Las hojas secas que crujen bajo mis suelas me recuerdan la historia que contaba mi abuela sobre el Holocausto. Siempre que llegaba el otoño, mi abuela volvía a contar su historia con gran pasión. Este es el relato:

Tenía 14 años en aquel otoño en que la Gestapo vino para llevarse a mi padre. Siendo su primogénita, siempre tuve una conexión especial con él. Cuando los nazis entraron a nuestro pequeño departamento, forzaron los cajones de los escritorios y volcaron el contenido en el piso buscando cosas de valor. Al mismo tiempo, nos ordenaron —a nuestra familia de cinco— que nos paráramos contra la pared de la cocina para evitar que corriéramos a tomar nuestros objetos valiosos. Francamente no teníamos nada valioso en el sentido monetario, pues papá tenía dificultad para traer dinero a casa. Sin embargo, sí tenía algunos objetos de judaica que había heredado de su padre, pero los nazis los consideraron sin valor.

Mientras estábamos parados contra la pared, en esa fatídica mañana, vimos hojas secas de otoño en el piso de nuestra cocina. Los oficiales de la Gestapo deben haberlas traído pegadas a sus botas.

Ves esa hoja”, dijo papá murmurando suavemente. “Esa es una hoja en su estado natural. Se ve verde sólo por causa de la clorofila; cuando la clorofila ya no está, cuando comienza a marchitarse o a morir, entonces aparecen sus colores verdaderos. Lo mismo ocurre con los seres humanos: cuando los tiempos son difíciles, cuando la vida no ofrece una cama de rosas, aparecen los colores verdaderos”.

Escuché las palabras de papá y traté de entender su significado. Sin embargo, a los 14 años, no pude entender la profundidad de esas palabras que eventualmente alteraron mi visión sobre la vida.

Nos quitaron a papá ese día de otoño, y nunca volvimos a oír sobre él.

No mucho después me encontré en un campo de trabajos forzados con otras chicas de mi edad. Yo siempre había sido débil por naturaleza, siempre fui incapaz de brindar ayuda física en la casa. Y ahora me ordenaban ayudar a fabricar aviones. Sabía que no podía confesar mi debilidad física, ya que ciertamente me matarían.

Pasaron días y semanas; estaba extremadamente flaca y desnutrida a causa del trabajo y la falta de comida. Sara, la joven que dormía a mi lado, tenía que trabajar esa mañana y yo recibí unas pocas horas libres. Sara era un ‘cadáver viviente’. Se le veían las costillas a través de su piel traslúcida. Yo estaba convencida de que un día más de trabajo la mataría.

Luego recordé a papá y a las hojas de otoño, recordé que sus verdaderos colores brillan cuando se están marchitando.

Yo también me sentía como una hoja de otoño marchitándose. Mis colores verdaderos se estaban haciendo visibles. Estaba desesperada por pasar mi hora de descanso en aquello que se suponía era una cama. Pero recordar las palabras de mi papá me hizo estar igualmente desesperada por brillar en esos días difíciles. Entonces, reuní el último poco de energía que me quedaba y le dije a Sara que simularía ser ella y que ocuparía su lugar en la fábrica. Entré a la planta esa mañana e hice su trabajo del día, dándole a Sara la oportunidad de reunir el mínimo de energía que necesitaba para sobrevivir.

A pesar de que mi abuela ya no está con nosotros, cuando escucho las hojas de otoño crujir bajo mis zapatos, puedo oír su historia. Cambió mi forma de ver la vida. Cuando la vida se pone difícil, sé que tengo una oportunidad única para brillar en formas que bajo otras condiciones me sería imposible, al igual que una hoja de otoño que al marchitarse revela sus colores verdaderos.