Cuando perdí un bebé en una etapa bastante avanzada del embarazo, recordé algo que dijo el Rav Eliahu Lopian, zt”l: “La cabeza y el corazón del hombre son como dos personas diferentes. La cabeza sabe y entiende todo. Sin embargo, el corazón hace lo que siente y desea hacer” (Lev Eliahu, pág. 188). Puedes decir todas las frases “adecuadas” para mantener la fe en la sabiduría y la bondad de Dios. Intelectualmente sabes que todo lo que Dios hace es para bien, que debes aceptar el dolor como expiación y que en definitiva de esa experiencia saldrás más sabio y más fuerte. Tu mente te dice que en el Mundo Venidero todo tendrá sentido y verás que todo fue completamente justo. En algún punto, cuando mires hacia atrás, verás que todo tenía que ser de esa manera.

Entonces, ¿por qué con todo este entendimiento intelectual tu comida sabe a polvo, sientes que tu cuerpo es de plomo, tu mente está tan desorientada y distraída y tu corazón quebrado? ¿Por qué tienes que luchar tanto para volver a ponerte de pie y seguir con tus actividades normales? ¿Por qué no se detiene el dolor cuando dices: “Acepto totalmente que esta es la voluntad de Dios”?

El espíritu intenta transmitir su sabiduría trascendental y su fe absoluta a las otras partes. Pero somos humanos y tenemos nuestros anhelos y deseos personales de salud y felicidad, que no siempre están de acuerdo con el plan Divino. El dolor está más allá de la lógica.

El espíritu dice: “Debe ser de esta forma”. Pero la mente dice: “No es justo. Hubo un error. ¡No puedo aceptarlo! ¡No me lo merezco!”. Un aspecto del duelo saludable es la resolución de este conflicto, cuando finalmente el espíritu gana y podemos regresar a la vida con una nueva sensibilidad y conciencia que nos hace más sabios y fuertes.

Sin embargo, este proceso toma tiempo y es independiente del grado del golpe y de nuestra habilidad para interiorizar los mensajes de fe y confianza que hemos repetido durante tantos años y que ahora son sometidos a una prueba verdadera.

Una pérdida es como una cirugía. Te quitan una parte, sin anestesia.

Una pérdida es como una cirugía. Te quitan una parte, sin anestesia. De repente te sientes terriblemente vulnerable y frágil. Si la pérdida fue repentina, sientes que perdiste el control de tu vida. Una parte de tu ser está entumecida y aturdida. Tu cuerpo siente como si hubiera recibido un golpe físico. También tu autoestima se ve afectada y te preguntas: ¿Qué hice que fue tan malo como para merecer esto?

Todos enfrentaremos la muerte. Podemos asustarnos de nuestras propias reacciones. De repente podemos regresar a un estado infantil de pasividad y dependencia y preguntarnos si alguna vez saldremos de él. Un buen duelo involucra un balance muy sutil entre mantener las estructuras y disciplinas previas junto con el permiso para que el corazón exprese su dolor, para que la mente exprese sus dudas y miedos y para que el cuerpo supere el efecto del shock. Tienes que darte permiso para llorar. También tienes que saber cuándo decir: “Suficiente. Regresa a la vida y a los vivos”.

No se puede ayudar a una persona en duelo con palabras inspiradoras como “Todo es para bien” o “Agradece que no fue peor”. Si el corazón está lleno de angustia y la mente de desesperación, primero se les debe dar expresión a los pensamientos y sentimientos. Sólo entonces se puede escuchar al espíritu. Por eso es tan importante ser sensible a la necesidad del deudo de hablar sobre lo que significa para él la pérdida. Esto requiere tiempo y paciencia, algo que lamentablemente en nuestra sociedad parece que muchos no tienen. Ellos arrojan al deudo alguna respuesta estándar como un pequeño parche sobre una herida enorme y esperan que eso disipe mágicamente el dolor.

Puede ser que desees compartir tu duelo, pero no deseas agobiar a otros con tu dolor. Puede ser que otros intenten consolarte hablando del clima o de otros temas vanos y que te de vergüenza decir: “Estoy sufriendo. Permíteme llorar sin interrumpirme”.

Tú, y quienes te rodean, pueden estar apurados por superar el duelo. Entonces puede sorprenderte descubrir que tus músculos repentinamente se resisten a tus esfuerzos, como si tu cuerpo fuera empujado hacia abajo por alguna fuerza desconocida. Las lágrimas te superan en momentos extraños. Tratas de mantener tus interacciones sociales normales, pero a veces te encuentras sin palabras, distraído, vacío e insensible o lleno de dolor. No tienes apetito o comes sin pensar. Tratas de servir la comida a hora para mantener las cosas en orden, pero todo parece sin sentido, irreal o sin importancia. Cuando resumes por primera vez las actividades normales después de una gran pérdida, te sientes un poco mecánico y tieso, como al tratar de caminar después de una cirugía. Debes aprender a funcionar con un nivel de dolor que no tenías antes. No sabes qué esperar de ti o cuánto empujarte.

No temas de las manifestaciones normales de duelo.

No temas de las manifestaciones normales de duelo. El dolor es como un océano. A veces hay sólo una ola de dolor. Otras veces, llegan olas de tristeza que se estrellan y te aplastan. No luches. Ríndete. Permite que el dolor suba, que llegue a la cima y se desvanezca a su propio ritmo natural. Entonces tienes que hacer algo positivo con tus músculos para reafirmar tu sensación de salud y control. Cuando la tristeza te abrume, date tiempo para guardar duelo.

Reafirma tu fe y tu confianza en la sabiduría y piedad de Dios, aunque todavía te sientas amargado y enojado por lo que has perdido. Eventualmente las palabras se volverán reales. Un amigo me dijo que al enfrentar una gran pérdida le resultó muy difícil rezar. Entonces rezó pidiendo ser capaz de rezar con verdadera confianza.

Es normal pasar por etapas de duelo, shock y negación, depresión y soledad, culpa, enojo y resentimiento por la aparente injusticia de todo lo ocurrido, resistencia a la verdad, celos, anhelo, tristeza… Finalmente hay periodos más largos de aceptación. Nadie atraviesa esta progresión fácilmente. El proceso de convertir la voluntad de Hashem en tu voluntad incluye una lucha a medida que avanzamos y retrocedemos entre diversas etapas.

Si te encuentras con el deudo de forma inesperada y te preguntas qué decirle, puede ser mejor decir algo como: “Siento mucho tu pérdida” o “Es muy doloroso”. Di lo menos posible. Cuando les preguntaron a pacientes que estaban muriendo de cáncer qué era lo que más querían escuchar, la respuesta más común fue: “sólo quiero que la gente esté de acuerdo en que es muy difícil pasar esto”. La mayoría no quiere jugar y pretender que todo va a estar bien. Quieren empatía. Eso es lo único que disminuye la soledad.

El psicólogo Martin Seligman descubrió que las personas deprimidas tienden a interpretar los eventos de forma tal que aseguran que continúen los sentimientos de baja autoestima y vulnerabilidad. Las tres actitudes más características de las personas deprimidas son que la pérdida es (1) estable a lo largo del tiempo (por ejemplo: “Siempre me van a pasar cosas malas”); (2) global (por ejemplo: “Soy incapaz de hacer las cosas bien”) y (3) interna, (por ejemplo: “Todas las cosas malas que me pasan son completamente mi culpa. Soy una persona horrible)” (Psychology Today, Febrero 1987).

Es normal sentirse un poco deprimido luego de una pérdida o un fracaso. Pero para evitar una depresión prolongada, sólo debes dar lugar a aquellos pensamientos que te ayuden a recuperar un sentido de autoestima y propósito en la vida. Es importante no pensar en uno mismo como una víctima indefensa, un desafortunado, alguien que merece cosas terriblemente malas. Estos pensamientos retardan el proceso de sanación. Si se mantienen los pensamientos positivos, entonces veremos que nuestra fuerza interna gentilmente nos empujará de regreso a la salud a medida que recojamos las piezas de nuestra vida. Aprendemos a estar agradecidos por ser más sabios, más comprensivos y compasivos debido a lo que experimentamos.

Un encuentro con la muerte puede ayudarnos a valorar más la vida. Cuando la pérdida nos impulsa a contribuir algo nuevo al mundo, eso nos ayuda a trascender el dolor. Que todas nuestras pérdidas nos lleven a un nivel mayor de humildad, compasión y amor.