A menudo, la ira no se comprende. Esto se debe a que muchas veces queda representada por una conducta externa que sirve para desdibujar la experiencia interna de enojo. Cuando un individuo siente ira, tiende a expresar esta experiencia con una conducta destructiva, ya sea físicamente destructiva (romper cosas) o emocionalmente destructiva (hacer comentarios hirientes).

La respuesta de los demás a menudo se enfoca en la conducta externa y no en la experiencia interna del destructor. Como los esfuerzos posteriores a un huracán, quienes están en el lugar de la destrucción tangible deben atender a las víctimas antes de evaluar las causas de la tormenta o pensar cómo prevenir la vulnerabilidad en el futuro. Para quien "estalló", la explosión sirve para desviar la atención de sus emociones hacia un problema más tangible (y menos personal): el daño creado.

El objetivo de este artículo no es justificar las acciones destructivas que pueden ocurrir como consecuencia de los sentimientos de ira de un individuo. La intención tampoco es alentar a otros a ignorar tales conductas. De hecho, si alguien recibe comentarios hirientes y/o abuso o daño físico, les ruego reconocer el problema y buscar ayuda y seguridad para sí mismos, sin importar si entienden las emociones que constituyen la base de esas conductas.

Espero proveer un cierto grado de entendimiento de la experiencia emocional interna de la ira para ayudar a las personas a entenderse a sí mismas y a otras personas cercanas, quienes pueden estar luchando con problemas de ira.

El deseo de conexión emocional

Las relaciones se sostienen con sentimientos. Cultivar interacciones positivas provee relaciones emocionales prósperas. Pero a veces un individuo puede comenzar a sentirse distante de la otra persona (puede ser un padre/hijo, amigo/amiga, pareja) y no sabe cómo reparar de forma sana su conexión. Desea una relación más cercana pero no tiene las herramientas para lograrlo con delicadeza. Entonces recurre a una forma más caótica y cruda de infusión emocional: la ira.

Como resultado de la “pelea” tanto la madre como la hija se sienten más conectadas emocionalmente, aunque la emoción presente sea de ira u odio.

Piensa en una madre y su hija adolescente que se quieren, pero tienen mínimo contacto emocional. Sus días consisten en cruzarse en los pasillos con poca interacción. De repente la hija hace un comentario sarcástico al que la madre responde con enojo. Las dos pasan los siguientes cinco minutos gritándose e insultándose mutuamente. La relación madre-hija en esos cinco minutos se ve impregnada por las emociones que tanto faltaban en sus interacciones cotidianas, generalmente poco significativas. Como resultado de la “pelea” tanto la madre como la hija se sienten más conectadas emocionalmente, aunque la emoción sea de ira u odio.

Por supuesto que hubiera sido más sano que madre e hija encontraran formas de expresar sus sentimientos de cariño, de preocupación o amor mutuo sin recurrir al enojo y la pelea. Pero al parecer ellas no saben cómo ejecutar esa clase de interacción sana. Entonces las dos recurren de forma no intencional a la ira, para disminuir la brecha emocional que existe entre ellas.

Con la repetición, el enojo se convierte en sinónimo de amor y las demostraciones de ira representan la reconfortante confirmación de conexión. La ira se convierte en el abrazo emocional que permite que las dos mantengan su relación.

Reemplazarla por otro sentimiento

A veces se habla de la ira como una emoción que oculta otras emociones. Cuando alguien siente algo que considera intolerable (a menudo de forma inconsciente), entonces surge la ira y desdibuja la emoción inicial. La ira sirve como una emoción de reemplazo que aparece para proteger al individuo de otros sentimientos insoportables.

La percibida intolerancia de ciertos sentimientos puede tener raíz en mensajes familiares o sociales, ya sean evidentes o encubiertos. Escuchar mensajes o presenciar conductas que comunican que es incorrecto tener ciertos sentimientos puede dejar una marca indeleble en la mente psicológica en desarrollo. Recibir mensajes tales como “los hombres no lloran” o “aguántatelas” con sentimientos de miedo, tristeza o dolor físico/emocional, invalida las emociones internas y transmite el mensaje de que esos sentimientos “no son correctos”. Cuando esos sentimientos surgen en el curso de la vida (y surgirán, porque son parte de la experiencia humana), podemos encontrarnos perdidos y no saber qué hacer con ellos.

Entonces ataca la ira, con su máscara y su capa, y nos salva de esos sentimientos incomodos. La ira hace a un lado las emociones “incorrectas” y, a menudo con una representación conductual, distrae de la experiencia interna no deseada, confusa y atemorizante.

Intentar tomar el control

Hay una cierta sensación de comodidad al tener un centro interno de control. Creer que uno juega un rol integral para determinar los resultados de su propia vida provee una sensación de seguridad. Cuando esa sensación de control comienza a inclinarse hacia algo externo, lo cual es algo común, uno puede sentirse expuesto, nervioso y vulnerable. Para mitigar estos sentimientos, una persona toma medidas para inclinar la balanza hacia el control personal. La ira es el dedo en la balanza que a menudo nos permite percibir que el control regresó a nuestras manos.

Llamas a tu proveedor de Internet para reclamar lo que te cobraron. Después de que te pasan de uno a otro por toda la “jerarquía” de representantes, te dicen que no te reembolsarán lo que te cobraron. Gritas, arrojas el teléfono contra la pared y expresas muy enojado tu descontento. ¿Por qué esa respuesta? Porque estás en un callejón sin salida. Necesitas tu servicio de Internet. Ya te cobraron ese mes. Te sientes menospreciado, indefenso y como si no tuvieras más alternativa que pagar la cuenta. Entiendes que la compañía de Internet tiene control sobre tus finanzas, al menos en cierta medida. La balanza se ha inclinado a su favor.

La ira provee la ilusión de que tú, y nadie más que tú, decide los resultados de tu vida.

Entonces intentas cambiar la dirección de la balanza con la ira. “¡Yo soy el cliente!” “¡Me voy a cambiar de compañía!” Mientras más fuerte gritas, mientras más cruel eres, más poderoso te sientes. Les estás recordando que, en esta relación, tú tienes el control. Aunque es posible que no cambien tu cuenta, te sientes más poderoso, menos indefenso y menos vulnerable. La ira te da la ilusión de que tú, y nadie más que tú, decide los resultados de tu vida.

Reconocer nuestra propia vulnerabilidad en la vida, lo cual es una realidad ya que uno no tiene control sobre los demás ni sobre gran parte de lo que ocurre en el mundo externo, puede resultar en sentimientos de miedo, ansiedad, una sensación de incapacidad y una experiencia general de desesperación. Sentir que uno no controla el resultado de su vida crea una pérdida de control que puede ser paralizante. Las representaciones conductuales de la ira (gritar, romper cosas, etc.) a menudo proveen al individuo una sensación de poder y control.

Con el entendimiento llega la responsabilidad

Una comprensión matizada de la ira puede actuar como una radiografía del mundo de un individuo enojado y ayuda a los demás a interactuar sanamente con dicha persona. Es importante tener en cuenta que no se espera que seamos radiólogos. La responsabilidad de cada persona es aprender a expresar y manejar la gama de sus emociones, una tarea que por cierto es más fácil de lograr cuando entendemos la fuente de nuestras emociones.

Consejos para manejar efectivamente la ira:

  1. Aléjate: aléjate de la situación hasta que tu enojo se haya calmado.

  2. Respira: respira profunda y lentamente (inhala en 5 segundos, exhala en 7)

  3. Haz ejercicio intenso: gasta la energía de tu cuerpo con movimiento físico intenso.

  4. Cálmate: involucra a tus sentidos de forma positiva (olfato, gusto, tacto, visión, audición). Huele un aroma agradable, observa imágenes que provocan calma/alegría, escucha música que te gusta, come algo rico.

  5. Compréndete a ti mismo: cuando no estés en “modo de enojo”, aprovecha la oportunidad para reflexionar sobre tu sentimiento/reacción, qué lo ocasionó y trabaja para entender qué es lo que provoca que te sientas de esa manera. Llevar un diario puede ayudar con la exploración personal. Trabajar con un profesional de salud mental también puede proveer un foro para llegar a comprender los aspectos más complejos.

  6. Rectifica: con todas las habilidades que puedas emplear, habrá momentos en los que te comportarás mal. Cuando eso ocurra, tómate el tiempo para reorganizarte, reconocer tu conducta (verbalmente ante la otra persona) y trabaja para reparar lo que has destruido.