Terminé enseñando por accidente. Después de obtener un bachiller en Cine, pasé seis meses en Hollywood, donde me di cuenta de que quería demasiado a mi alma como para venderla al celuloide. Entonces armé las valijas y me mudé para pensar en un Plan B. Sólo estaba calificada para hacer películas y para trabajar de mesera, por lo que si no quería morir de hambre iba a tener que volver a la universidad. Mi madre era profesora y tenía algunos beneficios para mí en una universidad local, por lo que fui allá y obtuve un postgrado en educación especial.

Esta profesión, a pesar de haber llegado a ella no tanto por la pasión sino por el sueldo, terminó cambiando mi vida. Me abrió las puertas de un mundo completamente inesperado. Allí encontré gente con una compasión y carácter sobrehumanos, e ideas que cambiaron la forma en que veía el mundo. Trabajé con niños que al mismo tiempo me inspiraban y me hacían enojar, con familias que me sorprendían y me dejaban perpleja.

Una familia en particular causó un importante impacto en mí. En Israel, creé una relación cercana con una de mis maestras, la Rebetzin Tavin. Ella tenía una sonrisa inmensa y una personalidad acorde. Era cálida, accesible y real. Un Shabat fui a su casa para la cena, y lo que encontré allí me asombró de sobremanera.

A pesar de que la Rebetzin Tavin tenía muchos niños en un departamento relativamente chico, había una sensación dominante de paz en su hogar. Todos sus niños eran divertidos, felices y amables. Ayudaban a su madre a servir de buena gana y hablaban cálidamente con los huéspedes. Pero lo más asombroso de esos niños era el amor y cuidado que le brindaban a su hermano con necesidades especiales, Benjamín David.

Gracias a su amor, Benjamín David recibió la libertad para brillar.

A los cinco años, Benjamín David era un ángel rubio con una sonrisa tan amplia como la de su madre y una contagiosa exuberancia. Benjamín David tenía síndrome de Down. Habiendo trabajado con muchas familias con niños con necesidades especiales, estaba acostumbrada a ver resentimiento e incluso en ocasiones abuso verbal o físico entre hermanos, lo cual se debía por lo general a los celos o a la vergüenza. Pero en el hogar de la Rebetzin Tavin no había nada de ello. Los hermanos mayores lo cuidaban, los menores jugaban con él. Era claro que todos en la familia adoraban a Benjamín David y estaban orgullosos de tenerlo como parte de su familia.

Ellos habían visto todas las cosas maravillosas que él tenía en lugar de desesperarse por las cosas que no. Habían reconocido la oportunidad que habían recibido de criar a un alma tan especial, y alentaron a cada miembro de la familia a hacer lo mismo. Gracias a su amor, Benjamín David recibió la libertad para brillar.

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Banderas de Advertencia

Volví a casa y continué con mi carrera. Quería mucho a los niños que cuidaba, pero al final del día los mandaba a sus casas y me ocupaba de mis cosas. Como no eran mis hijos, la relación nunca fue realmente personal. En el fondo, estaba aliviada por el hecho de que criar niños con necesidades especiales no era mi trabajo de tiempo completo, aunque nunca se lo hubiese admitido a nadie.

Pero unos años después todo cambió, cuando la maestra de mi hijo me llamó para expresarme algunas preocupaciones que tenía. Me advirtió sobre algunas ‘banderas de advertencia’ que ella pensaba que deberían ser chequeadas, y así procedimos. De esa forma, nos enteramos que a pesar de ser muy inteligente, mi hijo tenía algunos ‘asuntos importantes’ que necesitarían terapia si quería ser exitoso en la escuela y en la vida.

La idea de que algo estaba "mal" con mi hijo me cayó como una bomba.

La idea de que algo estaba "mal" con mi hijo me cayó como una bomba. ¿Cómo podía mi hijo tener un problema? Y aún más, ¿cómo no me había dado cuenta? Todo lo que aprendí en la universidad, toda la jerga de diagnóstico apareció delante de mis ojos: integración sensorial, planeamiento motriz, socialización, procesamiento. Lo había visto en innumerables niños, pero por primera vez era real, porque el niño del que estaban hablando era mío.

Sentí que había fallado. Si tan sólo hubiera hecho eso, si no hubiera hecho aquello, si lo hubiéramos expuesto a esto, si le hubiésemos dado más de aquello. Los 'qué hubiese pasado si…' pasaban por mi mente a la velocidad de la luz, atormentándome con la idea de que la discapacidad de mi hijo fuese mi culpa.

En aquella época, una persona muy cercana me dijo que su hija estaba luchando muchísimo contra un desorden alimenticio. Después de años de enviarla a centros de tratamiento y a terapia, nada parecía estar funcionando. Los ataques de gula y las purgas continuaban, su conexión al judaísmo y a la espiritualidad se había evaporado; parecía que esta chica estaba decidida a autodestruirse. Con las esperanzas ya casi agotadas, esta madre me preguntó: "¿Qué hice? ¿Qué no hice? ¿Por qué tengo que atravesar esta situación?".

Mi respuesta, te prometo, no fue mía. Fue como si yo hubiese sido una marioneta con un ventrílocuo hablando por mí. Y esto es lo que él dijo: "Imagina si ella hubiese tenido otra madre; otra persona quizás la hubiese tirado a la calle. Ella podría estar muerta ahora, Dios no lo quiera. Contigo como madre, siempre tiene un lugar seguro al que recurrir y, quizás algún día, podrá recuperarse. Quizás es la bondad de Dios lo que hace que te tenga como madre. Quizás esto no tiene nada que ver contigo, sino todo que ver con ella".

Esta madre se calmó y se alegró por lo que dije. Me agradeció profundamente y me dijo que mis palabras le habían dado paz verdadera.

Unas semanas después, la llamé para hablar sobre el diagnóstico de mi hijo y el plan de acción de la terapia. Me ofreció consejos para aprovechar el sistema y luego escuchó atentamente mientras le decía cómo me sentía: que quizás, de alguna manera, esto era porque yo no era una madre lo suficientemente buena.

La escuché sonreír del otro lado del teléfono. "Quizás esto no tiene nada que ver contigo, y todo que ver con él".

De alguna manera, esas palabras funcionaron mágicamente. El miedo y la culpa desaparecieron. Supongo que ese mensaje fue un regalo para ambas.

La Jurisdicción de Dios y la Mía

Recordé un Midrash que había escuchado una vez, sobre almas que están en el cielo esperando para nacer. Ellas miran hacia abajo, al mundo, y eligen a las dos personas que quieren que sean sus padres. Saben que esos padres les proveerán exactamente lo que ellas necesitan en la tierra. Esto significa que, a pesar de ser imperfectos, somos perfectamente adecuados para ayudar a nuestros hijos a convertirse en quienes se supone que deben ser.

Nuestro trabajo es aceptar su misión única de todo corazón y enseñarles a hacer lo mismo.

Mientras pensaba en esta historia, me di cuenta de que todo chico tiene necesidades especiales. Todos necesitan ser amados a su manera, enseñados a su manera, y entender al mundo que los rodea a su manera. Nosotros, sus padres, estamos aquí como sus guías y ayudantes, para proveerles apoyo, amor y aceptación incondicional, para verlos como son, para aceptar su misión única de todo corazón y enseñarles a hacer lo mismo. Nuestro trabajo es increíblemente simple, y al mismo tiempo es el más desafiante del mundo.

Como madre de un "niño con necesidades especiales", he tenido que dejar mis expectativas sobre mi hijo y sobre mí misma de lado. Mi hijo es un regalo de Dios que tengo la gran responsabilidad de cuidar durante su travesía en la Tierra.

En quién se supone que se tiene que convertir es la jurisdicción de Dios, no la mía. Todo lo que puedo hacer es amarlo lo más que pueda. Por supuesto que cometo errores; pero en lugar de castigarme por ellos, recuerdo siempre que este niño me eligió a mí, y que quizás mis "errores" son los que lo van a ayudar a él – y a mí – a crecer.