Un día, temprano por la mañana, Sean Levi estaba en su joyería antes de la hora de apertura. Roger, un comerciante de diamantes, entró deseoso de venderle a Sean algunos diamantes pequeños. Regatearon sobre el precio y Roger, un hombre irascible, salió enojado y dijo algunas palabras venenosas sobre Sean.

Al ser un judío tradicional, Sean siempre llevaba al trabajo sus tefilín, se los ponía y decía el Shemá Israel y otras plegarias. Ese día, Sean sacó los tefilín de sus cajitas y comenzó a ponerse el de la mano, cuando vio algo brillante en el piso. Lo levantó y vio que era un gran diamante, de unos cinco quilates y de un valor aproximado de 50.000 dólares. Probablemente se había caído del bolsillo del mercader.

Sean decidió que llamaría a Roger apenas terminara sus plegarias. No era un ladrón, y guardar un diamante que no le pertenecía ni siquiera estaba dentro de su ámbito de libre albedrío. Sean se puso el tefilín de la mano, envolvió la tira alrededor de su brazo, se puso el de la cabeza y tomó su libro de rezos.

¿Qué tendría de malo dejar que Roger se retorciera durante 15 minutos?

En este momento, Sean se enfrentó a una verdadera decisión: ¿Cómo podría rezar teniendo propiedad ajena en su posesión? ¿Cómo podría comunicarse con Dios cuando otra persona probablemente estaba muy angustiada buscando el diamante perdido? Por otro lado, Roger lo había tratado de muy mala manera esa mañana. ¿Por qué debería interrumpir sus plegarias sólo para calmarlo? ¿Qué tendría de malo dejar que Roger se retorciera durante 15 minutos?

Sean conocía la historia bíblica de Abraham y los tres nómades. Abraham estaba en medio de un encuentro profético, comunicándose con Dios, cuando vio que tres nómades pasaban frente a su tienda. Interrumpió su experiencia mística para recibir a los nómades en su tienda, refrescarlos y alimentarlos. La lección es, explica el Midrash, que es mejor ser como Dios que comunicarse con Él.

Sean tomó una decisión. Dejó su libro de rezos, agarró el teléfono y llamó al mercader. "¡No puedo hablar ahora!", gritó Roger por el teléfono. "¡Perdí un diamante de cinco quilates que no me pertenecía! ¡Estaré pagándolo el resto de mi vida!".

"No tienes de qué preocuparte", le informó Sean. "Encontré el diamante en mi tienda, te está esperando aquí sano y salvo". Después de entregar el mensaje, Sean devolvió su atención a Dios y recitó sus plegarias.

La joyería llevaba abierta apenas media hora cuando de pronto, un hombre sin afeitar que vestía ropas muy desgastadas se detuvo y miró por la vidriera. Le hizo señas a la vendedora para que saliera. El hombre se veía como un vagabundo que probablemente ni siquiera podría costear un café, ni hablar de la joya menos costosa de Sean. La vendedora miró dudosamente a Sean, pero fue diligentemente donde el hombre y le preguntó: "¿Puedo ayudarle?".

—¿Cuánto cuesta ese collar? —preguntó el anciano, señalando una pieza.

—Ese collar cuesta 20.000 dólares —contestó la vendedora tratando de contener la risa.

—¿Y cuánto cuestan esos pendientes? —preguntó el anciano.

—Esos pendientes cuestan 10.000 dólares —contestó la vendedora siguiéndole el juego.

—Llevaré ambos —anunció el anciano.

Entró al negocio, metió la mano en una gastada bolsa de cuero que llevaba y sacó 30.000 dólares en efectivo ante la sorprendida mirada de Sean y la vendedora.

Un par de horas después entró una mujer en la tienda, la cual vestía ropas desaliñadas y combinaba mal los colores; puso sus bolsos en el piso y comenzó a mirar. Eligió unos cuantos ítems, totalizando 20.000 dólares, los compró y se fue.

Sean les vendió a estos dos extraños clientes joyas por un valor de $50.000 dólares, unas cuantas horas después de devolver el diamante del mismo valor.

La caja de elecciones

Las pequeñas decisiones de nuestra vida son los peldaños de la escalera que conduce al trampolín sobre el cual las grandes decisiones dan el gran salto. Los gentiles rectos que arriesgaron sus vidas durante el Holocausto no se elevaron hasta ese exaltado nivel en la oscura noche que escucharon un tembloroso golpe y abrieron su puerta para encontrar una asustada familia judía que buscaba refugio. La grandeza de estos héroes se formó gradualmente con el paso de los años, cada vez que estaban en un colectivo y se levantaron para darle el asiento a una persona anciana o enferma. Al repetir esas decisiones de renunciar a la propia comodidad por el bien de una persona necesitada, se convirtieron en las personas que, cuando se enfrentaron a la estremecida familia judía en la puerta, dijeron: "Entren. Yo los esconderé".

Todos los días, cada uno de nosotros enfrenta decisiones aparentemente pequeñas:

  • Gritarle al empleado (o niño) que se equivoca, o esperar hasta calmarnos.
  • Poner el cambio en la alcancía de tzedaká junto a la cajera, o guardarlo en tu bolsillo.
  • Contar ese sabroso chisme, o permanecer en silencio.
  • Llamar a la persona a la que le dijiste "te devolveré la llamada", o salir apurado porque estás llegando tarde al gimnasio.
  • Agradecerle o no al conductor al bajar del colectivo o del taxi.
  • Dejar que un auto se meta delante de nosotros en la calle o no.
  • Levantar una basura de la calle y colocarla en el basurero a pesar de que nosotros no la tiramos, o no.

De acuerdo al judaísmo, Dios controla todo en el universo a excepción de nuestras elecciones morales. "Libre albedrío" es el área que está más allá de lo que heredamos y de las influencias de nuestro entorno, el área en la que puedes ir en la dirección que desees. Cada vez que sientas en tu interior una sensación de atracción y rechazo ("realmente quisiera levantar esa basura, pero no quiero que se me ensucien las manos"), querrá decir que estás en el reino de tu propio libre albedrío, conocido como tu “caja de elecciones”.

Todos tenemos una “caja de elecciones” personal. Algunas personas no se angustiarían por prestarle 500 dólares a un amigo desempleado. Si tú nunca considerarías hacerlo, quiere decir que está por sobre tu “caja de elecciones”; si lo harías sin siquiera pensarlo, entonces está por debajo de ella. Si tienes una lucha interna entre: "realmente necesita el dinero para pagar su alquiler, pero hay grandes posibilidades de que no me devuelva el dinero y lo necesito para mi membresía en el club de verano", entonces quiere decir que está dentro de tu “caja de elecciones”.

Cada elección que hacemos nos transforma.

Tu “caja de elecciones” es como un ascensor. El botón que presiones determinará si subes o bajas. La decisión que hagas respecto de si prestarle 500 dólares a tu amigo o guardarlos para la membresía del club de verano te catapultará a un nivel completamente nuevo de generosidad o te hundirá en un nivel nuevo de egoísmo. Cada elección que hacemos nos transforma.

Las decisiones pequeñas son importantes, porque si nunca has puesto tu cambio en la alcancía de tzedaká y tiras a la basura todo pedido de caridad que te llega por correo, entonces prestarle a tu amigo 500 dólares para su alquiler nunca entrará en tu “caja de elecciones”.

Sean no se enfrentó con “la gran elección” de si poner el diamante de $50.000 en su bolsillo o devolverlo. Guardar el diamante estaba por debajo de su “caja de elecciones”. Sean se enfrentó con “una pequeña elección”: qué hacer primero, rezar y dejar que alguien sufra, o devolverle el diamante de forma inmediata.

Hagamos lo que hagamos, Dios espía nuestras acciones, como dice el salmista: "Dios es mi sombra en mi mano derecha". Al reportar el diamante perdido antes de rezarle a dios, Sean estaba diciendo: "Dios me ve. Dios no quiere mis plegarias mientras tenga el diamante conmigo". Por lo tanto, Dios respondió enviándole a Sean dos ventas improbables que totalizaron exactamente el mismo valor del diamante, era una manera de decirle a Sean: "Te veo".

Dios presta atención a nuestras pequeñas elecciones. ¿No es tiempo de que nosotros también prestemos atención?