Como a todos los que sufren por trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), a mí me obsesiona la perfección. Tengo que ser perfecta en todo lo que hago, ya sea que se trate de ser mamá o esposa, mi trabajo, llevar adelante mi casa o cuidar mi salud. Cuando no soy capaz de vivir a la altura de mis expectativas, eso me causa mucho dolor.

Antes de que llegara el COVID-19, relativamente me las arreglaba y vivía de acuerdo con mis expectativas autoimpuestas. Había contratado una babysitter para cuidar a mi hija de cuatro meses y los viernes venía alguien a ayudarme con las tareas de la casa para que yo pudiera enfocarme en mi trabajo. Tomaba clases de educación para adultos y me sentía mentalmente estimulada y creativamente satisfecha. Iba todos los días al gimnasio para aliviar mi estrés y en Shabat podía ir a la sinagoga para sentirme satisfecha espiritualmente. Además de todo esto, era una esposa sobresaliente —pregúntenle a mi esposo— y una nueva madre dichosa. Me sentía equilibrada y feliz.

Entonces, la ciudad donde vivo comenzó a cerrarse por el COVID-19 y muchos de mis buenos hábitos salieron volando por la ventana. Comencé a caer en un espiral descendente. Ya no podía satisfacer las elevadas expectativas que tenía para mí misma.

No podía hacer ejercicio. No lograba terminar mi trabajo. Me quedaba despierta hasta las 5 de la madrugada mirando las noticias. Ya no me maquillaba. De hecho, ni siquiera me importaba cómo me veía. Dejé de comer alimentos sanos. Me sentía menos conectada con un ‘Poder superior’. Ser mamá y esposa ahora me resultaba sumamente estresante.

Entonces llegaron la culpa, el enojo y la frustración conmigo misma por no ser perfecta. El mundo se había vuelto loco y yo sentía que ni siquiera podía controlar mi propia vida en medio de todo ese caos. Una tarde, cuando llevábamos un mes de cuarentena, entré al cuarto de mi hija y lloré histéricamente hasta que estuve toda transpirada y no podía respirar. Mi marido tuvo que calmarme para que yo pudiera superar mi ataque de pánico.

Mi colapso no fue sólo porque estaba encerrada dentro de la casa y el mundo exterior era atemorizante, intenso y completamente loco, sino también porque me estaba obsesionando con mis niveles de perfección. Sólo porque el mundo estaba “patas arriba” eso no significaba que yo también debía estarlo. No fui comprensiva y flexible conmigo misma. Pensé que era un fracaso por dejar que el caos me atrapara.

No importaba cuántos memes había leído en redes sociales respecto a ser bondadoso con uno mismo durante el COVID-19 ni cuántas amigas publicaron que estaban "viviendo un momento muy difícil". Nada de eso me ayudó. Pensé que simplemente ellas tenían expectativas más bajas para sí mismas. Yo no dejaría que eso me ocurriera a mí.

Si dejaba que una cosa se “aflojara”, también se aflojaría toda mi vida.
Entonces encontré en Internet algo que realmente me ayudó. Aprendí que cuando tienes un bebé —así como yo había tenido el pasado mes de octubre—, de repente entras en una "estación" de la vida. Durante esta estación, no puedes dormir mucho, comes alimentos que te reconfortan, no haces demasiado ejercicio y en general te descuidas a ti misma. Y esta estación pronto pasa. Yo sobreviví a ella y lo curioso es que probablemente un día, al mirar hacia atrás con un poco más de perspectiva, incluso la extrañe.

Y así también comencé a pensar en el COVID-19 como en una “estación” en la cual puedo pasar más tiempo con mi esposo y con mi bebé, preparar comidas deliciosas, ver mis shows favoritos de TV, explorar playas cercanas, descubrir nuevos senderos para caminatas y volver a sentirme como una niña cuando me acuesto tarde. Durante esta época no tengo que funcionar normalmente ni ser perfecta. Nadie lo es. El mundo de todos se dio vuelta por completo de la noche a la mañana. ¿Por qué sigo teniendo esas altas expectativas de mí misma en medio de una pandemia?

Lentamente llegué a estar en paz con mi situación. No voy a dejar que mi trastorno obsesivo-compulsivo me gane.

Llegué a un estado en el que regresé a la mayoría de mis hábitos saludables, pero trato de no sentirme culpable si un día no hago todo. Acepto que algunos días me voy a sentir hinchada porque comí mal, y que otros días podré dar una maravillosa caminata y limpiar mi mente. No voy a poder chequear siempre todos los ítems de mi lista de obligaciones, pero eso no es ningún problema. Nadie puede lograr todos sus objetivos todo el tiempo.

Aprendí que el mundo está fuera de control y que sólo Dios sabe qué va a ocurrir. Ninguna cantidad de pensamientos obsesivos o compulsiones podrán cambiar ese hecho. Eso no es algo malo; es reconfortante. El COVID-19 me recordó que Dios tiene el poder y que en definitiva todo es para nuestro bien.

Puede ser que nunca logre conquistar mi trastorno obsesivo-compulsivo. Puede ser que tenga que seguir luchando con mi obsesión por ser “perfecta”. Pero en este momento, estoy en paz con eso.