Mi bisabuela, Nejama Horowitz, falleció en la pandemia de gripe de 1918. En ese momento ella estaba embarazada y también el bebé murió. Dejó en este mundo cinco huérfanos, entre ellos a mi abuela Rose. Los niños fueron divididos entre diversos parientes, porque mi bisabuelo estaba abrumado por el duelo y tenía que recuperarse para poder trabajar y mantenerlos.

Mi abuela nunca habló sobre su infancia, pero el dolor debe haber sido arrasador. Su familia sólo volvió a reunirse muchos años más tarde, pero ella pasó su infancia sola.

Lo que resalta de esta historia es la ausencia de la predecible amargura y melancolía que hubiera podido acompañar a una persona que experimentó semejante experiencia. Mi abuela, por el contrario, era un rayo de sol dondequiera que fuera.

Lo que resalta de esta historia es la ausencia de la predecible amargura y melancolía que hubiera podido acompañar a una persona que experimentó semejante experiencia. Mi abuela, por el contrario, era un rayo de sol dondequiera que fuera.

Recuerdo estar con mi abuela esperando en el supermercado en una fila larga cuando había filas más cortas. Yo sugerí que nos cambiáramos a otra caja, pero mi abuela dijo que esa era "su cajera de siempre". Mientras colocábamos los alimentos sobre el mostrador, mantuvo con la cajera una larga conversación sobre sus vidas personales. En unas vacaciones de verano, en el tranvía de Disneylandia, mi abuela repartió caramelos a todos sus nietos y luego a todos los demás, incluso al conductor, que se sorprendió ante su gesto. Por primera vez, él no era invisible. A alguien le importaba.

En esta pandemia, me enfoco en la historia de mi abuela para entender cómo responder mejor a la crisis. Conozco muchas personas que perdieron sus trabajos, perdieron miembros de sus familias o enfrentan futuros terriblemente atemorizantes e inciertos. Sus ansiedades y preocupaciones son profundas, sin que se vea la luz al final del túnel. Mi vecina perdió a su esposo justo antes de Pésaj. No tuvo funeral ni visitas, y pasó el Séder de Pésaj sola, en cuarentena.

La diferencia entre lo que hago y lo que siento que debería estar haciendo es enorme. Reduje las quejas a mi esposo (por lo menos un poco), me convertí en nuestra "ama de llaves", e incluso cociné y llevé comida a otras personas porque no tengo niños pequeños dando vueltas a mi alrededor. Y tal como indicaron nuestros rabinos, comencé a estudiar cada día las leyes para evitar el lashón hará (hablar mal de otros).

Como el resto del mundo, tuve que encontrar la forma de que lleguen a la casa las cosas que necesitamos de forma segura. Tuve que aprender a mantenerme al tanto de las noticias sin elevar mi ansiedad a un nivel insoportable. Tuve que controlar el ritmo de la lectura de mis emails y mensajes de texto para recuperarme por las pérdidas. Durante semanas estuve nerviosa, esperando las últimas noticias sobre un amigo querido que estaba conectado a un respirador (él sobrevivió). Me alegra no haber perdido el control con mi familia al estar todo el tiempo todos juntos, ¿pero acaso este es mi gran triunfo en este momento histórico?

Al tener que pensar en mi propia mortalidad, o la de mi amado esposo, surgió otro punto importante. Con ayuda de Dios, dentro de muchas décadas, cuando me encuentre en mi lecho de muerte, ¿qué es lo que desearé haber logrado en mi vida?

De hecho, ¿cómo puedo volver atrás y dirigir mi vida? ¿Cómo puedo encontrar un objetivo que permita desarrollar lo mejor de mí misma y determinar los pasos exactos que son necesarios seguir para producir ese resultado? De alguna manera, en medio de la crisis, parece que Dios me dio este momento para reflexionar. Para pensar. Para planificar.

Ya tengo una misión ofreciendo voluntariamente mi tiempo para enseñar sobre la armonía matrimonial. Pero hay una misión más profunda, algo sobre lo que hablan muchas fuentes judías, y respecto a eso puedo estar muy lejos. Me atormenta la idea de que tal vez mi entendimiento sea erróneo.

La misión fundamental, a lo cual por cierto aspiro, es maximizar mi propio potencial. Como explican nuestros Sabios, al llegar al fin de nuestros días en este mundo, no seremos comparados con ninguna otra persona. Sin embargo, seremos comparados con la persona que hubiéramos podido ser si hubiésemos dedicado a eso nuestras mentes y nuestro corazón.

Voy a emular a mi abuela y a esforzarme para mostrarles a los demás que me importan.

No puedo evitar sentir que esta crisis es un llamado para despertarme. No estoy segura respecto a qué es lo que tengo que hacer diferente, pero estoy segura de que debo hacerlo ahora. Y tengo la leve sospecha de que tiene mucho que ver con tratar de parecerme lo más posible a mi abuela.

La tradición judía enseña que es mejor comprometerse con algo pequeño y cumplirlo que decidir hacer mucho y no lograr nada. En este sentido, voy a crear un nuevo modelo de normalidad para mí misma. Voy a emular a mi abuela y a esforzarme para mostrarles a los demás que me importan.

La autora con su abuela

Por lo tanto, si alguien me llama y estoy en medio de hacer otra cosa, voy a tratar de brindarle la atención y el tiempo que necesita. Cuando alguien entre a la habitación y me pida otra cosa, voy a tratar de ser más útil y de tener una mejor actitud. Cuando me sienta abrumada y no tenga ganas de dedicar mi atención, por lo menos intentaré no mostrarme irritada.

Cuando hable con un extraño, voy a tratar de ser más amistosa y tratarlo mejor. Si alguien atravesó algo trágico, voy a superar mi renuencia y voy a hacer esa llamada telefónica. Voy a tratar de estar más presente para los demás y realmente escucharlos.

Voy a intentar ser menos impaciente con las personas que no hacen las cosas de la forma que yo pienso que deben hacerse. Me voy a tomar un minuto más de lo que me tomaría normalmente, incluso si eso me provoca un inconveniente, para no dar la impresión de que no me importa. Voy a tratar de llamar a más personas para saber cómo están, incluso si es sólo para dejar un mensaje.

Y en vez de preguntarles si necesitan algo, esperando que me digan que no, simplemente voy a actuar. Como dejar algo rico para comer en la puerta de alguien, o llamar desde el supermercado para llevarle algo a una amiga mayor. Voy a llamar a alguien que tenga niños en la casa y le voy a decir que son mis héroes y que están haciendo un trabajo increíble.

Y lo más importante, en medio de este período sumamente estresante, voy a pedirle a mi esposo que me perdone por todas mis pequeñas frustraciones y estallidos durante este desafío. Le voy a decir que para mí él es todo en el mundo. Y entonces me voy a dedicar a mostrarle cuánto me importa.

¿Cuál va a ser tu nueva normalidad?