En medio de la noche mi madre me despertó suavemente.

—Levántate cariño. Nos vamos.

—¿A dónde vamos, mami?” —le pregunté bostezando mientras me frotaba los ojos.

—De vacaciones ¿te acuerdas? Apúrate, tenemos que llegar al vuelo.

Cada año, mi madre nos llevaba a mis dos hermanas y a mí a visitar a mis abuelos. Mi padre nunca nos acompañaba. En retrospectiva, entiendo que eso no era necesariamente algo normal, pero era lo que yo conocía.

Yo no sabía que esa vez ya no regresaríamos. Ese momento fue la última vez que vi a mis amigas, mi habitación, mis juguetes o a mi padre, por 15 años.

He bloqueado la mayoría de las horrorosas experiencias vividas, pero hay unas cuantas escenas que quedaron para siempre grabadas en mi memoria. Cuando mi madre estaba embarazada de mi hermana menor por ejemplo, mi padre la agarró del cuello y la estranguló, levantando sus pies del suelo. Aterrada y escondida en un armario, yo observé cómo él ahorcaba a mi madre hasta que ella casi murió.

Ese es sólo uno de los recuerdos que penetraron a los más profundos recovecos de mi mente. Mi madre intentaba protegernos físicamente y me espantaba ver como él tomaba represalias contra ella. Lo vi castigar severamente a mi madre por pequeñas infracciones durante la vida diaria.

Mi madre decidió salvarnos de esa realidad abusiva. Al hacerlo, ella puso de manifiesto un enorme autosacrificio para garantizar nuestra seguridad.

Mis padres se divorciaron oficialmente y mi padre desapareció como un recuerdo distante.

Desde entonces, en cada cumpleaños, yo soplaba mis velas y deseaba que mi padre regresara. Pero lo que yo deseaba era una fantasía. Lo que quería que regresara no era mi padre, sino a un padre que me amara incondicionalmente y fuera parte de mi vida.

Uno podría pensar que mis circunstancias de vida me convirtieron en una mujer amargada y enojada. Pero, gracias a Dios, soy una persona equilibrada. Estoy casada y tengo tres hermosos hijos. Tengo una carrera exitosa y llevo una vida feliz, ¡incluso durante el COVID-19!

A menudo me preguntan cómo logro mantener una actitud positiva después de haber experimentado un trauma. Aquí hay algunas de las herramientas que me han ayudado.

Acepta ayuda y expresa gratitud

Una de las lecciones más difíciles que aprendí fue a ser humilde y recibir de los demás. Aprendí a aceptar apoyo emocional y económico de otras personas. La escuela ayudaba a mi madre con la colegiatura y varios miembros de la comunidad ofrecieron ayuda para pagar cuentas de médicos y dentistas. A lo largo de nuestro camino, mi familia vio la mano de Dios guiándonos tanto en pequeños como en grandes milagros.

En mi infancia hubo entrelazadas “extrañas” ocurrencias en la forma de actos de bondad o dinero. Personas especiales aparecían ‘de la nada’ en el momento exacto.

Una vez, cuando conducía de noche con dos amigas, el auto se quedó sin combustible y se detuvo. Mi teléfono se había quedado sin batería y no sabía qué hacer. Estábamos en una colina y empujamos lentamente el auto hacia abajo, esperando llegar a una calle principal para poder pedir ayuda. Unos pocos instantes antes de llegar al camino, llegó por detrás una grúa, se detuvo y nos preguntó si necesitábamos ayuda. Él justo llevaba un bidón con combustible…

Mi mejor amiga me suele decir: “Braja, por favor reza por mí porque sé que Dios hace milagros para ti”.

Aunque en mi vida no tuve presente un padre real, tuve —y sigo teniendo— a mi lado a Dios, el máximo Padre. Dios siempre está presente, incluso en los momentos difíciles, ofreciéndome ayuda justo cuando la necesito. Aprender a confiar en Dios me permitió sentirme apoyada, amada y conectada a lo largo de mi vida. Cando comencé a escribir estos milagros y estas instancias en un diario de gratitud, comprendí que el reconocimiento ayuda a que la alegría de ese momento perdure.

Tú eres el dueño de tu felicidad

Tú eres el dueño de tu felicidad y nadie puede quitártela.

Me esfuerzo para enfocarme en algo positivo y a veces tengo que fingirlo. Aprendí que, si simplemente pongo una sonrisa en mi cara, entonces Dios me da más razones para sonreír.

Mi madre es un modelo positivo que intento imitar. Ella podría haber sucumbido fácilmente a la depresión. Cuando dejó a mi padre, tenía tres hijas menores de siete años y de repente se quedó sola.

En vez de caer en la desesperación, ella creo su propia felicidad. Cada día mi madre nos brindaba amor, afecto y atención. Varias veces al día ella nos decía cuándo nos amaba. Cuando entrabamos a casa su rostro se iluminaba. Ella ponía música en la casa y la llenaba de risas. Con sus actos nos aseguraba que éramos la luz de su vida. Como familia, nos enfocamos en nuestra nueva vida. Si logramos crear felicidad durante esa crisis, entonces por cierto yo puedo crear mi propia felicidad ante los desafíos cotidianos.

Elegir la conexión

Cuando pienso en los momentos más felices de mi vida, el denominador común es la conexión: conexión con uno mismo, con otro ser humano o con Dios.

Después de aceptar la ausencia de mi padre, me prometí enfocarme en las conexiones que sí tenía, porque elegir la conexión se traduce en vivir una vida más feliz y satisfactoria. Inicialmente la conexión fue con mi madre y mis hermanas y después de mi matrimonio, con mi esposo y mis hijos.

Cuando enfrentamos dificultades en una relación, podemos escoger conectarnos o desconectarnos, la relación o el distanciamiento. Conexión a veces implica tener que controlarme para no decir algo hiriente o pedir disculpas incluso cuando no tengo ganas de hacerlo. Pero la alegría que siento cuando se renueva la conexión es mucho mayor que la dificultad del momento.

Todas estas son estrategias útiles, pero cuando la realidad nos golpea, no siempre llegamos a la cima. ¡No siempre estoy feliz! Lucho, como todo el mundo. Liberar la presión de ser perfecto es otro ingrediente importante para alcanzar la felicidad. Cuando aceptamos ayuda, creamos nuestra propia felicidad y escogemos la conexión, finalmente podemos superar cualquier cosa que la vida nos presente.

La autora usó un seudónimo.