Cada uno es un ser individual. Cada uno tiene su propia personalidad, sus propios genes y su propia historia. Cada uno tiene su propia mente, emociones y naturaleza. Cada uno tiene su propia forma de ser y de experimentar el mundo. Lo más importante, cada uno tiene su propia alma. Y somos libres de formar nuestras propias opiniones.

Descubrir y expresar quiénes somos como individuos es parte de lo que Dios quiere de nosotros.

Pero, ¿qué significa ser un individuo? Recuerdo la publicidad de una de mis conferencias sobre la individualidad. Se veía una multitud de pingüinos idénticos y en el medio había uno con una gran sonrisa y un enorme sombrero morado. Tierno. Pero esa imagen no captó del todo la idea.

En primer lugar, sin importar cuan idénticas puedan parecer las personas, en lo más profundo, cada una es un ser individual. En el mundo de Dios no hay clones; es sólo que la singularidad de algunas personas es más obvia que la de otras.

Verse o vestirse diferente nunca puede definir tu individualidad; sólo puede reflejarla.

En segundo lugar, la verdadera individualidad no significa destacarse externamente, sino ser quién eres internamente. Verse o vestirse diferente nunca puede definir tu individualidad; sólo puede reflejarla.

Los sabios enseñan que cuando fue entregada la Torá, Moshé le dijo a cada persona exactamente dónde pararse para presenciar el evento desde una distancia y ángulo únicos. Cada individuo experimentó la revelación de forma diferente, a partir de su propio conocimiento personal de Dios.[1] Nuestra conexión única con Dios es la base de nuestra individualidad, incluyendo la singularidad de nuestra propia alma, la chispa Divina que hay en nuestro interior que quiere reflejar bondad hacia el mundo.

Reconocer nuestra individualidad significa comprender que tenemos una misión única que cumplir. Por supuesto, esto requiere saber quiénes somos y quiénes podemos ser. Algunos lo comprenden cuando se encuentran en la escuela, mientras que otros lo descubren tan sólo después de haber estado muchos años en el mundo. Exponerte a una variedad de experiencias (incluyendo estudio, trabajo, viajes a diferentes lugares y con personas distintas), puede abrir la puerta a un mayor autoconocimiento.

Pero en cierto punto de la vida, casi todos tenemos una experiencia en la que entendemos: “¡Este soy yo! ¡Esto es lo que estaba destinado a hacer!” De repente tenemos una visión del grandioso individuo que podemos llegar a ser.[2] “Grandioso” no significa necesariamente lograr algo extraordinario. Hay clases de grandeza más silenciosas, las cuales pueden pasar desapercibidas ante los humanos, pero no ante Dios. Debemos estar abiertos al momento en que vemos la grandeza a la que estamos destinados y hacerla una realidad.

La verdadera autorrealización requiere no sólo ser individuos con nuestras propias metas, sino también ser parte de un grupo más amplio con una misión más grande.

Al mismo tiempo, la vida implica cierto grado de conformidad. La verdad es que la conformidad tiene un propósito. La verdadera autorrealización requiere no sólo ser individuos con nuestras propias metas, sino también ser parte de un grupo más amplio con una misión más grande. La conformidad fortalece esa identidad grupal. Nos da un mayor sentido de pertenencia y conexión con nuestra comunidad. Nos mantiene alineados con las personas que respetamos y con los valores en los que creemos.

Muchas prácticas judías crean precisamente esta clase de conformidad constructiva. Un ejemplo es el Shabat. Cada viernes antes del anochecer, los judíos religiosos se visten con ropas especiales, encienden velas, cesan el trabajo creativo y van a la sinagoga. Al volver a su hogar, recitan bendiciones sobre el vino y el pan, comen una cena festiva, entonan canciones tradicionales, dicen palabras de Torá y luego agradecen por la comida que han disfrutado. Aunque las costumbres puedan varias entre las comunidades judías, todos celebramos el mismo día básicamente de la misma forma, experimentando una bella y poderosa unidad con todo el pueblo judío.

Sin embargo, hacer la misma cosa como judíos en todo el mundo no significa renunciar a nuestra individualidad. No hay leyes que regulen qué ropa debemos vestir en Shabat (mientras sean recatadas y las consideramos lindas), qué alimentos comemos (mientras sean kasher) o qué melodías cantamos. Esta libertad sugiere que Dios quiere que cada uno celebre el Shabat a su modo, y eso es lo que hace que el mundo judío sea tan colorido. La mesa de Shabat de mi familia, por ejemplo, presenta una amplia gama de vestimentas, una alimentación integral vegetariana y, lo más significativo, las conmovedoras melodías originales de mi esposo para el kidush, lo que hace que nuestra mesa de Shabat sea particularmente nuestra.

Me encanta conocer a personas que son "singulares”. A pesar de ser “diferentes”, estos individuos creen en sí mismos. Confían en la voz interna que les dice cómo vivir. Como resultado, experimentan la profunda satisfacción de ser fieles a lo que realmente son. Ellos demuestran cómo puedes ser tú mismo y cuán gratificante es. Es un mensaje que todos debemos internalizar, incluso aquellos cuya individualidad es más sutil.

Rav Zusha de Anipoli dijo: “En el Mundo Venidero no me van a preguntar: '¿Por qué no fuiste Moshé?' Me van a preguntar: '¿Por qué no fuiste Zusha?'”.

Que en el futuro, al mirar hacia atrás nuestras vidas, podamos ser capaces de decir: “fui yo mismo”.


NOTAS:

[1] Sarah Yehudit Schneider, citando Torá Sheleimah, Itro, nota al pie “re’u”, Mejilta 19:24, Mejilta d’Rashbi; Zohar 2:82b.

[2] Rav Iaakov Haber, citando a Rav Tzadok HaKohen, Tzidkat HaTzadik.