¿Cuándo fue la última vez que te sentaste sin hacer nada? No me refiero a “nada” como jugar con tu teléfono, leer un libro o escuchar música pero en verdad no “hacer” nada. Me refiero a absolutamente nada. ¿Cuándo fue la última vez que te sentaste sin ningún artefacto tecnológico, sin hablar, escuchar, mirar ni leer algo?

La primera vez en mucho tiempo que realmente no hice nada fue hace muchos años, después de una charla con un amigo terapeuta en la que me quejé sobre lo apegado que me sentía a la tecnología. Poco tiempo después de esa conversación, tuve que ir a una boda cerca de donde él vive y generosamente me ofreció buscarme en el aeropuerto y que pasáramos juntos algunas horas antes y después de la boda trabajando sobre el tema.

Me sentí muy agradecido y ansioso por hacerlo… hasta que me dijo lo que me iba a costar. Hubiera estado dispuesto a pagarle una gran suma de dinero en vez del precio que me pidió. Mi amigo me dijo que sólo lo haría si yo aceptaba una condición: cuando llegara a buscarme al aeropuerto, yo le entregaría de inmediato todo lo que tuviera un botón para encenderlo. Recibiría todo de regreso a la noche, cuando me llevara nuevamente al aeropuerto. Eso significaba no tener teléfono, mensajes de texto, WhatsApp ni internet, no sólo mientras estuviéramos juntos, sino tampoco cuando estuviera en la boda.

Acepté de mala gana. Cuando aterricé, él guardó mi laptop y mi celular en el baúl de su auto. Fuimos a su oficina y lo primero que me hizo hacer fue sentarme quieto en una silla, solo, sin tener nada para leer, escuchar o mirar. Simplemente tenía que quedarme sentado, aclarar mi mente, perderme en mis pensamientos, sin distraerme con ninguna otra cosa.

En esos momentos, me sentí como la mayoría de las perosnas que participaron en un estudio en el año 2014, quienes debieron quedarse durante 15 minutos solos en una habitación de laboratorio, sin teléfonos, pantallas ni implementos de escritura. Todo lo que tenían frente a ellos era un botón que producía una descarga eléctrica si lo presionaban. Aunque todos los participantes previamente afirmaron que estarían dispuestos a pagar dinero para evitar recibir una descarga eléctrica, 67% de los hombres y 25% de las mujeres eligieron infligirse a sí mismos descargas eléctricas antes que quedarse sentados quietos y pensar. En otras palabras, una cantidad significativa de personas prefieren sufrir un dolor físico antes que quedarse a solas con sus pensamientos.

Durante los dos primeros minutos, básicamente no pude conmigo mismo. Estaba inquieto, incómodo y sentía como si me hubieran amputado un miembro. Pero lentamente comencé a disfrutar de ese tiempo a solas. Respiré, pensé y saboreé la oportunidad de simplemente estar allí. Era una sensación diferente, refrescante y hace tiempo olvidada. Aunque todavía no logré implementar exitosamente todo lo que aprendí ese día, la experiencia me abrió los ojos a la importancia de poder estar solo y, lo que es todavía más importante, dedicar cada día tiempo a “no hacer nada”.

Niksen

Los holandeses tienen una palabra para referirse a no hacer anda: niksen. Niksen no es un producto de la pereza pasiva, sino la decisión consciente de no hacer nada, sentarse quieto, simplemente ser. Vivimos en una época en la que el ajetreo y la actividad es lo predeterminado. Detenerse, desconectarse y simplemente pensar requiere tener intención, esfuerzo y sólo ocurre si dedicamos tiempo para hacerlo.

Confundimos la ocupación con la productividad y a menudo lo utilizamos como la moneda social para impresionar a los demás respecto a cuán importantes o significativos somos.

Nuestra generación tiene una aversión a quedarse quieta. Confundimos la ocupación con la productividad y a menudo lo utilizamos como la moneda social para impresionar a los demás respecto a cuán importantes o significativos somos. Pensamos que las personas realmente impresionantes son quienes están ocupadas, terriblemente ocupadas, insanamente ocupadas. Erróneamente concluimos que admitir que pasamos cada día un momento intencionalmente sin hacer nada nos dará una mala imagen, pensarán que somos perezosos o que carecemos de ambición.

Pero es exactamente lo contrario. Resulta que las personas realmente impresionantes, que en verdad están presentes, encuentran tiempo para desconectarse, para experimentar la soledad, para acallar el ruido constante y poder realmente escuchar lo que ocurre dentro de sus cabezas. Las personas realmente espirituales encuentran un espacio para la hitbodedut, un tiempo de 'auto-contemplación', un encuentro con Dios, con quien conversan como si estuvieran charlando con un amigo.

La ocupación y el ajetreo científicamente se correlacionan con el agotamiento, los trastornos de ansiedad y las enfermedades relacionadas con el estrés que atacan al cuerpo. Encontrar cada día tiempo para desconectarse de la tecnología y de las listas de obligaciones y en cambio respirar profundamente durante unos pocos minutos, mejora la salud física y mental.

3 minutos al día

Hace un par de años decidí retornar a la lección que aprendí ese día con mi amigo. Me comprometí conmigo mismo y recluté a algunas otras personas para pasar cada día un momento con nuestros teléfonos en modo de avión, poner una alarma después de tres minutos y concientizarnos en respirar profundamente y perdernos en nuestros pensamientos. No puedo decir que lo hago todos los días, pero hacerlo con amigos y tener que rendir cuentas ante los otros es muy útil.

Los días en que me tomo mis tres minutos son completamente diferentes. Después me siento más tranquilo, más presente, más creativo y más conectado. Las veces que me tomé mis tres minutos antes de rezar, eso cambió por completo mi encuentro con el Creador.

En un día hay 1.440 minutos. Incluso si de noche duermes 8 horas, te quedan 960 minutos cada día. Es difícil creer que no podamos encontrar sólo tres minutos para contactarnos con nuestras almas, para conectarnos con el Creador, especialmente cuando hacerlo enriquece por completo el resto del día.

Pruébalo. Encuentra tres minutos cada día. Puedes hacerlo solo o con alguien más. Puedes hacer un pacto con otros para ser mutuamente responsables o puedes usar alguna aplicación de tu teléfono para ayudarte a crear el hábito. Los detalles dependen de ti, pero te garantizo que si encuentras tres minutos al día para desconectarte y volver a conectarte contigo mismo y con Dios, eso cambiará los otros 1.437 minutos de tu día.