En la tarde del 18 de septiembre, un conductor adolescente perdió el control de su 4x4 mientras aceleraba por la Avenida Indiana en la ciudad de Salt Lake. La GMC Yukon atravesó la barrera de seguridad, voló por un barranco y aterrizó con las ruedas para arriba sumergida en un metro de agua al final de una zanja. Aturdidos e inconscientes, atrapados por sus cinturones de seguridad, el conductor y otros dos pasajeros estaban a minutos de ahogarse.

Lo que ocurrió a continuación fue un bienvenido alivio a la implacable letanía de lucha y sufrimiento que llena los titulares a diario. Momentos después del accidente, cerca de una docena de curiosos se metieron hasta la cintura en el agua y, trabajando en conjunto, dieron vuelta el pesado vehículo, lo pusieron sobre sus ruedas, sacaron a las víctimas y salvaron sus vidas.

Pero podría no haber ocurrido nunca. Mientras los observadores se quedaron petrificados mirando la camioneta accidentada, Leo Montoya Jr., un cerrajero desocupado, superó el “efecto espectador”, se sumergió en el agua y buceó para salvar a los ocupantes. Incapaz de liberarlos de sus cinturones de seguridad, sólo le quedó una opción.

El esfuerzo colectivo de los espectadores salvó tres vidas gracias al hombre que los convenció para que actuaran.

Dirigiéndose a la multitud, el Sr. Montoya gritó: “Tenemos que dar vuelta este vehículo. ¡Ahora, ahora, ahora!”. Impulsados por sus órdenes, algunos de los hombres que estaban parados al costado se metieron también al agua. Con tantos pares de manos y hombros trabajando en conjunto, la Yukon se meció de un lado a otro hasta que estuvo de nuevo de pie sobre sus ruedas y sus pasajeros fuera del agua. Cuando llegaron los bomberos, liberaron a los ocupantes y los llevaron rápidamente al hospital.

El esfuerzo colectivo de los espectadores salvó tres vidas. Pero sólo gracias a la persona que les mostró el camino y los convenció para que actuaran.

El incidente trae a la mente otra escena que ocurrió hace 3.327 años, después del Éxodo de Egipto, en el famoso episodio de la partición del mar. Enfrentados a las carrozas de Paró que se aproximaban por detrás y al imponente mar por delante, la fe del pueblo judío en Dios vaciló. “¿No había suficientes tumbas en Egipto que tuviste que traernos a todos aquí para morir?”, se quejaron ante Moshé. La situación era insostenible, no había esperanza.

Hasta que un hombre habló. Najshón ben Aminadav, el príncipe de la tribu de Yehudá, clamó al pueblo: “Si la única forma de escapar del ejército egipcio es ir hacia adelante, entonces iremos hacia adelante. Hagamos lo que podamos y confiemos en que Dios hará el resto”. Y, con eso, se metió al mar.

Inspirado por sus palabras, el pueblo lo siguió. Se metieron cada vez más adentro y, cuando el agua alcanzó el mentón de Najshón, el mar se abrió ante ellos ofreciendo al mismo tiempo el camino de escape para los judíos y el método de destrucción para los egipcios.

¿Qué clase de persona se mete en el mar asumiendo que se abrirá un camino para que transite una nación desesperada? La misma clase de persona que iría hacia adelante y congregaría a una docena de hombres para dar vuelta dos toneladas de acero; la clase de persona que entiende que, más allá de las mínimas probabilidades, no hay forma de saber el límite del potencial humano hasta que hayamos empujado el potencial humano al límite.

Más aún, puede que el potencial de muchos quede sin materializarse hasta que una persona muestre que no le interesan las probabilidades y que, con una firme determinación, despierte el espíritu colectivo con lo cual lo imposible se vuelve una realidad.

En esta temporada de juicio y renovación, encontramos una profunda confluencia entre lo individual y lo colectivo. Todos queremos ser buenos, hacer el bien y cambiar el mundo para mejor. Sin embargo, nos falta la confianza en nosotros mismos, la convicción para actuar, el coraje para arriesgarnos a fracasar. Entonces, perdemos oportunidades para crecer, no sólo por no ser capaces de solucionar los problemas, sino también por no esperar más de nosotros mismos, por no fijar la “vara” de los logros y la integridad humana un poquito más alto.

En un momento heroico, un hombre puede inspirar a un mundo entero a cambiarse a sí mismo. Y cuanto más cambiemos nosotros, más cambiamos al mundo.

Si no me crees, pregúntale a Leo Montoya. “En lo que a mí respecta, un par de chicos están vivos gracias a mis acciones”, le dijo a los periodistas. “Hoy, me siento importante”.