Hace cuatro años Kayla Montgomery fue diagnosticada con esclerosis múltiple (E.M.). Ella tenía 15 años y era miembro del equipo de atletismo de su escuela. Desde su diagnóstico, Kayla se ha convertido en una de las corredoras jóvenes más rápidas del país. Pero ella no puede permanecer de pie una vez que cruza la meta. La E.M. bloquea las señales nerviosas que las piernas de Kayla envían a su cerebro, así que ella puede alcanzar velocidades que otros corredores no pueden debido al dolor; un dolor que ella no puede sentir.

Pero la enfermedad también causa debilidad e inestabilidad. Mientras compite, el adormecimiento de sus piernas le permite a Montgomery ir en piloto automático, pero cuando se detiene, ella pierde el control y colapsa.

“Cuando llego a la meta, siento como si no hubiera nada bajo mi cintura”, dice Montgomery. “Comienzo sintiéndome normal y luego mis piernas gradualmente se adormecen. Me he entrenado para pensar sobre otras cosas mientras corro. Pero cuando me detengo, no puedo controlar mis piernas y caigo al piso”.

Después de cada carrera, su entrenador la abraza y la agarra antes de que se desplome al suelo. Sus padres corren a aplicarle hielo a sus piernas.

“Entrenador, no sé cuánto tiempo me queda, así que quiero correr rápido. No me reprimas”.

La E.M. no tiene cura y Kayla no sabe cuánto tiempo más le queda antes de ser confinada a una silla de ruedas. El año pasado Kayla ganó el título del estado de Carolina del Norte en la carrera de 3.200 metros; su tiempo de 10 minutos 43 segundos la puso en el número 21 del ranking del país.

“Cuando la diagnosticaron ella me dijo: ‘Entrenador, no sé cuánto tiempo me queda así que quiero correr rápido. No me reprimas’”, comentó Patrick Cromwell, el entrenador del equipo de atletismo de la secundaria Mount Tabor. En el campeonato nacional de 5.000 metros hace dos años, los oficiales olvidaron agarrarla y ella cayó de cara al piso, quedando tirada en la pista hasta que alguien vino a ayudarla.

“Yo no quería ser tratada diferente y no quería que me vieran como diferente”, dijo Kayla. En una carrera estatal de Cross Country hace dos años, ella se golpeó contra el talón de otro corredor y cayó al piso. De cara al suelo, con sus piernas fuera de control, ella no podía levantarse. Pero al ver a cómo una corredora la pasaba, ella reunió sus fuerzas y gateó para usar una reja cercana para levantarse y llegó décima en la carrera.

“Ahora sé que puedo hacerlo”, dijo ella. “Puede que tarde un poco, pero si me caigo, sé que puedo levantarme. Me obligo a hacerlo. Me digo a mí misma: ‘Yo sé que estás cansada y no puedes sentir nada y es difícil, pero vas a terminar esto’”.

Lo que todo judío necesita

Esta increíble característica de terquedad que Kayla ejemplifica es una de las características claves de la nación judía. El Rav Avigdor Miller zt”l escribió: “La terquedad es una de las características más importantes que un judío necesita. Un judío debe ser terco. Él tiene que ser un hombre en quien Dios pueda confiar. ‘Dios, Tú me diste la Torá. Yo la acepté. No te preocupes. Yo puedo cumplirla para siempre sin importar lo que pase, contra viento y marea”. (Rav Miller, Emuná y bitajón, Pág. 216). Esta crucial característica de lealtad terca también se manifestó ampliamente el día después de Purim.

En Purim celebramos la supervivencia del pueblo judío y la alegría que llenó a la antigua ciudad de Shushán cuando nuestros enemigos fueron derrotados. Mordejai salió victorioso y Hamán y sus 10 hijos fueron colgados. Nos sentamos a comer y beber y maravillarnos ante nuestro maravilloso giro de fortuna.

¿Pero que le pasó a Ester?

No escuchamos nada sobre Ester al final de la Meguilá. Ella siguió casada con el rey Ajashverosh, un hombre a quien ella no amaba ni respetaba. Ella se quedó sola en el palacio, separada del pueblo que adoraba. Cuando más adelante dio a luz a su hijo Darío, ella intentó con todo su corazón enseñarle los valores de sus ancestros, pero él también creció como el hijo de su padre. Él era un judío, pero Darío era también de muchas formas el prototípico persa. Él era un príncipe que estaba rodeado por todos lados con influencias y creencias externas.

Ester podría haberse dado por vencida al final de la historia de Purim. Ella había salvado a su pueblo. Había vivido aislada en el palacio. ¿No había ya hecho suficiente? En vez de eso, Ester con terquedad luchó por la vida. Tuvo un hijo en circunstancias insoportables, y crió a ese hijo con toda su fuerza e idealismo, aunque sabía que estaba peleando en contra de la cultura y las ideas de su esposo.

Imagina cuántas lágrimas debe haber derramado Ester por su hijo. Pero esas son las lágrimas tercas que, de muchas formas, construyeron el Segundo Templo. Pues fue Darío quien creció e insistió en que el Templo judío fuera reconstruido. Él puede haber estado tan asimilado que ni siquiera pensó en sí mismo como judío, pero permitió la reconstrucción del Segundo Templo.

Es cuando estamos tirados de cara al suelo y debemos gatear para levantarnos que sabemos cuán fuertes somos.

Quizás este es el testimonio por excelencia de la silenciosa y feroz voluntad de esta madre judía. La reina que nunca se rindió. Incluso después de que la última palabra del Libro de Ester fue leída y su vida fue puesta tras bambalinas, ella no se detuvo. Siguió corriendo, escalando, rezando, para dar vida. Y para crear luz para los hijos de sus hijos quienes aún disfrutan de su fuerza hoy en día.

Es cuando la fiesta se acaba y las luces se apagan que nuestra terca voluntad emerge. Es cuando el foco se va y nos quedamos solos en un lugar en el que no pedimos estar, que nuestra negativa a darnos por vencidos se convierte en todo.

Y es cuando estamos tirados de cara al suelo y debemos gatear para levantarnos que sabemos realmente cuán fuertes somos. Es entonces cuando sentimos que el corazón de la Reina Ester hace eco en nuestro propio latido.

Es el día después cuando podemos ver el tremendo poder de nuestra luz interna. Cuando seguimos creyendo. Cuando seguimos corriendo tan rápido como podemos por el mayor tiempo que podamos.

Que todos utilicemos el poder de nuestra terquedad judía para reconstruir y alcanzar la grandeza.