Es muy posible que en diferentes momentos del día hayas efectuado muchos juicios. Puedes haber juzgado cómo se veía o cómo se vistió una persona, cómo habló, lo que dijo o incluso cómo comió. Quizás juzgaste a alguien por llegar tarde, por la postura que adoptó sobre cierto tema o por algo que no hizo.

Se entiende que esta pandemia trajo todavía más juicios sobre cosas que nunca hubiéramos imaginado. Es difícil no juzgar a quienes ocupan posiciones de liderazgo por las consecuencias de sus respuestas. Es difícil no juzgar a amigos y parientes por su nivel de compromiso para cumplir las regulaciones. En cierta medida, esto me recuerda la observación de un comediante: "¿Alguna vez prestaste atención que cualquiera que conduce más lento que tú es un tonto, y cualquiera que va más rápido es un maníaco?".

Ser críticos no sólo es injusto con los demás, sino que también es terriblemente injusto con nosotros mismos. Las investigaciones demuestran que ser críticos alimenta la ansiedad y la depresión, e impacta negativamente sobre nuestro bienestar general. Cuando somos juzgados, de inmediato sentimos que fue injusto y que no se tuvo en cuenta la imagen completa o que no se entendió nuestro lado de la historia. Si queremos que los otros nos den el beneficio de la duda, debemos estar dispuestos a actuar de forma recíproca.

En Deuteronomio, Moshé le recuerda al pueblo judío el nombramiento de los jueces. "En ese momento encomendé a sus jueces, diciendo: 'Escuchen entre sus hermanos y juzguen con rectitud entre cada hombre y su hermano o su litigante'. Moshé alentó a quienes servían como jueces a no apresurarse a llegar a conclusiones o suposiciones, sino más bien a escuchar atentamente, con discernimiento, y de esa forma llegar a la verdad.

La Torá le prohíbe al juez escuchar a una de las partes de una disputa cuando la otra parte no está presente.

Esta regla parece ser sumamente ineficiente y puede provocar mucha pérdida de tiempo, ¿Cuál es el gran riesgo de encontrarse con las partes por separado y permitir que uno comience a hablar, aunque el otro no esté en la habitación?

El Maharal (Netivot Olam, Netiv HaDin) explica que las primeras impresiones son muy poderosas. Cuando escuchamos un lado de la historia, eso penetra y nos deja una impresión. Esa posición se convierte en nuestro "valor por defecto", y ahora la otra persona tiene la carga de tener que revertir la supuesta verdad y precisión de la primera postura. Por supuesto, no hay manera de evitar que una sola persona hable a la vez. Sin embargo, cuando ambas partes están presentes ante el juez, es menos probable que el juez asuma automáticamente que la primera parte que escucha es la verdad. Además, las partes son más cuidadosas con sus palabras cuando están ante la presencia de su adversario.

Cuando pasé un verano en el Programa Ejecutivo Avanzado de Kellog, tuvimos una clase sobre negociaciones. Allí nos enseñaron que la regla más importante en las negociaciones es el "anclaje". Quien "baja el ancla" controla la conversación y la negociación. Por ejemplo, si tú me compras algo y yo menciono un precio, ahora tú responderás a mi propuesta y la negociación girará en torno al número que yo fijé. Yo bajé el ancla.

El Dr. Thomas Mussweiler, del instituto de psicología de la Universidad de Wurzburg en Alemania, efectuó una investigación en la que fue a mecánicos (individuos que se espera que conozcan el verdadero valor de los autos) con un auto usado que necesitaba muchos arreglos. Después de ofrecer su propia opinión sobre el valor del auto, los clientes le pedían a los mecánicos que le dieran una estimación del valor. En la mitad de los casos, a los mecánicos se les dio un ancla baja: el cliente proponía 2.800 dólares. A la otra mitad les dieron un anclaje más elevado, los clientes proponían un valor de 5.000 dólares. Los mecánicos estimaron que el valor del auto era 1.000 más cuando les daban un valor de anclaje superior.

Si bien el anclaje es una herramienta crítica en las negociaciones, en el área de los conflictos puede llegar a pervertir la justicia. El Maharal explica que escuchar a una parte cuando la otra no está presente fija un anclaje para el juez y la otra parte pasa a ser considerada injusta. La imparcialidad necesaria para llegar a una justicia verdadera requiere que no haya anclajes y que ambas partes sean escuchadas de la forma más simultánea posible.

Aunque la mayoría no somos jueces en el sentido legal, todo el tiempo hacemos juicios. Juzgamos a las personas con las que nos encontramos, a las instituciones, a las organizaciones y a las escuelas con las que estamos conectados, las historias que escuchamos y las motivaciones e intenciones de quienes nos rodean.

Es posible que no seamos jueces literalmente, pero nuestro juicio no debe ser pervertido al escuchar sólo a una parte. No nos ayuda a nosotros ni a los demás que aceptemos nuestras primeras impresiones como una verdad y como un hecho. Al igual que los jueces, debemos asegurarnos de no llegar a conclusiones sin que las perspectivas de ambas partes estén "presentes" en la habitación.

Es sabido que en las disputas entre Beit Hilel y Beit Shamai, seguimos las opiniones de Beit Hilel. El Talmud nos dice que los alumnos de Beit Shamai tenían un entendimiento más agudo. Sin embargo, seguimos la opinión de Beit Hilel. ¿Por qué? Porque Beit Hilel siempre escuchaba y estudiaba la postura de Beit Shamai antes de anunciar su propia postura. (Eruvin 13b).

Dentro de unos pocos días, en Tishá BeAv, nos sentaremos en el suelo, sin afeitarnos, tristes, melancólicos y en duelo. A través de la exploración de las kinot  revisaremos las tragedias de la historia judía: la destrucción de los dos Templos, la inquisición, la expulsión de España, las Cruzadas y la atrocidad más espantosa de la humanidad, el Holocausto.

Al tratar de entender por qué ocurrieron estas cosas, nuestros Sabios nos alientan a examinar cómo tratamos a los demás. ¿Los juzgamos, llegamos a conclusiones injustas, rechazamos a las personas con las que no estamos de acuerdo o que piensan diferente que nosotros? Cuando somos críticos respecto a las instituciones comunitarias, como la sinagoga o la escuela, ¿somos como Beit Hilel, que primero trata de entender antes de tratar de que lo entiendan? Cuando nos cuentan información desagradable sobre las personas que conocemos, ¿presuponemos que la versión que escuchamos es la correcta y que se adecua a la verdad? ¿O somos cuidadosos de asegurar que todas las partes estén metafóricamente representadas en la habitación antes de llegar a una decisión?

Cuando vemos a los líderes públicos tratar de equilibrar las preocupaciones por la salud pública, las dificultades económicas y el bienestar mental y emocional de niños y adultos, ¿tratamos de entender las políticas y las decisiones antes de criticarlos? Y si bien por cierto no debemos tolerar a nadie que a propósito ponga en peligro a los demás, ¿podemos tratar de ser menos críticos respecto a las pautas que otros eligen seguir, aunque sigamos abogando con fuerza por la seguridad de todos?

Si genuinamente anhelamos nuestro Templo Sagrado en Jerusalem, y una época de paz, tranquilidad y prosperidad, debemos trabajar para juzgar con justicia y precisión. Debemos tratar de asemejarnos a Beit Hilel y escuchar la postura de los demás antes de defender la propia.