Últimamente tomé algunas malas elecciones, no robar un banco ni apostar lo que ahorramos toda la vida, pero de todos modos malas elecciones. No fui la persona que quiero ser. Tenía aspiraciones muy elevadas para las Altas Fiestas, emocionantes y elevadas visiones de mi "nuevo yo". Pero debido a mi ansiedad por retornar a la vida "normal" después de un (maravilloso) mes de festividades (¡y mucha comida!), me apuré demasiado. Me vi demasiado atrapada en el placer de la rutina como para recordar mis objetivos o detenerme y realmente enfocarme.

Me fallé a mi misma. La buena noticia es que no todo está perdido. De hecho, ni siquiera cerca de eso. Aunque Iom Kipur es un momento especial y único para el arrepentimiento y el retorno, el regalo de Dios no se limita a un único momento del año. Podemos cambiar cuando y donde deseemos hacerlo. No tenemos que esperar. De hecho, no debemos esperar.

Tengo la tendencia a convertir todo en una catástrofe. En otra época, cuando mis hijos eran pequeños y hacíamos paseos familiares, si una cosa marchaba mal (incluyendo algunas peleas en el asiento trasero, lo cual era inevitable), yo decía: "Este paseo se ha arruinado". Mi esposo me enseñó a ajustar ese pensamiento. Todo el paseo no se había arruinado por un momento de peleas (o dos o tres o…), por un mal giro, porque nos demoramos en salir. La vida está repleta de momentos maravillosos y muchísimos desafíos y no podemos juzgar nuestras experiencias ni nuestras expectativas basándonos sólo en los desafíos ni en cómo los enfrentamos.

Algunas personas pueden sentirse inspiradas a comenzar a leer nuevamente cada semana la porción de la Torá. ¿Qué ocurre si la primera porción, Génesis, ya pasó y te perdiste la oportunidad de leerla? ¿O qué ocurre si eres como yo y a mitad del camino te distrajiste y cuando te diste cuenta… ¡ya era la semana siguiente! ¿Acaso ahora todo el proyecto de leer la porción de la Torá es un desastre? ¿Simplemente debemos rendirnos? Probablemente ese sea el primer pensamiento que nos surja en la cabeza, pero el enfoque más racional (y judío) es decir: "Muy bien, comenzaré ahora mismo".

Esta dañina filosofía a menudo ocurre también en áreas más mundanas. Imaginemos que reconocemos que cierto cambio en el estilo de vida puede ayudarnos a promover nuestro crecimiento espiritual. Por ejemplo, nos comprometemos a dejar de consumir azúcar. Al principio nos mantenemos firmes, pero entonces alguien nos ofrece una galleta casera o nos encontramos con una amiga a tomar un café en una panadería buenísima o… por cualquier razón, consumimos azúcar. Nuestra respuesta inicial y contraproducente es decirnos de inmediato que "ya hemos quebrado nuestra dieta" (o cualquier cambio de estilo de vida), y continuar siendo indulgentes al respecto durante el resto del día.

La reacción más productiva, y más consistente con el enfoque judío de "no es todo o nada", es tratar de evitar consumir azúcar durante el resto del día. Y al día siguiente. Y de allí en adelante. En palabras más simples, un error no arruina todo.

Incluso si cometemos un error, podemos volver al camino y seguir avanzando.

Por lo tanto, sin importar cuáles sean nuestros objetivos, espirituales, físicos o una combinación de ambos, es importante comprender que incluso si cometemos un error, podemos regresar al camino correcto. No dejes que un tropiezo derrumbe todo el proyecto. Somos una obra en progreso. A veces avanzamos y a veces retrocedemos. Lo importante es levantarnos y seguir adelante. Nunca rendirnos.

Y recuerda pedirle ayuda a Dios. Que nos de la fuerza, la determinación, el foco y la energía. Él nos alienta y quiere ayudarnos a seguir adelante. Sólo tenemos que pedírselo.