En febrero del 2009 recibí un email de uno de los coordinadores de la organización Partners in Torah (la cual se dedica a coordinar parejas de estudio de Torá de forma remota a través de una línea telefónica). Yo había sido mentora de dos personas por un largo periodo, quienes estaban deseosas de aprender más sobre su herencia judía. En cada sesión, el estudio se había desarrollado de forma normal, con las respectivas llamadas telefónicas semanales de aproximadamente una hora de duración en las que atendía los intereses e inquietudes de los estudiantes.

Luego de eso, había estado sin pareja de estudios por meses, y ahora, estaba lista para una nueva experiencia. De acuerdo al email, Cintia se describía a sí misma como una judía conservadora “espiritual”, que quería aprender más sobre “judaísmo y costumbres judías”. Pero la oración siguiente en el email me hizo reflexionar: “Cintia tuvo un accidente en 1988 y quedó ciega”.

¿Qué tipo de material de estudios judaicos podría utilizar con una persona ciega? Entonces, leí la oración siguiente y comencé a tranquilizarme: “Ella es extremadamente avanzada en tecnología y tiene todo tipo de programas que le permiten leer emails y libros”. Así, fijé una cita para hablar con Cintia por teléfono la semana siguiente, de forma que pudiéramos discutir específicamente qué temas estaba interesada en estudiar y arreglar de esa forma un cronograma semanal.

Nuestra conversación empezó de forma grata, conmigo dándole una breve descripción autobiográfica, y luego seguimos analizando qué temas le interesaban a Cintia. Yo titubeaba sobre si insinuar el tema de su ceguera, y el cómo afectaría nuestras opciones de material de estudio, pero a la mitad de la conversación ella misma lo mencionó y ofreció contarme los detalles de su historia, luego de lo cual pude aprender más sobre sus logros por medio de los artículos que ella misma había escrito y a través de variados recursos de Internet.

El daño era permanente. Había perdido la visión en sus dos ojos.

La fecha crítica para Cintia fue el 28 de febrero de 1988, lo que ella describe como “el comienzo de mi segunda vida”. Tenía 39 años y trabajaba como maestra en una escuela primaria. En esa época, se encontraba tomando una medicación prescrita para la tos, hasta que un día, se despertó en medio de la noche con un terrible dolor de cabeza y con una enorme sensación de presión en sus ojos. No podía ver con claridad y fue llevada al hospital local. En la sala de emergencias, midieron la presión de sus ojos y se encontró que ésta era extremadamente alta. El doctor diagnosticó que Cintia estaba sufriendo una inusual contraindicación de la medicina para la tos y comenzó a tratarla, primero con medicamentos para bajar la presión y luego con cirugía laser. El equipo médico eventualmente logró bajar la presión de sus ojos, pero el daño ya estaba hecho y era permanente. Había perdido la visión en ambos ojos.

Cintia describe su reacción inicial como “encontrarme en un mundo oscuro y aislado” y carente de propósito. Se retiró de su trabajo como maestra escolar, pero no se rindió. Se sometió a rehabilitación intensiva y le fueron enseñadas nuevas habilidades. Comenzó a tomar cursos para adultos en una escuela para ciegos, donde fue nombrada estudiante del año.

En 1991 se convirtió en trabajadora social/educacional y se hizo voluntaria recreacional profesional en el centro local para ancianos, donde pudo utilizar sus habilidades como maestra. Comenzó enseñando inglés como segunda lengua, conduciendo grupos de actividades y haciendo llamadas telefónicas a las personas que eran incapaces de salir de su casa, a quienes les daba consejos y amistad. Eventualmente fue nombrada voluntaria del año.

Comenzó a escribir poesías y artículos, que han sido publicados en varios sitios de Internet. Con el tiempo, fue adoptando un rol más activo, dedicada a ayudar a otros e inspirando a incapacitados y marginados. Fue fotografiada por la revista “Time” utilizando una nueva máquina de lectura para personas con discapacidad visual, sirviendo así como inspiración para muchas otras personas que tenían la misma inhabilidad. Fue premiada con una Mención de Honor por su servicio de voluntariado. Sus cartas al editor aparecen en varios periódicos locales, en su rol de defensora de los derechos de los ancianos y discapacitados. El 12 de setiembre de 2006 el periódico The New York Post anunció que ella era una de las diez ganadoras de la Medalla de la Libertad, elegida por su trabajo y dedicación a la comunidad.

Sin embargo, como Cintia explicó, su transformación de maestra a defensora de los demás no fue la única consecuencia positiva de la terrible pérdida de su visión. Como ella misma describe, comenzó a “ansiar enriquecimiento y logros espirituales”. En el año 2000, se afilió a su sinagoga y aprendió hebreo en braille. Así, pudo leer el servicio completo del libro de rezos en braille, pero aún quería aprender más sobre los servicios de rezo. Ese fue uno de los primeros temas que estudiamos juntas.

En 2002 Cintia aprendió a escribir en computadora y aprendió a utilizar programas que leen la pantalla en voz alta. Comenzó utilizando fuentes online para aprender más sobre judaísmo y Torá, incluyendo Aish.com. Fue una respuesta a su pregunta vía email a Aish.com lo que la condujo a conectarse con la organización Partners in Torah. En sus propias palabras: “A pesar de que físicamente no puedo ver, la luz de la Torá resplandece brillantemente para mí… y ha enriquecido mi vida con espiritualidad y sabiduría”.

Cintia y yo estudiamos juntas por teléfono de forma semanal, cubriendo temas como el rezo judío, las leyes relativas al buen hablar, el significado de las festividades judías, el libro “Ética de Nuestros Padres” y la porción semanal de la Torá. Aunque yo soy la maestra y Cintia la estudiante, el cambio de roles no es algo inusual durante nuestras sesiones de estudio e incluso en nuestra relación. A nivel personal, Cintia me ha enseñado que lo que nos pasa en la vida está compuesto tanto del hecho en sí mismo, como de nuestra reacción ante este. Ella es la personificación de quien recibe un limón y, en lugar de quejarse por su acidez, hace una deliciosa limonada – no sólo para ella misma, sino para que todos disfruten.

En lugar de convertirse en una persona amarga y culpar a Dios por su desgracia, se reinventó a sí misma y se transformó en una persona más espiritual, sensible y realizada, que defiende a los menos favorecidos.

Este artículo está dedicado a Cintia Groopman, mi compañera de estudio y amiga, y está basado en su historia según como me la relató verbalmente y según como está narrada en varios de sus propios artículos y poemas.