No sé qué fue lo que me hizo hacer clic, pero probablemente fue la barba. Ese vello facial entrecano y rebelde que exigiría darle un tirón si no estuviera entremezclado con un poco de respeto e intimidación producto de la infancia. Una especie de "Papá Noel", también tenía anteojos y un aura de sabiduría, aunque su expresión era más solemne que chispeante.

Era una mañana típica, estaba mirando Facebook sin ningún propósito, buscando algo que me llamara la atención para pasar el tiempo… El logro del hijo de alguna amiga que me enterneciera, un artículo sobre cómo enfrentar la pandemia, un meme político, una foto graciosa de un perro. Todos los días lo mismo, esconderme en las redes sociales para distraer mi mente de las otras grandes cosas que no puedo encontrar… propósito y significado.

Ya había visto antes su rostro arrugado y religioso, pero no me había detenido en él. ¿Por qué hoy fue diferente de todos los otros días? No lo sé, pero cualquiera que haya sido la razón, me sentí impulsada a hacer clic y escuchar a este rabino de una sinagoga a la que no pertenezco, con sus palabras de sabiduría sobre la porción semanal de la Torá que habla sobre la vida de Sará. Bueno, en verdad sobre su muerte, porque como él explicó, en verdad allí es cuando aprendemos sobre una vida, por el amor y las lecciones que la persona ha transmitido.

Soy judía, pero para nada religiosa. Y si bien somos miembros de un templo conservativo, en verdad mi familia es reformista. Más tradición que Torá. Más comunidad que kashrut. Hace quince años, cuando tenía un hijo de casi tres años y un bebé, lo que nos persuadió fue la ubicación del templo a unas pocas cuadras de nuestro nuevo hogar y la onda hippy y cálida de su guardería infantil.

Mis abuelos por parte de mi madre eran un poco ortodoxos y tengo lindos recuerdos de mi abuela encendiendo las velas de Shabat en la noche del viernes y de acompañar a mi abuelo a la sinagoga en Simjat Torá para recibir una manzana acaramelada. Mi propia educación fue mucho más secular: esquivando un poco la fiesta de Pésaj, pasando a saludar por el templo en las Altas Fiestas, y celebrando los bar mitzvás de mis hermanos con más brillo que autenticidad. La familia de mi esposo, también judíos de Brooklyn, no eran demasiado diferentes, siguiendo también la ruta que muchos elegimos, en el sentido de escoger cuáles ritos y pasajes nos resultan importantes.

Al formar nuestra propia familia, con mi esposo unimos todos nuestros valores conflictivos, mezclados, ortodoxos y poco ortodoxos. Nos unimos a un templo. Observamos las festividades. Enviamos a nuestros hijos a una escuela hebrea culminando con dos bar mitzvás dignos de orgullo, y el próximo que tendrá lugar dentro de un mes. Incluso ocupé el puesto de copresidenta de la asociación de mujeres del templo, algo que incluso cuando lo escribo me sigue sorprendiendo. Siempre me sentí orgullosa de mi herencia, pero nunca me sentí realmente conectada. Simplemente alguien que sigue las reglas y en general desea hacer lo correcto.

Sí, lo que dijo ese rabino claramente ortodoxo, con su camisa blanca con los botones a punto de saltar y a un paso de parecer desaliñado, me llegó fuerte. Con una voz clara y amable, habló sobre la travesía. Sobre vivir una vida que no tiene que ser perfecta, sólo vivida con propósito. Tratar cada día de brindar amor y bondad a los demás, incluso si no lo logras, porque intentarlo ya es suficiente propósito.

Como todos los seres humanos, algunos días estoy mejor que otros. Los niños revolotean alrededor de mí, yo los miro para encontrarme con sus ojos mientras corren y busco algo para hacer. Leer. Escribir. Cocinar. Limpiar. Sacar el perro a caminar. Agradecerle a Dios por el perro. Busco algo. Simplemente todavía no sé qué es. ¿Un trabajo voluntario? ¿Un hobby? ¿Una motivación? ¿Una pasión? Alguna nueva manera de sentirme conectada y satisfecha, intelectual y emocionalmente.

Las palabras del rabino me hicieron sentir que incluso mis tropiezos tienen lugar. Que todo es parte del viaje.

Con mi hijo menor en sus últimos preparativos para el bar mitzvá, escucho las plegarias y las bendiciones de su dulce voz dentro de mi hogar. Me da placer, me hace sentir plena y me recuerda a los padres y abuelos que tuvieron un rol en lo que somos hoy, como judíos y como personas.

El grupo de dominó de mi abuela. Mi suegro besando obsesivamente la mezuzá nueve veces, una por cada nieto. Mi abuelo conduciendo el Séder de Pésaj. La abuela de mi esposo, que me llamaba Sheina Maidel, rallando a mano las papas para los latkes. Todos ellos están aquí con nosotros. Y, de alguna manera, incluso en mi vida secular, me siento unida a la historia de quienes me antecedieron, quienes dejaron sus marcas, a pesar de que nunca pensé que les estaba prestando atención.

El rabino dijo que una vida es más que tu vida. Hay un segundo nivel. Y eso es "lo que continúa", los valores que transmitimos. De alguna manera encontré algo en sus palabras y me siento menos sola. Como que estuviera en un camino diferente, pero de todos modos siguiendo las huellas de los que vinieron antes de mí.