¿Recuerdas cuando comenzaste a dar tus primeros pasos? Te aferrabas al sofá, tus padres y abuelos te aplaudían y te alentaban. Soltaste una mano y diste un paso hacia adelante. Entonces dejaste por completo el sofá y diste dos o tres temblorosos pero rápidos pasos hacia el centro de la habitación. Sonreías, mostrando dos dientes, y todos gritaron: “¡Lo hiciste! ¡Muy bien! ¡Estás caminando!”.

Seguiste dando más pasos. Tu padre se alejó y tendió hacia ti sus manos para alentarte a seguir caminando. Entonces te detuviste y te diste cuenta que no te estabas agarrando de nada ni de nadie. Estabas solo en medio de la habitación. “¿Cómo llegué aquí?”, te preguntaste. “¿Qué hago aquí solo, sin nadie que me sostenga? ¡No puedo hacer esto!”. Y te sentaste en el suelo en medio de un mar de lágrimas. Tu madre corrió y te levantó en sus brazos.

Estar parado solo en medio de la habitación fue un momento crucial en el que tomaste conciencia que eras independiente. Ya no estabas agarrándote del sillón ni del delantal de tu madre. Eras solo tú y el mundo. Ese fue el primer momento en que subconscientemente entendiste que eres una persona, un “yo” por derecho propio.

¿Cuál es la reacción natural al entender esta identidad personal? Absoluto terror. Por eso te sentaste y comenzaste a llorar.

Es una sensación de temor a tu propia identidad, de estar solo dentro de ti mismo. Comprender esto es algo inherente a la condición humana. Es un sentimiento existencial de estar solo, por ti mismo, en el gran salón llamado mundo.

Entender esto puede llevar a que te sientas alienado, aislado y solitario. Esto es natural. Cuando te sientes aislado o solitario en la vida, accedes al mismo sentimiento que experimentaste al estar parado en medio del salón la primera vez que caminaste.

Estas situaciones atemorizantes y solitarias no necesitan despertar la sensación de alienación. Sí, estás “solo” porque eres único. Nadie más en todo el universo tiene tu personalidad, tu ADN singular, tu educación, tu ambiente y esa mezcla única de tus habilidades y debilidades.

Puedes decirte a ti mismo: “Soy diferente, por lo tanto, me siento solo”; o: “Soy diferente y, por lo tanto, soy único y especial”. Para llevar a cabo tu rol único en el mundo tienes que estar solo. Pero esto no significa que tengas que sentirte solitario.

Esta conciencia de tu “yo” único puede ser un motivador. Puede desafiarte al entender que tus características singulares te permiten llevar a cabo un trabajo único que sólo tú puedes hacer. Has sido seleccionado para tu destino único. Cuando observas tu yo existencial bajo esta perspectiva, puedes transformar la carga de sentirte “solitario” en la ventaja de estar “solo” y ser único en el mundo. En vez de vivir con miedo a la soledad, puedes gozar de tu soledad. Sólo cuando estás “solo” puedes realmente alcanzar tu potencial.

El Talmud Ierushalmi (Sanedrín 4) pregunta por qué Dios creó a Adam, el primer hombre, solo. El Talmud explica que Adam fue creado solo para que cada persona que nace pueda verse reflejada e identificarse con su singularidad y soledad y decir: “Soy como Adam”.

Al crear a Adam solo, Dios nos desafía a tomar conciencia de nuestras identidades separadas y únicas y llegar a conocernos para poder relacionarnos exitosamente con otros. Tenemos que tener conciencia de nosotros mismos; aprender a relacionarnos con nosotros mismos. Antes de que Javá se casara con Adam, ella era un individuo por derecho propio. Tenemos que tomar conciencia de nuestra individualidad antes de entrar en una relación sana y generosa.

Este es el significado de las palabras de Hilel en Pirkei Avot: “Si no estoy para mí, ¿quién lo estará?” (1:4). Lejos de ser una declaración que promueve el ego, es un desafío de llegar a conocer quién eres y aprender a desarrollar tu imagen personal como un requisito previo para activar tu potencial.