Nos paramos en la entrada del “Parque de aventuras al aire libre” y miramos los altos árboles y las marañas de sogas que se tejían entre ellos. El parque tenía muchos niveles diferentes de circuitos para escalar con sogas, pero todos requerían intentar antes el circuito fácil. Después de terminarlo, le pregunté a uno de los empleados del parque si podía intentar el circuito avanzado llamado “Diamante negro”.

“No creo que quieras hacerlo. Es realmente difícil. Mira ese grupo de chicos allí. Sólo terminaron las dos primeras etapas cuando tuvimos que bajarlos de la cima de ese árbol. Si no puedes pasar, tienes que bajar haciendo rapel, y es muy alto”.

“Quiero intentarlo” dije, mientras miraba la interminable escalera que desaparecía en las copas de los árboles.

Miré hacia arriba, a las copas de los árboles, y sentí el deseo de saber que podía escalar más allá de mis límites.

“Mira, puedes hacerlo, pero la mitad de las personas que lo intentan no logran terminarlo. Y hay un salto de 20 metros desde un árbol al final”. Él miró con desconfianza mi pollera larga y a mis cinco hijos agrupados detrás de mí como un equipo de porristas. Decidí no oír sus advertencias. El circuito daba miedo, pero no era peligroso. Utilizaría un arnés de seguridad todo el tiempo. Miré hacia arriba y sentí el deseo de saber que podía trepar más allá de mis límites y encontrar el coraje para comenzar un circuito cuyo final aún no veía.

Entonces enganché mi arnés de seguridad en el primer aro y comencé. “Pensaré en el salto de 20 metros cuando llegue allí”, me dije a mí misma. “Ahora sólo me enfocaré en mi próximo paso”.

¡Pero el próximo paso era aterrador! Apenas llegué a la cima de la escalera y comencé el primer tramo de sogas, entendí por qué la mayoría de las personas se daban por vencidas. No había dónde poner un pie, nada estable donde aterrizar, ninguna manera de pasar. El circuito era demente: sogas delgadas para cruzar sin nada de lo que agarrarse, maderos que se movían y deslizaban precariamente bajo tus pies, cables a los que tenías que correr y saltar para llegar a ellos.

Al mirar la delgada soga debajo de mis pies y la caída libre de 30 metros hacia un gran abismo, mi odisea pasó de generar un ‘poco de miedo’ a ‘pánico absoluto’. Sobre un disco pequeño sobre el cual se suponía que debía hacer equilibrio, resbalé, caí y me encontré suspendida en el aire, buscando desesperadamente una soga, una manera de volver a subir para reincorporarme al recorrido.

Fallé y volví a caer. Me estiré y la soga se me escapó de las manos. Tomé de nuevo el extremo de otra soga y encontré una fuerza interior que no sabía que tenía. Lentamente subí hasta la plataforma siguiente.

“¡Hey, tú! ¿Cómo andas ahí arriba?”, preguntó uno de los empleados 30 metros debajo de mí, protegiendo sus ojos del sol del mediodía. “Aún no has llegado a la parte difícil, pero llegaste más lejos que la mayoría de la gente”.

La transpiración caía a cántaros por mi rostro. Mis manos ardían por las sogas. Pero no quería simplemente “llegar más lejos que la mayoría de la gente”. Quería terminar. No quería detenerme en: “Yo soy así”. “Cambiar es demasiado difícil”. “Es demasiado incómodo”. “Demasiado arriesgado”. Ingeniándomelas para transitar el circuito de sogas más avanzado de todos me di cuenta que todas esas afirmaciones no eran ciertas. Podía cambiar. Podía asumir riesgos y comenzar de nuevo. No era peligroso. Sólo era difícil.

Hablé conmigo misma allí arriba: “No renuncies. Con la ayuda de Dios, puedes lograr cosas difíciles. Lo peor que puede pasar es que pierdas el equilibrio. Luego te levantarás de nuevo. Encontrarás una forma de volver al circuito”. Me dolían mis pies. Mis manos ardían. El sol quemaba mis hombros. No podía encontrar la manera de llegar a la plataforma siguiente y estaba de nuevo colgando en el aire. “Sigue empujando”, me dije a mí misma. “Sigue tratando de agarrar la soga siguiente. Puedes hacerlo”.

Y lo hice. Finalmente, llegué a esa última plataforma desde donde el salto de 20 metros hacia abajo se estiraba como un abismo infinito debajo de mis pies. Ya casi había terminado pero ahora no estaba segura de poder hacerlo, una cosa es caminar por cables temblorosos y maderas flojas, caer libremente de un árbol sin nada de lo que agarrarte es algo completamente distinto.

Miré hacia abajo, hacia el piso. Estaba tan lejos. Miré hacia arriba a los dos aros que unían el arnés de seguridad al cable de arriba y de repente no estuve tan segura. Quizás no era una buena idea. Quizás era hora de darse por vencida. Pero luego miré hacia atrás; miré todas las sogas que acababa de trepar, todos los obstáculos que había superado para llegar hasta este punto. Y no pude dar un paso atrás. Iba a lograrlo. Iba a saltar.

Salté de la plataforma. Por una fracción de segundo pensé que caería eternamente. Que la sensación de desesperación por no tener un piso debajo de mí y nada a lo que aferrarme continuaría por siempre. Pero, en lugar de eso, comencé a volar. El cable me elevó y volé mucho más allá de quien pensé que podía ser.

“¡Hey, no puedo creer que lo hayas logrado!”, un pequeño grupo de empleados me esperaba junto al lugar de aterrizaje y entre ellos estaban mis niños. Mi vida. El contorno expansivo de mi potencial. Y una nueva y firme certeza en mi interior de que, con la ayuda de Dios, podía volver a levantarme cuando cayera incluso si tuviera que estar un rato suspendida en el vacío. Me solté de los aros metálicos y miré hacia el traicionero circuito detrás de mí.

“Yo tampoco lo puedo creer”, dije. Y mirando las quemaduras que las sogas habían hecho en mis manos, pensé: “Dios, gracias por enseñarme cómo estirarme, cómo escalar, cómo saltar. Gracias por traerme hasta este circuito de sogas para ayudarme a recordar cómo comenzar de nuevo”.

El desafío del mes de elul

En este mes de elul nos estamos preparando para Rosh Hashaná y el proceso de crecimiento a menudo involucra caerse del recorrido. Cambiar es difícil. Es difícil enfrentar hábitos nocivos que nos tiran hacia abajo constantemente cuando parece que no hay de dónde agarrarse y que estamos colgando en el vacío. Pero el hecho de volver al recorrido cuando no sabemos si lograremos alcanzar el próximo paso es lo que nos fortalece y nos lleva al lugar en nuestro interior desde el cual podemos superar nuestros límites.

He aquí tres formas para volver a comenzar:

1. Anímate a ti mismo. Cuando quedes estancado o pierdas la dirección, ten a mano “citas inspiradoras” o, mejor aún, memorízalas para volver a levantarte. Aprende a hablarte a ti mismo cuando luches con tus propios límites. También es útil recordarte a ti mismo una ocasión en que superaste algo desafiante. Dite que has hecho cosas difíciles en el pasado y que puedes hacerlas de nuevo. Que arriesgarse a fracasar puede dar miedo, pero no es peligroso.

Entiende cada caída como lo que verdaderamente es: una oportunidad para levantarse nuevamente.

2. Pide ayuda. Cuando no sepas cómo superar tus obstáculos físicos y espirituales, pídele a Dios que te ayude. Nosotros tenemos que poner nuestros pies en la escalera y Él nos dará la fortaleza para subir. Cuando sabes que estás en ese lugar en que ya no encuentras sogas de las qué agarrarte, pídele a Dios que te muestre lo que hacer. Para obtener fuerzas. Para que te abra los ojos. Para que te dé ese empujón para el salto final.

3. Redefine el fracaso. Entiende cada caída como lo que verdaderamente es: una oportunidad para levantarse nuevamente. Cada vez que resbales y pierdas el equilibrio, tienes la oportunidad de encontrar una forma diferente de escalar. Las personas que tienen éxito están dispuestas a hacer lo que las personas que renuncian no quieren hacer. Están dispuestas a caer. A cortarse las manos con las sogas. A que les duelan las piernas y a que la transpiración caiga por sus rostros. Y están dispuestas a continuar hasta el final para poder dar el salto y volar.