Sharon se acercó hacia mí mientras observábamos a nuestros hijos en un paseo escolar y me dijo: “Esto no es información pública, pero mi esposo tiene que volver al hospital dentro de una semana, tiene otra batalla que luchar”.

Ella se refería a su cáncer de cerebro. Su batalla llevaba ya seis años. Acababan de terminar una ronda de quimioterapia y descubrieron que precisaría otra cirugía. Me impresionó. Veía a su esposo casi todos los días cuando iba a buscar a su hijo para llevarlo a la escuela y nunca me lo hubiera imaginado.

Le pregunté cómo se estaban arreglando y cómo podía ayudarla.

“Me dejo llevar por las olas y me entregué por completo al hecho de que no tengo control. Esta es mi vida y esto es lo que tenemos que enfrentar. Esta es nuestra ‘nueva normalidad’. Los niños nos mantienen fuertes porque simplemente no puedes desarmarte frente a ellos”.

Lo que dijo a continuación me desorientó. “Supongo que me alegra que seamos nosotros los que tienen que pasar por esto y no otra familia”.

“¿A qué te refieres?”, le pregunté asombrada.

“Bueno, nosotros ya nos acostumbramos a este desafío. Jonatán tiene que enfrentarse al cáncer de nuevo… está bien, ya tenemos un protocolo y un sistema. Sabemos cómo enfrentarlo. Si otra familia tuviera que enfrentarlo por primera vez podrían llegar a pensar que la vida oficialmente terminó. Gracias a Dios somos nosotros y no otros”.

Sharón sinceramente se alegraba de que el sufrimiento lo estuviera experimentando ella y no otra familia. ¿Cómo puede llegar una persona a semejante grandeza espiritual para ser capaz de decir eso y realmente sentirlo?

Yo estaba experimentando nuevamente un pequeño desafío en mi propia vida y las palabras de Sharón sirvieron para ayudarme a cambiar de perspectiva: Por lo menos esta vez estoy preparada para este desafío, puedo volver a hacerlo. No quisiera que otro tuviera que experimentarlo.

Durante meses no pude dejar de pensar en lo que Sharón me enseñó. Sabía que ella tenía más sabiduría para enseñarme, así que me volví a reunir con ella. Esto es lo que aprendí en nuestras conversaciones.

1. Haz cosas que te hagan feliz.

En los días “más tranquilos” trato de asegurarme de hacer algo que sé que me hace feliz. Salgo a caminar o voy de compras. Comencé a salir nuevamente de noche, porque realmente puedes perderte a ti misma en el proceso. En cierto punto me dije a mí misma: “Ya no soy divertida. ¿Qué me pasó?”. Hacer cosas “divertidas” me ayuda a minimizar el resentimiento. Tengo que asegurarme de hacer cosas que me hacen feliz porque de lo contrario no puedo ayudar a nadie más de mi familia a ser feliz.

A menudo, las mujeres nos sentimos culpables de ser “indulgentes” al cuidarnos a nosotras mismas, pero debemos nutrir nuestra alma, nuestra mente y nuestro cuerpo para poder tratar de nutrir a cualquiera fuera de nosotras. La resiliencia (la capacidad de sobreponerse a la adversidad) comienza por dentro y sólo entonces puede proyectarse hacia el exterior.

2. La resiliencia llega con el tiempo.

La resiliencia no es algo mágico que de pronto llega un día. Es algo que crece, a menudo porque te ves obligada a hacerlo. Vas día a día y de repente después de algunos años miras hacia atrás y te dices a ti misma: “Me parece que ahora soy más fuerte de lo que era antes”.

A veces no puedes entrenarte para ser resiliente. Es simplemente algo que construyes cuando un desafío te golpea de frente y tienes que volver a levantarte.

3. Habrá grandes altibajos. Acéptalos.

Justo esta semana, me pasé un día entero llorando… No podía parar. Pero lo acepto. No me juzgo. Me permito sentir lo que estoy sintiendo. Está bien.

Debemos permitirnos sentir el dolor para poder seguir adelante. Bloquearlo o ignorarlo sólo provoca que vuelva a resurgir más tarde. Tenemos que darnos permiso para llorar.

Permitirnos sentir el dolor y la tristeza nos permite emerger más fuertes y preparadas para el siguiente desafío. El futuro ya no parece insuperable y estamos preparadas para experimentar la alegría de una manera más profunda que cuando llega a golpear en tu puerta.

4. La “nueva normalidad” también es normal.

Durante mucho tiempo ansié y esperé que las cosas volvieran a ser lo que eran. Finalmente acepté mi vida y comprendí que mi “nueva normalidad” también es normal. Todo el tiempo me repito: esta es mi nueva normalidad. A veces eso cambia drásticamente de semana a semana y debo volver a ajustarme a una nueva realidad. Pero la idea básica es que sin importar cuán difícil sea la situación, aceptar que “esta es mi nueva normalidad” ayuda.

Al trabajar sobre estos cuatro aspectos de la resiliencia, con el tiempo podremos llegar al estado en que podamos decir sinceramente: “Me alegra que me ocurra a mí y no a otro”, sin importar los desafíos a los que Dios nos enfrente.


Desde que escribí este artículo, el esposo de Sharón falleció. Fue una pérdida terrible para la comunidad. Que su esposa continúe reforzando su resiliencia y que pueda seguir siendo un modelo para todos. Y que este artículo sea un mérito para la elevación de su alma.

* Se cambiaron los nombres para proteger la privacidad de las personas involucradas.