Mi caminata a casa desde la sinagoga un sábado a la mañana, conmocionó por completo mi perspectiva sobre la vida.

El día era hermoso, y en lugar de llevar a mis hijos directamente a casa, fuimos a jugar al parque. Mientras los niños corrían, reían y chillaban, advertí a una mujer de aproximadamente mi edad que estaba sentada en un columpio. Nuestras miradas se cruzaron por un momento y sonreímos; luego desvié mi mirada, un poco avergonzada. La mujer parecía estar realmente jugando en el columpio.

Se acercó y se paró cerca de mí. Sonreímos con incomodidad y luego ella rompió el silencio. Observando mi elegante atuendo, me preguntó si había estado en la sinagoga. Cuando respondí que sí, pensó por un momento. Parecía como si hubiese estado luchando para contener las lágrimas.

"Yo también soy judía", murmuró.

"¡Buenísimo!", contesté entusiasmada. La mujer parecía diferente, demasiado infantil y un poco excéntrica. Parecía que tenía algo más para decir, por lo que busqué la manera de ayudarla a exteriorizarlo. "¿Tú también vas a la sinagoga?", pregunté.

"No creo que la gente en la sinagoga quiera ver a alguien como yo".

Eso funcionó. "No", contestó, y comenzó a llorar suavemente. "No creo que la gente en la sinagoga quiera ver a alguien como yo".

Ups. Eché una mirada al parque, pero no había nadie en la cercanía que pudiese ayudarme a reconfortar a mi nueva conocida. Un tanto incómoda, me acerqué un poco más a ella. Le di una palmada en la espalda y, agregando una pizca de alegría a mi tono de voz, le dije: "¡Por supuesto que a la gente le gustaría que vinieras! ¡Todos estarían felices de que vengas! ¿Por qué no vienes?".

En lugar de responder, comenzó a llorar con más intensidad. Después de un momento, me contó sobre ella. Tenía algunos problemas de desarrollo y era bastante infeliz. "Ni siquiera creo que Dios me quiera allí", sollozó.

Oy. Oy. Oy. Eché otra mirada alrededor del parque, deseando de corazón que uno o dos rabinos apareciesen de repente y le explicasen que Dios sí la quiere, que es hermosa, importante y especial. Que la Torá enseña que todas las personas somos creadas a imagen de Dios, que reflejamos un aspecto de Su santidad. Cada uno de nosotros es un universo en sí mismo que contiene innumerables maravillas.

La abracé y la acerqué a mí. Utilizando palabras simples, hice lo mejor que pude para transmitirle esos pensamientos. Permanecimos abrazadas por un tiempo. "Por supuesto que Dios te ama", murmuré una y otra vez, "Dios te ama muchísimo".

Ella dejó de llorar y pasamos a un silencio reconfortante.

"Tengo una idea", le dije. "¿Por qué no vienes a la sinagoga la semana que viene? Podemos sentarnos juntas".

Su cara se ensombreció repentinamente. "No tengo ropas lindas", dijo, señalando hacia su atuendo casual.

"¡Eso no importa!", dije, tratando de mostrarme animada, pero no logré convencerla.

Justo en ese momento, llegó al parque más gente de la sinagoga, todos vestidos con mucha elegancia. "¡Vengan, conozcan a mi nueva amiga!" grité, e hice las presentaciones correspondientes. Pronto la mujer estaba conversando con los demás, mientras estos le decían lo que yo ya le había dicho: Nos encantaría verte en el shul, más allá de lo que estés vistiendo.

Dejamos el parque ese día sintiéndonos bien sobre nosotros mismos. Hizo falta un rato para que me diese cuenta: ¿No somos todos, a veces, como esa mujer en el parque? ¿No nos preguntamos todos, a veces, si merecemos que alguien nos ame? ¿No nos preguntamos todos si la gente nos aceptará? ¿No nos preguntamos todos incluso si Dios nos quiere?

Escucho todo el tiempo: "Tengo un bagaje emocional tan grande". "Soy mercancía dañada". "Odio como me veo". Muchas amigas me han dicho a lo largo de los años que se odiaban —realmente se odiaban— por tener sobrepeso. Personas que dicen que no son inteligentes, que 'ya pasó su momento', que no son espirituales, que sienten que no tienen nada para dar.

Ocultamos nuestras dudas en silencio. Con seguridad no lloramos sobre los hombros de extraños en público.

Puede que seamos más sofisticados que la mujer en el parque. Ocultamos nuestras dudas, e incluso nuestra desesperanza, en silencio. No le contamos a nadie sobre cómo nos sentimos. Con seguridad no lloramos sobre los hombros de extraños en público.

¿Pero qué pasaría si exteriorizáramos nuestras dudas, nuestras preguntas, nuestra cruda necesidad? ¿Qué pasaría si nos acercáramos a otras personas, tal cual hizo esta valiente mujer? ¿Qué pasaría si pensáramos por un momento en nuestra santa esencia, en el hecho que fuimos creados a imagen de Dios? ¿En que somos parte de una comunidad más grande? ¿En que sí podemos, a pesar de nuestras fallas, ser amados?

No sé si mi nueva amiga acudirá finalmente a la sinagoga, pero espero que lo haga. Quisiera agradecerle por recordarme que las palabras que le murmuré para confortarla son ciertas para todos. Toda persona es única, importante y amada. Cada uno de nosotros es un miembro crucial del pueblo judío. Su comunidad local está ansiando recibirla con los brazos abiertos, con amor y alegría, al igual que lo ansía Dios. Y eso es cierto para todos nosotros.