Electricidad. Apretamos un botón, subimos la temperatura, nos conectamos a wi-fi y cocinamos la cena. Es muy raro que dediquemos unos minutos a pensar en la maravilla de nuestra vida moderna, hasta que no hay corriente, se apaga la luz y todo queda oscuro.

Hace un año experimentamos cinco días sin electricidad debido a una fuerte tormenta. Una vez que superé los sentimientos iniciales de frustración, entendí un par de cosas.

1. Somos sumamente afortunados

Todos los que vivimos en países desarrollados contamos con enormes bendiciones. Nuestro aire tiene la temperatura perfecta, nuestras luces brillan en la medida exacta que deseamos. Nuestra ropa se centrifuga cuando apretamos un botón y nuestros alimentos se cocinan sin esfuerzo en mágicas cajas culinarias. Durante el apagón pensé mucho en los millones de personas que sufren helados inviernos en viviendas precarias (o ni siquiera eso), como consecuencia de guerras y hambrunas. Pensé en esos pobres individuos que duermen en la calle, apenas a unos diez kilómetros de mi casa en el centro de la ciudad, mientras yo habito mi castillo suburbano.

También pensé en Ernie Gross, un sobreviviente del Holocausto que conversó con un grupo de estudiantes sobre las atemorizantes y dolorosas noches en las literas, casi sin mantas para cubrirse, con hambre y un frío que envolvía el cuerpo y el alma. Agradecí por mis bendiciones, no sólo por tener mantas y abrigos sino por vivir en un país libre y moderno donde no necesitamos preocuparnos por nuestra supervivencia básica.

2. Somos partes de una nación increíble

A pesar de nuestros desafíos, discusiones y fragmentaciones, el pueblo judío en esencia es una nación en la que cada uno se preocupa por el otro, especialmente en momentos de necesidad. Nos sentimos sobrecogidos por la cantidad de llamados de jésed (bondad) ofreciendo comida, lugares para dormir y ayuda para lavar la ropa. El espíritu de Abraham Avinu reside entre nosotros, ese deseo de ir más allá de nuestros límites por amor y preocupación por los demás, incluso cuando tenemos nuestras propias dificultades y dolores.

3. La fuerza de la desconexión

A veces es bueno abstenerse y desconectarse de nuestros smartphones y computadoras. No extrañaremos muchos de los placeres que provee la alta tecnología digital, a diferencia de lo que hubiésemos pensado. Si se cae nuestro wi-fi y el acceso a Internet es irregular, es un maravilloso momento para buscar una linterna y abrir un libro, leer la porción de la Torá de la semana o pasar un rato meditando sobre cómo podemos mejorar como personas.

Shabat es nuestro sistema incorporado para alejarnos del mundo físico. Aunque dejamos encendidas las luces y la calefacción de acuerdo con nuestros deseos, no efectuamos labores creativas. Mi momento favorito de la semana es justo antes de que comience Shabat, cuando apago mi teléfono. Puedo respirar y volver a concentrarme en mi conexión con Dios. Estos cinco días sin electricidad me dieron una oportunidad adicional de lograr esto mismo. Disfrutemos el regalo del Shabat cada semana al celebrar la oportunidad de focalizar nuestras mentes más en lo espiritual y en conectarnos con Dios.

4. La verdadera fuente de energía

No tener electricidad es como no tener poder. Progresamos a lo largo de nuestras vidas ocupadas, tratando de mantener un pequeño sentido de control, creyendo erróneamente que tenemos el poder de lograr el resultado deseado. Entonces ocurren eventos que están fuera de nuestro control y nos sentimos impotentes. Sin electricidad, estábamos completamente a la merced de la compañía eléctrica y de una persona sin rostro en una oficina en quien tuvimos que confiar que enviaría un equipo para solucionar el problema.

Lo mismo ocurre en nuestras vidas con respecto a Dios. En definitiva, Él nos da el poder a través del regalo de la vida, y Él decide cuándo ese poder disminuirá y se extinguirá. Tal como dependimos por completo de la compañía eléctrica para proveernos una fuente constante de energía, así también sólo podemos confiar en Dios para brindarnos nuestro continuo suministro de energía.

Con la falla de un pequeño cable, o al apretar un botón equivocado, nuestras vidas pueden darse vuelta. Nuestra tarea es reconocer la fuente de nuestra bendición, sentir y contemplar quién nos da energía vital. Cuando decimos una bendición por un alimento o por un evento, no estamos simplemente agradeciendo, más bien estamos reconociendo la fuente de toda vida. La palabra hebrea para bendición, brajá, tiene relación con la palabra que alude a una fuente natural de agua: brejá. Nuestras bendiciones deben recordarnos quién es nuestra "compañía eléctrica" de la vida.

¡No dejemos de conectarnos con esa magnífica fuente de energía espiritual!