Es una realidad que todos tenemos amigos diferentes, los cuales queremos mantener cerca de nosotros. Y es posible que tengamos enemigos (espero que no) y debemos tenerlos muy de cerquita para poder defendernos ante el primer intento de ataque.

Pero todos tenemos un gran enemigo en común, y debemos tener todas nuestras antenas en alerta para poder detectarlo cuando empieza a hacer de las suyas. Yo lo llamo Yetzi. Es el nombre de “cariño” que le puse a mi ietzer hará.

Cuando le conté a una persona que a mi ietzer hará lo apodé de esa manera, me dijo que cómo así que le puse un nombre de “cariño”. Que él quisiera tener a su ietzer hará lo más lejos posible. Le dije que aunque parezca medio raro, yo le hablo a Yetzi todo el día.

Cada vez que me doy cuenta de que empieza a ejecutar uno de sus planes maquiavélicos, esbozo una sonrisa en mi rostro y le digo: “Yetzi, ya sé que eres tú tratando de molestarme. No te lo voy a permitir”. Y como por arte de magia, él se retira de su ataque, y yo sigo mi camino, feliz y campante.

El problema es que muchas veces no nos damos cuenta de que es él quien se mete en nuestro camino para hacernos sentir miserables, quitándonos nuestra felicidad, para dejar de servir a Hashem con todo nuestro corazón.

Y lo que no vemos, no lo podemos cambiar.

Una de las veces que lo agarré con las manos en la masa, fue cuando estaba tranquilamente manejando mi carro escuchando música, y de “de la nada”, algo que mencionaron en la canción me recordó algo triste y ya no estaba tan tranquila como antes.

Cuando capté que esto era obra de Yetzi, le dije: “Ajá, te agarré!”, y se me pasó el malestar. En otra ocasión, una persona no me saludó y me dije a mí misma, que de pronto no me vio, o no me reconoció, dándole el beneficio de la duda. Pero las próximas dos veces que volví a ver a la misma persona, seguía sin saludarme. Y allí la cabeza empezó a volar. Y los pensamientos que aparecían en mi mente no eran nada bonitos.

En vez de yo ir donde esa persona y saludarla de frente, le permití a mi ietzer hará que me envenenara la cabeza, llenándome de orgullo y de rabia. Y al darme cuenta de que era él quien se había apoderado de mi mente en ese momento, pude enfrentarlo y ponerle un alto.

Si no lo hubiera hecho, la mente se hubiera ido muy lejos. De empezar pensando que quién se cree ella para no saludarme, hubiera terminado en que yo no valgo nada, o no sirvo para nada.

Otra forma en la que Yetzi se ha infiltrado en mi vida es cuando estoy rezando. Y de esa estoy segura de que no soy la única a la que le ha pasado.

El mejor momento para tener una mente super creativa es durante la Amidá, que es cuando más tenemos que estar enfocados, y ocurre lo contrario.

Un día, al darme cuenta de que “volé” por un rato, regresé a mi tefilá, pero lo hice con un sentimiento de culpa, porque me había prometido a mí misma que me iba a concentrar en mi rezo.

Ese sentimiento de culpa tiene nombre y apellido. Ni más ni menos que Ietzer Hará.

¿Y qué logra el ietzer hará con todo esto? Deprimirnos, frustrarnos, amargarnos. ¿Y para qué? Para hacernos sentir tristes, porque una persona que no está feliz no puede dar lo mejor de sí misma, ni usar todo su potencial para servir a Hashem y para ayudar a los demás.

El ietzer hará es muy escurridizo. Trata de meterse por donde pueda, pero depende de nosotros si se lo permitimos o no.

Debemos saber que si logra meterse en nuestra vida, ya sea un poquito, o mucho, podemos detenerlo. Nunca es tarde. No nos equivoquemos pensando que si nos ha hecho tocar fondo, ya no tenemos vuelta atrás. Al contrario. Si ya tocamos fondo, no hay más abajo para donde ir, ¡así que lo único que queda es ir hacia arriba!

Recordemos que debemos ponernos nuestra armadura para que con la ayuda de Hashem podamos enfrentar y derrotar a nuestro ietzer hará en todo momento, para superarnos como personas y así vivir una vida feliz, disfrutando de cada día.