Hilel dijo: “Si no estoy para mí mismo, ¿quién lo estará?…” Si no atiendo a mis necesidades, no hay nadie que pueda hacerlo por mí. Cuidarse bien a uno mismo es la base de la salud emocional y espiritual. Sin embargo, hay muchas personas que tienen que luchar para llegar a satisfacer sus necesidades de una forma sana y madura.

A los ocho años, Ana estaba constantemente en medio de las peleas de sus padres. Ella se esforzaba para que hicieran las paces, pero pagó un alto precio por eso. Inconscientemente, Ana interpretó que el hecho de sentirse obligada a responder a los sentimientos y necesidades de sus padres significaba que sus propios sentimientos y necesidades no eran importantes.

Quizás si alguno de sus padres hubiese sido capaz de mostrar preocupación por cómo se sentía ella, Ana podría haber llegado a una conclusión diferente, a creer que sus sentimientos y necesidades también eran importantes. Pero los padres de Ana estaban tan absortos en su propio drama que no sólo fallaron en considerar sus sentimientos, sino que incluso aprovecharon su “disposición” a “ayudarlos”. En consecuencia, Ana creció y se convirtió en una persona muy conectada con los sentimientos y necesidades de los demás, que da prioridad a los sentimientos ajenos antes que a los propios. Ana desarrolló la necesidad de complacer siempre al otro, lo que comúnmente se llama una persona complaciente. En la mayoría de los casos, las personas se vuelven complacientes debido a algún desequilibrio prematuro del desarrollo y las relaciones.

Las personas complacientes ceden inconscientemente a los deseos ajenos, pero al mismo tiempo sienten resentimiento y enojo hacia los demás.

Esta clase de personalidad no es un buen presagio para las relaciones adultas. El mayor problema de la persona complaciente es que no tiene consciencia de que da prioridad a los sentimientos y necesidades ajenos antes que a los propios. En consecuencia tiende a ceder inconscientemente a los deseos ajenos, pero al mismo tiempo siente resentimiento y enojo hacia los demás y a menudo los juzga como egoístas y demandantes. Al no haber aprendido nunca que sus necesidades importan, la persona complaciente no sabe qué significa reconocer, poseer y expresar sus necesidades. Ella vive en un mundo aislado y solitario, a menudo sintiendo que nadie la comprende o que no le importa a nadie.

En su matrimonio, Ana a menudo experimentaba lo mismo que había sentido con sus padres: que sus necesidades no importaban y mucho enojo hacia su esposo. También cuando era una niña sintió enojo hacia sus padres, pero nunca tuvo la oportunidad de reconocerlo, procesarlo y expresarlo. Ahora, de adulta, se sentía más cómoda expresando su enojo hacia su esposo, a quien a menudo acusaba de ser insensible. Si bien su esposo no era perfecto, por lo general era una persona afectuosa que alentaba a Ana a decirle lo que ella deseaba. Pero como ese pedido le resultaba tan extraño, Ana no lograba comunicar sus sentimientos y necesidades.

Ana seguía atrapada en el mismo mundo solitario que experimentó de niña con sus padres. Las personas complacientes no pueden conectarse emocionalmente, porque carecen de la habilidad de reconocer y expresar sus sentimientos y necesidades. El hecho de pasar años descartando nuestros sentimientos y necesidades sólo refuerza la creencia inconsciente de que nuestras necesidades no importan y que estamos condenados a estar solos y a ser infelices.

La buena noticia es que no se trata de una condición permanente. Cuando le expliqué a Ana que su experiencia infantil había creado inconscientemente su creencia respecto a que sus sentimientos y necesidades no importan, el cambio fue casi instantáneo. Cuando pudo entender que la razón por la que se sentía sola y enojada era su incapacidad de expresar sus sentimientos y necesidades de forma asertiva, lentamente comenzó a expresarlos.

Ana también comprendió muy pronto que era difícil aplicar este nuevo descubrimiento en las situaciones reales. A veces era abrumador tener que aprender a identificar sus necesidades y esperar que los demás las tomaran en cuenta. Es difícil romper el hábito de ser una persona complaciente. Aprender a decirle a su jefe cómo se sentía respecto a ciertas decisiones ejecutivas le producía una ansiedad insoportable. Al mismo tiempo, cuando su jefe expresó que valoraba sus opiniones, sintió una profunda esperanza y aliento. Para cambiar era necesario tener constantemente consciencia de lo que ella sentía en cada situación. A veces el esfuerzo era agotador, pero con el tiempo comenzó a sentir que se estaba convirtiendo en una persona más feliz, en especial cuando los demás consideraban seriamente sus sentimientos y necesidades.

Tal como amamos a los demás y nos esforzamos para responder a sus necesidades, también debemos amarnos a nosotros mismos y atender a nuestras propias necesidades.

Alguien podría argumentar que desarrollar un enfoque respecto a satisfacer las necesidades personales, fácilmente puede llevarnos a convertirnos en una persona egocéntrica y egoísta. Esta es una preocupación real, en especial dado que el judaísmo sostiene que la meta del desarrollo personal es convertirse en un dador.

Pero hay una forma saludable de dar y otra forma que es dañina. Los que dan de forma dañina son personas complacientes, porque en verdad su dar es una manera de tomar. Ellos se sienten vacíos porque no saben cómo atender a sus necesidades emocionales; ellos dan para construirse a sí mismos y para sentirse mejor consigo mismos. Un verdadero dador es quien en realidad se preocupa de satisfacer las necesidades de otras personas y darles placer. No hay involucrado ningún interés personal y no necesita “recibir algo a cambio”. La Torá enseña: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Tal como amamos a los demás y nos esforzamos para responder a sus necesidades, también debemos amarnos a nosotros mismos y atender a nuestras propias necesidades. Si no te amas a ti mismo, no puedes amar correctamente a otros.

Reconocer por qué y cómo había desarrollado una personalidad complaciente, le posibilitó a Ana adoptar una relación nueva y más fuerte con sus sentimientos y necesidades. A medida que aprendió a escuchar y priorizar sus sentimientos y necesidades, y a expresarlas en sus relaciones, Ana se liberó del mundo solitario de ser una persona complaciente.