La primera asociación que hace nuestra mente con la palabra ‘felicidad’, es la sonrisa. No es casualidad que en hebreo la palabra panim ‘rostro’ tenga la misma raíz que la palabra pnim ‘interior’; los rostros reflejan el interior de la persona.

El rostro ensanchado por una sonrisa indica la vivencia de una expansión interior. En cambio, la tristeza es la estrechez, la angustia ―una cierta opresión en la garganta y en el pecho—. En hebreo, las palabras sufrimiento ‘tzaar’ y estrechez ‘tzarut’ tienen la misma la raíz (en español: angustia y angostura). Una persona que sufre se siente oprimida (1).

La medida talmúdica de longitud “téfaj” es llamada “téfaj sojek” (téfaj sonriente) cuando es amplia y, cuando es angosta, “téfaj atzev” (téfaj triste) (2).

El senado de Roma nombró a Vespasiano como comandante de las tropas enviadas a luchar a Jerusalén. Después de sitiar la ciudad por tres años, llegó un enviado de Roma para transmitir un informe: el César había muerto. Ante esta coyuntura el senado decidió nombrar a Vespasiano como nuevo César del imperio romano, como lo había predicho el tanaíta Rabí Yojanán ben Zakai.

Vespasiano se estaba calzando cuando escuchó el informe sobre la muerte del César, un pie calzado y el otro no. A partir de ese momento no pudo ni calzarse el pie descalzo ni sacarse el zapato que tenía puesto…

Rabí Yojanán ben Zakai, al tanto del contratiempo, le explicó que aquello era resultado de la buena noticia que había escuchado, porque “una buena noticia engorda los huesos” (3), y le aconsejó a Vespasiano una solución: hacer comparecer delante de él a un hombre al que odiase, pues eso haría que sus huesos se encogieran. El fundamento se encuentra en el versículo que dice que “un sentimiento depresivo seca el hueso” (4). Vespasiano siguió el consejo y terminó de calzarse (5).

La felicidad genera amplitud y el descontento, estrechez (6).

Una persona que corre o viaja a gran velocidad experimenta una sensación de ligereza y amplitud. Lo mismo ocurre cuando una persona tiene felicidad: se colma de energía y vitalidad y le embarga la sensación de que los horizontes se abren para él —experimenta amplitud—. Los sufrimientos, en el otro extremo, generan una sensación de ahogo y estrechez y provocan falta de felicidad. Así como para atravesar un lugar angosto debemos encogernos, una persona que está inmersa en los sufrimientos pierde la voluntad de actuar y avanzar. La felicidad es la vitalidad que nos mueve y el sufrimiento la ahoga, comprime y hasta extingue.

* * *

¿Se puede ser feliz a pesar de experimentar el sufrimiento? ¿Es la tristeza un resultado inevitable del dolor?

Cuando Abraham Avinu ató a su hijo Itzjak al altar, “estiró su mano para tomar el cuchillo y de sus ojos brotaron lágrimas que cayeron en los ojos de Itzjak, por su misericordia paterna. A pesar de todo, tenía felicidad en su corazón por hacer la voluntad de su Creador” (7).

¡El dolor no cierra las puertas de la felicidad! Aunque parezca difícil de internalizar, el dolor y la felicidad no son mutuamente excluyentes.

Podríamos argumentar que Abraham Avinu estaba en un nivel muy elevado y, que por lo mismo, a nosotros que estamos a años luz de la altura del patriarca, nos resulta imposible sentir felicidad al mismo tiempo que nos invade el dolor. Un análisis profundo de esta situación nos revela que sentir felicidad junto al dolor, está a nuestro alcance.

El alto nivel alcanzado por aquellos que aman a Dios es definido precisamente como “quienes tienen felicidad en el sufrimiento” (8). Una encrucijada, a primera vista: ¿Acaso son felices porque sufren?

Los romanos apresaron a Rabí Akiva y decidieron torturarlo hasta la muerte. Mientras le rastrillaban la piel con cepillos de hierro, Rabí Akiva recitó el Shemá con todo su corazón y aceptó sobre sí el yugo del Cielo. Sus alumnos le preguntaron: “Maestro ¿hasta este punto?” Él les respondió: “Toda mi vida deseé cumplir el versículo que dice “amarás a tu Dios con todo tu corazón”: amar a Dios, aunque involucre entregar la vida. Me preguntaba cuándo llegaría el momento en que pudiese cumplir esa mitzvá. Ahora, que tengo la oportunidad de hacerlo ¿no la aprovecharé?” (9).

Toda felicidad va acompañada de un dolor, porque la felicidad se siente al satisfacer una carencia y la carencia es dolorosa. La creencia popular que la felicidad y el dolor son mutuamente excluyentes, surge de una incomprensión esencial respecto de lo que significa la felicidad. La felicidad es un sentimiento de vitalidad y motivación que sólo se genera a partir del sufrimiento mismo. Una gran persona como Rabí Akiva, consciente del beneficio espiritual que conllevan los sufrimientos (10), los recibe como un desafío. Vemos, entonces, que en lugar de generar tristeza, el sufrimiento provoca motivación y felicidad.

Es difícil que estas palabras penetren en un corazón apesadumbrado, no estamos en el alto nivel de disfrutar los sufrimientos. Sin embargo, podríamos encontrar inesperada ayuda en esta idea.

El Ran (11) explica que una persona herida o afrentada por otra, puede caer en la tristeza, pero si canaliza la fuerza del sufrimiento hacia la programación de una venganza, no se deprime. El Ran, evidentemente, no quiere estimular la venganza. Quiere explicar el mecanismo emocional detrás del sufrimiento, que tiende a oprimir nuestra voluntad y paralizarnos hasta la depresión; pero si reaccionamos ante él con una acción, sin importar cuál, convertimos el dolor mismo en un factor vigorizante.

En lugar de la lucha, desgastante y muchas veces inútil, contra el dolor, es posible canalizar el dolor como un incentivo para despertar la motivación. Por ejemplo, concentrarse en las acciones concretas que solucionan el problema; utilizar la experiencia, a fin de ayudar a quienes sufren de una dificultad similar o fortalecer la voluntad en el cumplimiento de las mitzvot.

Si se logra transformar el dolor en una aspiración que lleve a la acción, se evita la tristeza y, como beneficio secundario, se alivia en parte, el dolor mismo. El sufrimiento existe hoy, en el presente. La felicidad creada por una aspiración, eleva nuestra mirada hacia un objetivo futuro, por sobre las dificultades del presente.

Esta es la técnica para enfrentar el sufrimiento. Que Dios no permita que alguien tenga que recurrir a ella.

* * *

Es común considerar que no es correcto sentir felicidad en un mundo colmado de sufrimiento. Hay quien se siente culpable al estar alegre frente a tanta tragedia humana.

¿Somos indiferentes al sufrimiento del prójimo si tenemos felicidad? ¿Es correcto tener felicidad en un mundo lleno de sufrimiento físico y emocional?

La felicidad no implica disfrutar la vida libre de todo yugo, sino la vitalidad que emana de la voluntad de hacer. Este deseo de actuar puede despertarse a causa del sufrimiento del prójimo.

Ver a un indigente que lucha para subsistir puede provocar una puntada en el corazón. Ese dolor no causa ningún mejoramiento en la situación de ese necesitado. Si logramos canalizar el dolor hacia la acción, el dolor se transforma en una fuente de alimentación de energía y despierta la felicidad: la voluntad de ayudarlo, apoyarlo con dinero o, mejor aún, buscarle un trabajo digno.

En definitiva, la empatía con el dolor de los demás debería motivar a la acción de socorrer a todo el que sufre. Tenemos la innata capacidad de disminuir, al menos en parte, el sufrimiento de otras personas. Debemos actuar con vitalidad y felicidad, dentro de nuestras posibilidades, con la finalidad de ayudar al prójimo.

La respuesta al dolor, propio o ajeno, es la acción: “todo lo que esté en tus manos para hacer ¡hazlo!” (12).

* * *

Este artículo es un extracto del libro El código judío de la felicidad de Rav Igal Snertz. Para más detalles o para comprar el libro haz clic aquí.

 

 


Notas:

(1) Maharal Netiv Guemilut Jasadim 84.

(2) En nombre del Gaón Rav Moshé Shapira, shlit"a.

(3) Mishlei 15:30

(4) Mishlei 17:22

(5) Guitín 56b

(6) Maharal de Praga, Netiv Guemilut Jasadim, Cap. 4

(7) Bereshit Raba, Vaierá 56:8

(8) Shabat 88b

(9) Brajot 61b

(10) Baba Metzía 85a, Sanhedrín 101

(11) Drush 12

(12) Kohélet 9:10