Después de decirle un adiós temporal a mi marido antes de su cirugía, me senté en la sala de espera para familiares del hospital, deprimida y nerviosa. El día estaba amaneciendo húmedo y gris, y el desolado paisaje que se veía por las ventanas reflejaba mis propios sentimientos. Abrí mi libro de plegarias, pero estaba tan nerviosa y temblorosa que me costó concentrarme en las palabras.

En lugar de eso, mis ojos no podían evitar enfocarse en una mujer que estaba en el rincón de la sala. En vez de verse ansiosa como el resto de quienes estábamos en la sala de espera, ella estaba sonriendo... tenía una gran sonrisa. Yo no entendía por qué ella parecía tan insensible ante la ansiedad que envolvía a todos los demás como si fuera una gruesa frazada, pero a medida que fue pasando la mañana me fui sintiendo cada vez más atraída hacia ella. Quería descubrir qué era lo que la hacía tan feliz. Mientras pasaban las horas me tranquilizaba ver a una mujer sonriendo.

Finalmente, superada por la curiosidad, me presenté. Charlamos por un rato y la mujer sonriente me dijo el secreto que se escondía detrás de su deleite: en lugar de necesitar una cirugía que le salvara la vida, su marido estaba atravesando una operación para donarle un riñón a un buen amigo. Su marido estaba allí por una razón positiva, no por una emergencia médica. Mientras hablamos, yo también sentí un poco de su cálida felicidad.

Nuestros rostros son propiedad pública; nos dan la posibilidad de ayudar o dañar a todos quienes nos ven.

Nuestros sabios nos aconsejan: "Recibe a todos con un rostro alegre" (Ética de nuestros padres 1:15). Rav Abraham Karelitz, un gran rabino del siglo XX que era conocido como el Jazón Ish, explicó el porqué de esto: nuestros sentimientos internos nos afectan sólo a nosotros, pero el aspecto que mostramos al mundo también afecta el ánimo y la felicidad de quienes nos rodean. Rav Israel Salanter dijo que nuestros rostros —y nuestras expresiones— son como la propiedad pública: nos dan la posibilidad de ayudar o dañar a todos quienes nos ven.

La sonrisa de esa mujer no cambió la realidad en la que nos encontrábamos ese día mi marido y yo, pero sí me ayudó enfrentarla de mejor manera.

Después de unas horas de espera, finalmente me permitieron ver a mi marido. Gracias a Dios estaba bien. Y dado que yo estaba consciente del efecto que acababa de tener en mí el estar cerca de una sonrisa radiante, intenté asegurarme de verme feliz para él. No sé si mi marido se dio cuenta de ello en esas extrañas horas después de la cirugía, pero más tarde, en la noche, vi el poder de sonreír en quienes me rodeaban.

Estresada y de mal humor después de mi largo día en el hospital, esa noche tuve un ataque de ira con mi hijo. “¡Mami!”, se quejó, “Estás muy cascarrabias esta noche”. En lugar de responderle que había sido un día estresante, me mordí la lengua y esbocé una sonrisa falsa. Mi hijo se me quedó mirando por un segundo. Pensé que iba a decir que parecía loca, sonriendo de repente así. Pero en lugar de eso, se encogió de hombros e hizo lo que le pedí, y una sonrisa comenzó a esbozarse en sus propios labios.

Esa semana, mientras mi marido se recuperaba en el hospital, siempre que estaba estresada y cansada intentaba sonreír. Gracias a Dios él estaba bien, por lo que no me resultaba difícil estar feliz. En ocasiones me resultaba difícil ver más allá del estrés y el enojo, y recordarme que debía sonreír me ayudaba a recordar que tenía cosas por las que sonreír.

Durante toda aquella ajetreada semana pensé que mi sonrisa falsa debe haberse visto mal, pero una y otra vez recibía sonrisas a cambio. Y me encontré a mí misma mucho más dispuesta a aceptar ayuda. Los vecinos me traían comida. Una amiga vino a visitarme y ayudarme. Las amigas y las conocidas se amontonaban para ofrecerme apoyo. Mi primera reacción cuando me ofrecen ayuda suele ser responder "no gracias" y arreglármelas por mi cuenta. Sin embargo, esa semana algo cambió: me sentí más conectada con los demás y valoré toda la ayuda que recibía. ¿Acaso mi decisión de sonreír era parte de la razón por la cual yo estuve más relajada y abierta a lo largo de aquella difícil semana?

Varios estudios contemporáneos dicen que sí. En lugar de ser sólo un reflejo de lo que sentimos en nuestro interior, sonreír nos ayuda a sentirnos más felices, calmos y confiados. En un famoso estudio, un grupo investigadores alemanes le pidieron a varias personas que sostuvieran un lápiz entre sus dientes (lo cual causaba que sonrieran) o que sostuvieran un lápiz entre sus labios (lo cual causaba que fruncieran el ceño). Quienes sostuvieron el lápiz entre sus dientes, lo cual los había forzado a simular una sonrisa con sus músculos faciales, dijeron sentirse mucho más felices que quienes sostuvieron el lápiz en sus labios.

Un estudio posterior de la Universidad de Kansas llevó la investigación un paso más allá, midiendo si la sonrisa beneficiaba a las personas también en otros aspectos. Los investigadores le pidieron a un grupo de estudiantes que adoptasen una de tres expresiones faciales: una expresión neutra, la sonrisa forzada (en esta ocasión los estudiantes sostuvieron un escarbadientes con los dientes) o una sonrisa más amplia y natural. A continuación fueron examinados mientras hacían tareas estresantes. A pesar de que quienes tenían sonrisas más cálidas y naturales fueron los más relajados, incluso quienes adoptaron sonrisas forzadas sintieron menos estrés que el grupo neutral.

“La próxima vez que estés varado en el tráfico o viviendo otro tipo de situación estresante, puedes tratar de sonreír por un momento”, concluyó el director del estudio. “No sólo te ayudará a tolerarlo sicológicamente, ¡sino que también puede mantener a tu corazón más saludable!”.

El Talmud dice que el color blanco de una sonrisa (los dientes) es más nutritivo que lo blanco de la leche (Ketuvot 111b). La leche fortalece nuestro cuerpo, mientras que compartir la belleza de una sonrisa puede fortalecer el bienestar emocional de la persona.

Obviamente hay ocasiones en las que sonreír no es apropiado, ocasiones en que las lágrimas son necesarias y naturales. Pero sonreír durante mi semana estresante mejoró el ánimo de quienes me rodeaban y reforzó mi felicidad, permitiéndome responder a los desafíos con mayor facilidad. Sonreír no siempre soluciona el problema, pero puede ayudarnos a tener la fortaleza que necesitamos para hacerle frente.