En marzo del 2020 sentí que tenía todo controlado. El flujo de mi trabajo era predecible, mi esposa y mis hijos tenían su propia rutina y acabábamos de armar un cronograma semanal que me permitía mantener un mejor equilibrio entre el trabajo y la vida. No comprendí lo frágil que era todo eso hasta que comenzaron a hablar de 'cuarentena' y 'cierre'.

Cuando después de Purim cancelaron las escuelas, entré en pánico. Mis hijos sufrirían un declive académico. Mi esposa, una trabajadora esencial, seguiría viajando tres veces por semana a Jerusalem, mientras nuestros hijos quedarían solos en casa todo el día, sin supervisión. ¡Se destrozarían mutuamente y destruirían la casa!

Tuve que empezar a trabajar desde casa y pasar a mis pacientes a sesiones de Zoom, es decir, a los que siguieron haciendo terapia. En ese momento me dije a mi mismo lo que creían muchos de mis colegas: no era posible hacer mi trabajo como se debe sin reunirme con mis clientes en persona. Si ese era el caso, me dije a mí mismo, lentamente iría perdiendo a mis clientes hasta quedarme sin trabajo, empobrecerme y nunca lograría recuperarme.

Caí en lo que los terapistas llamamos "catastrofismo". Tomé cada detalle de la situación, magnifiqué su impacto, llegué a la peor conclusión posible, y me dije a mí mismo que no había forma de manejarlo y que todo estaba perdido. Hice esto una y otra vez… El estrés realmente me estaba afectando. Exactamente las mismas cosas que les señalo a mis clientes me ocurrían a mí: tenía más ansiedad y estrés, desesperanza, problemas para dormir, depresión, irritabilidad, etc.

Cada vez me sentía más frustrado con mis hijos por no cumplir con los niveles académicos y de comportamiento que establecí para ellos en mi mente (basado en una realidad que ya no existía). Comencé a enojarme con los maestros por no hacer lo suficiente para brindar educación y estructura dadas las circunstancias y después me enfurecí con ellos por esperar demasiado de mis hijos dadas las circunstancias. Me sentí frustrado por todos los artículos y videos inspiradores que le daban un giro positivo a la pandemia que me hacía sentir tan miserable.

Curiosamente, a veces nunca tenemos suficiente de esta mentalidad. Cuando estamos en crisis, nos gusta sentir que realmente hacemos algo para resolver nuestros problemas, y tomar una parte activa en la preocupación y la negación de aceptar la realidad nos permite creer que cambiaremos algo. Pero eso sólo empeora las cosas.

Eso fue exactamente lo que ocurrió, hasta que mi suegro en los Estados Undios se contagió de COVID-19 y falleció.

Yo estaba haciendo una catástrofe de todo y vivía en negación, luchando contra una realidad que no podía evitar.

Fue una experiencia surrealista. Una muerte repentina en la familia, al otro lado del océano. Estábamos lejos de todos. No podíamos ir al funeral ni hacer juntos shivá, no podíamos recibir visitas que deseaban venir a consolarnos. La sensación de pérdida y soledad fue más profunda que nunca.

Allí fue cuando comencé a entender cuánto estaba haciendo de todo una catástrofe. Con ese entendimiento llegó la conciencia de que estaba viviendo en negación, luchando contra una realidad que no podía evitar. Al igual que con la tendencia a hacer de todo una catástrofe, nos encanta aferrarnos a la ilusión de que tenemos control absoluto, que si insistimos y actuamos como las cosas deberían ser, tal como lo deseamos, entonces de alguna manera podemos lograr que eso ocurra. Yo insistía que todo regresaría a la normalidad en vez de aceptar de raíz lo que ocurría y hacer las paces con mi nueva realidad.

Fue una píldora amarga de tragar (junto con mi orgullo), y descubrí que seguir mis propios consejos podía ser más difícil de lo que pensaba.

Lentamente comencé a levantar los fragmentos de mi día a día, y comprendí que tal vez podía volver a unirlos en algo que fuera valioso. O quizás, si me atrevo a decirlo, incluso mejor.

Me esforcé por reconocer cuando mis pensamientos comenzaban a ser catastróficos y me preguntaba si era posible llegar a una conclusión diferente. Noté que mi comportamiento automáticamente se orientaba a insistir que los hechos de la realidad fueran diferentes, y me respondía preguntándome si tal vez no debía aceptar más la realidad. Con esto, comencé a cambiar mi enfoque. Me ocupé por tener una conexión de internet más veloz, compré una cámara web de mejor calidad, y ordené nuevas computadoras. Compramos muebles nuevos para el patio y para las actividades de verano que mis hijos harían desde la casa. Mi madre amablemente aceptó enseñarle a nuestro hijo de primer grado a leer en inglés a través de Zoom. Ajusté mis expectativas para la casa y para los niños de forma que reflejaran con más exactitud nuestro nivel actual de funcionamiento y, en general, sintonicé mis pensamientos hacia las mejoras que podíamos hacer en una situación que en el futuro inmediato no iba a cambiar.

También comencé a prestar atención. Noté que tenía más tiempo para pasar con mis hijos y que ellos se estaban llevando mucho mejor entre ellos de lo que yo había pensado. Noté que ahora tenía más tiempo para trabajar en nuestro jardín y en otros proyectos para mejorar nuestro hogar. También comprendí que trabajar por Zoom funcionaba bastante bien para muchos de mis clientes. A veces incluso era preferible, y se transformó en una opción a considerar incluso después del COVID-19.

Con la luz de una vacuna brillando al final del túnel, llegó el momento de hacer un balance honesto de las cosas que he aprendido. Aprendí que mis hijos pueden ayudar mucho más de lo que alguna vez soñé. Aprendí que la larga hora que pasaba viajando al trabajo era un tiempo valioso para la reflexión y hacer una transición en vez de ser una molestia cargada de embotellamientos de tránsito. Lo más importante, aprendí que necesito sentir el sabor de mi propia medicina más a menudo, y que tengo que ser más flexible y controlar mejor mis pensamientos. Aprendí cuán afortunado soy y qué gran bendición es tener mi carrera y la vida de mi familia relativamente intacta después de esta pandemia, algo que nadie debe dar por obvio.

La vida es demasiado frágil y breve para gastarla luchando contra la realidad.