El judaísmo es una forma de vida basada en grandes ideales. La Torá nos ordena emular a Dios, lo cual demanda un refinamiento total de nuestro carácter, incluyendo la forma en que nos comportamos, pensamos y sentimos.

En el judaísmo, amar a otros es la punta del iceberg. Amar a otros se explica de todas las formas imaginables, desde ser responsables por cada palabra que sale de nuestra boca hasta obligar a cada persona a dar por lo menos el diez por ciento de sus recursos financieros para ayudar a los demás. El judaísmo exige que nos liberemos del enojo y la impaciencia, y que estemos emocionalmente en sintonía con los sentimientos de los demás, incluyendo el dolor de cada criatura viva.

Vivir de acuerdo a todos estos grandiosos ideales implica aspirar a la grandeza humana.

Esto puede ser un arma de doble filo. Por un lado, vivir con grandes ideales tiene el potencial de elevarnos, fortalecernos e inspirarnos para llegar a ser lo mejor que podemos ser. En la plegaria diaria decimos: “Cuán felices estamos con nuestra porción”. Deberíamos sentirnos afortunados y felices porque nos dieron la oportunidad de vivir con ideales que brindan una vida de elevación, santidad, significado y realización.

Por otro lado, esforzarse para vivir una vida de elevados ideales puede ser abrumador. No es una tarea fácil y es probable que experimentemos más fracaso que éxito. El fracaso constante lleva a sentirse defectuoso, incompetente o débil, lo cual puede desembocar en la desesperación y el auto odio por creer que estamos condenados a una vida de mediocridad.

No es una vergüenza caer al esforzarse por llegar al cielo.

Alguien que cayó en semejante abismo emocional probablemente busca alivio a su dolor. La opción más obvia es librarse de la causa del dolor, en este caso, los mismos ideales que no logró cumplir. Al dejar de considerarse responsable por esos ideales, se libera a si mismo de ser aplastado por ellos.

¿Cómo evita esta trampa un judío comprometido con el crecimiento espiritual?

Hay otra opción aparte de escapar y abandonar los ideales. Es la opción de sentirse afortunado por tener ideales tan grandiosos y aceptar el fracaso como parte de la realidad humana. Este enfoque es resumido por los Sabios que dijeron: “No importa si uno hace mucho o un poco, mientras su visión se mantenga hacia el cielo”. Los Sabios nos aseguran que no hay ningún problema en fallar y quedarse corto al tratar de cumplir todos los ideales del judaísmo. Un poco de crecimiento es cien por ciento mejor que nada.

Debemos darnos permiso para fallar. Sólo por fallar uno no se convierte en un fracaso. No es una vergüenza caer al esforzarse por llegar al cielo.

Theodore Roosevelt expresó bellamente esta idea:

No es el crítico el que cuenta, ni el hombre que señala cómo el hombre fuerte tropieza o dónde el que hizo algo podría haberlo hecho mejor. El crédito corresponde al hombre que está realmente en la arena, cuya cara está manchada de polvo, sudor y sangre, quien lucha valientemente, quien erra y se queda corto una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error y fallas, quien tiene gran devoción, quien se dedica a causas valiosas, quien en el mejor de los casos al final conoce el gran logro del triunfo y en el peor de los casos sabe que su lugar nunca está con esas tímidas y frías almas que no conocen ni la victoria ni la derrota.

Sin dudas esta es una noble convocatoria a aferrarse a los ideales más elevados incluso si uno falla y fracasa. El Rey Salomón dijo: “Siete veces cae el justo y se levanta una y otra vez”.

Es un gran error abandonar los ideales porque uno falla en vivir de acuerdo con ellos. Dios por cierto nunca tuvo esa intención al darnos Su Torá, Sus instrucciones para la vida. Dios espera que hagamos nuestro mejor esfuerzo y que disfrutemos el esfuerzo y el proceso del esfuerzo. El mayor desafío del crecimiento espiritual es enfocarse en el proceso y no en tener éxito. Estar enfocado en el éxito lleva a la depresión. Estar enfocado en el proceso lleva a la vitalidad.

Como judíos, tenemos la misión de ser “Israel”, lo que significa “Aquél que lucha con Dios”. De eso se trata la auténtica espiritualidad: de la lucha.