Cuando imaginamos nuestras pequeñas vacaciones familiares, después de meses de confinamiento en el hogar, en un lugar más agreste, al aire libre, tomando un poco de sol, nos entusiasmamos mucho. Aunque los preparativos fueron agotadores, llevamos toda la comida necesaria para 9 días (¡incluidas meriendas y desayunos!), partimos abarrotados de cosas en el auto, pero felices.

He aquí nuestra sorpresa cuando las cosas no se dieron según lo que habíamos pensado. Por más verde que uno tenga, los niños chiquitos, son chiquitos, lo que más necesitan son otros pequeños para poder jugar. Poner protector solar, repelente para mosquitos, colocar mallas, sacar mallas mojadas, servir la comida, barrer, estar con ellos en la pileta, estar con ellos fuera de la pileta, se volvió, para que ustedes me entiendan, algo más parecido a unas “anti vacaciones” para los adultos, que otra cosa.

Pero como siempre, Hashem nos tiene preparado algún aprendizaje en todas las experiencias que atravesamos. Algo que me pasó en términos personales en estos días al aire libre, fue que empecé a sentirme muy a gusto contemplando el verde, los árboles, el ruido de los pajaritos. Nunca fui particularmente fanática de la naturaleza, pero creo que este fenómeno nuevo, que todos sufrimos de meses y meses de confinamiento en nuestras casas, sin escuela para los niños, sin juegos en las plazas, agigantaron esta sensación personal. Así fue como me vi imbuida de pensar por ejemplo “qué lindo sería poder vivir en un lugar así”, “qué hermosa crianza en un espacio donde los niños tienen más espacio, disfrutan más de estar conectados a la tierra”, y algunos más. Si bien parecen bastante ingenuos, estos pensamientos generaron en mí una emoción rara, porque después, a donde volvía era a mi casa de cemento en el centro de la ciudad donde vivimos.

Grata fue mi sorpresa cuando volvimos y me sucedió la siguiente coincidencia. En Shabat por la mañana, pensé en buscar algún libro de la biblioteca para releer. Mirando los lomos de los libros, elegí uno de jinuj (educación), Educar ayer y hoy del Rav Moshé Goldstein. Lo había leído hacía unos años, pero como todavía le quedaba un señalador de imán me dirigí a esa página. Realmente sentí que Hashem me estaba hablando directamente, lo primero que leí:

“(...) los sueños materiales fluyen sin esfuerzo. Una persona puede yacer sobre la hierba y pasar horas imaginando qué haría si fuera rica y famosa. La realidad no puede romper su sueño; los hechos no dificultarán sus pensamientos. Puede flotar sobre las alas de su imaginación y dejar que sus sueños tomen el control de su mente”. (Pág. 97)

Ya con ese párrafo me identifiqué de manera impresionante. Eso fue lo que me sucedió pensé, estar en ese espacio dejó mi imaginación fluir en esos aspectos. Ya estaba entendiendo qué fue lo que pasó, y a su vez, en el párrafo siguiente, aprendí un nuevo concepto, que creo que a todos nos puede ayudar.

“Por el contrario, los sueños espirituales son extremadamente difíciles de mantener. Si pedimos a un niño que cierre sus ojos y se imagine a sí mismo como un hombre rico, obedecerá gustoso. Pero si le pedimos que piense en sí mismo como un gran tzadik y temeroso de Dios, después de uno o dos minutos encontrará sus pensamientos vagando en diferentes direcciones. Se necesita un gran esfuerzo para concentrar nuestros pensamientos en la espiritualidad”. (Pág. 98)

El Rav me estaba explicando que aquello que me sucedió es un fenómeno natural que nos pasa a todas las personas, la imaginación fluye por esos caminos de los deseos materiales. Incluso vale aclarar que el judaísmo no condena en absoluto tener esas aspiraciones. No como un fin en sí mismo, sino como un puente para alcanzar metas espirituales. Pero justamente esto no suele darse con los logros del alma. “Para alcanzar logros espirituales debemos tener una imagen mental del éxito en ese sentido”. ¿Dónde estaban mis metas espirituales listas para sopesar estas nuevas sensaciones? Mi hijo mayor también me trajo una ayudita al tema. Lo vi, naturalmente en casa, rodeado de sus libros, su entorno, traerme para leer un libro precioso, la novela gráfica del Rav Mordejai Elihau, El padre de los niños de Israel. Más justo, imposible, las historias reales de nuestros grandes referentes, nos ayudan a sembrar estas semillas de los anhelos espirituales. Para chicos, y para adultos también.

Al saber que no se va a dar de forma fluida y natural, el hecho de tener e imaginar metas espirituales nos convoca a construirlas con esfuerzo, a inspirarnos con clases, a buscarlas en las historias de los grandes sabios de nuestro pueblo, a no “dejarnos estar” en este aspecto.

Estas vacaciones aprendí la importancia de tener activo el músculo de la imaginación espiritual.