El Talmud enseña que cuando comienza el mes de adar (en el que cae Purim), incrementamos nuestra alegría (Taanit 29). Suena maravilloso, ¿pero cómo hacemos para volvernos más felices? ¿Acaso podemos simplemente presionar algún botón y encender nuestra felicidad? ¿Qué pasa si una persona simplemente no está feliz?

Si entendemos el mensaje de adar y de Purim, eso nos dará un profundo entendimiento del verdadero significado de la alegría.

Cuando mi padre se enfermó de cáncer hace 15 años, ese fue uno de los períodos más oscuros de mi vida. Yo vivía con mi esposa en Israel, pero mi madre quiso desesperadamente que yo estuviera con mi familia en los Estados Unidos, a pesar de que acabábamos de tener un nuevo bebé. Así que poco tiempo después estaba camino al aeropuerto. Entre un recién nacido, un pequeño de dos años enfermo y otros dos niños mayores, no nos arreglábamos demasiado incluso cuando yo estaba en casa. La idea de dejar a mi esposa en ese momento era algo que no podía contemplar.

Todo lo relativo a ese viaje fue sumamente depresivo. Yo no quería irme de Israel, me sentía mal de dejar a mi esposa y a mi familia en esa situación, y por supuesto lo peor de todo era la razón del viaje. A mi padre le habían diagnosticado un cáncer agresivo en estadio 4, y le dijeron que le quedaban unos pocos meses de vida. Él era un gran científico y un erudito de la Torá, pero se deterioraba rápidamente ante nuestros ojos. Casi no podíamos reconocerlo.

Esa noche llegué al aeropuerto sumamente deprimido y completamente agotado, sin prestar atención me paré en la fila adecuada de mi aerolínea. Como suele ocurrir, dos personas más adelante en la fila había alguien que había conocido unos pocos años antes en la Ieshivá. Recordé quién era, pero no mucho más que eso y lo máximo que hubiera hecho es intercambiar unas pocas palabras amables (no estaba de ánimo para conversar). Sin embargo él me reconoció de inmediato, y sus primeras palabras cuando me vio fueron: “¿Cómo está tu padre?”.

Yo no sabía que su madre vivía en el mismo complejo de departamentos al que mis padres acababan de mudarse. Así que él era una de las pocas personas que sabían en detalle la situación de mi padre. También su padre había fallecido joven de cáncer. Él viajaba a los Estados Unidos por negocios, pero planeaba quedarse con su madre viuda.

No puedo describir qué consuelo fue en ese difícil momento tener a alguien que supiera lo que estaba experimentando y que pudiera entenderlo. Más que el consuelo práctico, más me consoló reconocer que Dios estaba cuidándome y ayudándome incluso cuando la vida parecía estar en su peor momento.

Este incidente me ayudó a entender el concepto judío de felicidad. ¿Acaso yo estaba “feliz” en un momento tan trágico? Por supuesto que no. Pero ya no me sentía abandonado. Fui capaz de ver que Dios siempre estaba conmigo y me cuidaba, tanto en los momentos felices de mi vida como en los más difíciles. Saber que Dios está con nosotros implica que nunca tenemos que ver la tragedia como algo sin sentido. Dios está allí. Él sabe que hay una razón por la que debemos soportar eso. Él no nos ha olvidado, y nos envía recordatorios para ayudarnos a entenderlo. Sólo tenemos que ser suficientemente perceptivos para verlo. Si sabemos que nuestros desafíos son parte del plan de Dios, podemos sentirnos cerca de Él, incluso amados, durante los momentos más difíciles.

Felicidad implica saber que Dios está allí cuidándonos, incluso cuando nos sentimos vulnerables ante las fuerzas del mundo. Nada puede salir mal; Dios está conmigo. Puede que no lo vea en el exterior, pero sé que todo será de la forma que Dios lo desea. ¿Qué puede ser mejor que eso?

La historia de Purim, que ocurrió en el mes de adar, es singular entre las festividades judías porque en ella no ocurrió ningún milagro revelado. No se partió el mar ni el aceite ardió durante ocho días. Pero ocurrió algo todavía más grande: fuimos capaces de ver a Dios incluso sin los milagros. Al final de la historia, quedó claro que todos los eventos fueron cuidadosamente orquestados por Dios; que todo el tiempo Él estuvo allí cuidándonos y llevándonos hacia Él.

Cuando ocurre un milagro revelado, tenemos una sensación pasajera del espectacular poder de Dios. Pero cuando se desvanece la emoción, nos queda muy poco para acompañarnos en el día a día, y poco para hacernos felices. Sin embargo, cuando podemos vislumbrar que Dios siempre está con nosotros, siempre podemos ser felices. Puede ser que la vida no siempre sea fácil o de la manera en que a nosotros nos gustaría que fuera, pero siempre estamos con Dios. Y con Dios, nada puede ir mal.