quería decirle que todo valió la pena – su dolor, nuestro dolor y su enfermedad de 25 años, por lo que le esperaba allí arriba. Quizás incluso tendríamos la oportunidad de hablar, quizás él podría responder todos los monólogos que le dije y todas las cartas que le envié desde que el poder del habla le fue quitado. Tengo tanto para decirte, me había dicho un año antes de morir; le había llevado casi una hora decir esa frase. Tanto que quisiera poder decirte.

Quisiera que él pudiera decírmelo.

Pero no lo obtuve en un sueño. En cambio, recibí un documento de Microsoft Word.

Cada Shabat, después de encender las velas y antes de besar a mis niños y hundirme en el sofá, trato de pensar en algo nuevo por lo que agradecer. Mis ojos siguen cerrados y mis hijos están tan cerca que puedo oírlos respirar; agradezco por mi nueva secadora, por la vecina que me ayudó cuando necesité una mano, porque mi esposo sacó a los chicos por una hora, por la existencia de un asombroso grano que se convierte en café.

La semana posterior a la muerte de mi padre, me paré delante de las velas y mi corazón estaba satisfecho. Nunca esperé tener el tiempo que tuve con él; durante 10 años tuve un nudo en la garganta cuando el teléfono sonaba a una hora extraña (ahora me resulta tan extraño decir simplemente: “Me pregunto quién está llamando a esta hora”) - siempre pensaba que tendría que volver rápidamente a casa para ir a un funeral. En vez de eso, estuve casi una semana a su lado, e incluso estuve allí cuando su corazón finalmente se detuvo.

Mi gratitud era inexpresable con palabras, y lloré y lloré frente a las velas. Besé a mis hijos y nos abrazamos todos en el sofá. Había una paz un poco rendida, cansada, que se extendía sobre nosotros.

Esto duró 10 minutos.

Como dice mi madre, los niños siempre serán niños, y los niños serán dos veces niños después de un regalo especial de érev Shabat. La paz se escurrió entre mis dedos como si hubiese sido agua.

Mi padre está muerto, y yo estoy a 10.000 kilómetros de cualquiera que me entienda.

Las cosas pasaron. La vida pasó. Y la sensación de gratitud que me había abrumado tanto esa primera semana se había escurrido. La semana siguiente tuve uno de esos viernes. No pasó nada. El bebé tironeó el mantel, pese a que no dominaba el truco de dejar los platos en su lugar al hacerlo. Las chicas no se estaban llevando bien, y yo me volví loca en lugar de mantenerme calma. Calculé mal el horario de encendido de velas y salí volando de la ducha con sólo un minuto de tiempo restante. Dije la bendición parando una pelea con una mano, sosteniendo un bebé gruñón en la otra, y con los ojos cerrados.

Estoy tan agradecida por…

¿Por?

Mi padre está muerto y yo estoy a 10.000 kilómetros de distancia de cualquiera que pueda entender cómo me siento al respecto; los niños no paran de pelear y creo que soy la peor madre del mundo. No tengo nada por lo que estar agradecida.

Pensé en el ajo, que me es tan útil para condimentar ensaladas y para freír. Derrotada, me senté en el sofá y miré atontada a las niñas pelearse por un listón.

Después de Shabat, mi hermana me dijo que había encontrado algo en la computadora de mi padre. "Tenía que estudiar para un examen final, por lo que estaba procrastinando".

"¿Limpiaste tu cuarto y horneaste galletitas? Eso es lo que yo hago siempre".

"Sí, totalmente, y después revisé los documentos viejos de la computadora de papá. Y encontré este archivo. Se llama Mis Pensamientos, y la última vez que fue actualizado fue en el año 2002, así que él todavía se podía sentar en una silla de ruedas y usar la computadora con una lupa. Mamá dice que todavía podía mover un dedo. Y lo usó para escribir esto".

Ella me envió el archivo, y yo esperé ansiosa que mi antigua computadora me mostrase los resultados en la pantalla. Recordé la tierra acumulándose sobre el ataúd de mi padre, recordé como yo comencé a gritar. "¡No! ¡Aba! ¡Aba!". Recordé cómo mi hermano y mi mamá me abrazaron y bloquearon la visión de la caja de madera que desaparecía en la tierra. ¿Quién se muda tan lejos de la familia? ¿Por qué estoy viviendo aquí?

Archivo “Mis Pensamientos” encontrado, anunció mi prehistórica computadora triunfantemente. ¿Desea guardar o abrir?

Apreté “guardar”, y esperé por otra eternidad. Mi computadora se quejó y quejó, abrumada. El bebé se despertó, y yo fui a alimentarlo. Cuando volví el archivo estaba abierto y la computadora estaba ronroneando, contenta consigo misma.

Quiero agradecerle a Dios por todo el bien que me ha dado.

Esa era la primera línea. Me imaginé a mi padre levantando sus adormecidos dedos y poniéndolos pesadamente sobre el teclado, presionando las teclas equivocadas y arreglando los errores una y otra vez, forzando terriblemente la vista para ver los resultados a través de la lupa puesta sobre la pantalla hasta que consiguió terminar esa oración.

Quiero agradecerle a Dios por todo el bien que me ha dado.

¿Cómo pudo haber visto lo bueno a través de sus ojos casi ciegos?

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Mis cosas favoritas

Los niños pueden responder nuestras preguntas más profundas. Son nuestro microcosmos, nuestros espejos de casa encantada que reflejan nuestra imagen con una forma y tamaño diferentes.

Unos días antes, les había enseñado a mis hijas la canción “Mis Cosas Favoritas”. Creyeron que la había inventado, y yo no las desalenté. Me la hicieron cantar una y otra vez con todas las estrofas hasta que ellas también aprendieron las palabras.

Cuando el perro muerde
Cuando la abeja pica
Cuando me siento triste
Simplemente recuerdo mis cosas favoritas
¡Y ya no me siento mal!

Creí que era el momento ideal para una lección de vida.

"¡Pueden cantar esta canción cuando se sientan tristes! Pueden cerrar sus ojos y pensar en todo lo que aman, en todas las cosas que las hacen sentir felices y seguras. Todas las cosas por las que están agradecidas".

Libi tenía una cita con el dentista al otro día; pensé que era providencial.

Al día siguiente en el sillón del dentista, sus ojos estaban desorbitados y llenos de lágrimas no derramadas. Sostuve su mano suavemente y comencé a cantar: "Caballitos color crema y strudels de crujiente manzana, campanitas y…"

Ella se irguió y quitó las manos del dentista de su boca. Las lágrimas cayeron por su mejilla. "¡No cantes eso!", gritó. "¡No cantes esa canción!".

Ese viernes a la noche hicimos una cena de acción de gracias sólo por diversión; el carnicero tenía los pavos en oferta. Miré alrededor de la mesa y pensé en lo difícil que había sido el año hasta ese momento, y también en lo maravilloso que había sido, y en cómo cuando lo había necesitado mis amigas habían venido para ayudar. Sentí una inesperada ola de felicidad ahí mismo, sobre mi pavo y mis arvejas.

Esto es lo que importa. Saber que hay mal y bien, y usualmente ambos al mismo tiempo. Y saber que hay gente que te ama que te ayudará en los malos momentos y que comerá pavo contigo durante los buenos.

Y saber que todo es para bien.

No fue sino hasta después que todos se habían ido que me di cuenta que había olvidado servir la salsa de arándanos.

"¡La salsa de arándanos!", me lamenté con mi marido. "¿Cómo pude haber olvidado servirla? ¡Es una de mis cosas favoritas con el pavo!".

Los oídos de Simi se animaron con la frase 'mis cosas favoritas'. "¿La amas como amas a niñas en vestidos blancos con cintos de seda azul?".

Libi dijo: "¿Y copos de nieve que se quedan en mi nariz y cejas?".

"Hey", dije, "cuándo estábamos en el dentista…"

Pero ellas ya estaban dando vueltas por el salón. "Blancos inviernos que se derriten en primavera, ¡esas son algunas de mis cosas favoritas!".

Leo el legado de mi padre casi a diario.

¡Los momentos malos se transforman en buenos! Hay tanto en tan sólo este cuarto, pensé mientras las llamas de mis velas titilaban. Y agradecer a Dios cada semana - cada día, cada momento – por mis tempestuosas mariposas danzantes es agradecer por algo nuevo, porque a cada segundo son renovadas. A cada segundo, son hechas nuevamente para mí.

Siempre es todo bueno. Estoy tan agradecida.

Leo el legado de mi padre casi a diario.

Quiero agradecerle a Dios por todo el bien que me ha dado.

Quisiera agradecerle a Dios por haberme dado estas aflicciones, para poder tener una grandiosa recompensa esperándome en el Mundo Venidero.

Quiero agradecerle a Dios por haberme dado esta casa, al lado de un Shul y de una Ieshivá, y con una rampa.

Un hombre rico es aquel que está contento con su parte.

Buscando lo bueno en lo "malo"…si no estuviese en mi silla de ruedas, no estudiaría mi Mishná.

Continúo diciéndome a mí mismo que "Mitzvá guedolá liot besimjá tamid" (es muy meritorio estar siempre alegre).

Todo es para mejor.

Quisiera agradecerle a Dios por Yoni y por mis 10 hijos saludables.

Quiero citar a Christopher Reeves: "Yo no soy mi cuerpo, yo no soy mi cuerpo".

La primera vez que lo leí quería que fuese más. Leí las líneas una y otra vez. Le envié un email a mi hermana. "¿Esto es todo?", le pregunté. "¿Hay algo más?".

Pero sé que es suficiente. Sé que es más que suficiente; lo es todo.

Una versión de este artículo apareció originalmente en la revista Ami.