Me encanta escribir, pero no siempre tengo deseos de hacerlo. Por lo general hay varias excusas válidas: las ocupaciones del hogar, un día hermoso, un libro cautivador para leer. Sin embargo, para crecer, en ocasiones tengo que hacer cosas incluso en contra de mi voluntad.

Esto es evidente en todo campo artístico. Incluso para mantenerse en el mismo nivel hace falta practicar; mucho más para mejorar. Sobre esta idea hay una cita que se le atribuye al talentoso violinista Jascha Heifetz:

Si no practico un día, yo me doy cuenta; dos días, los críticos se dan cuenta; tres días, el público se da cuenta.

Incluso en los días en que un artista se siente mal, desmotivado o poco inspirado, eso no lo absuelve de practicar, aunque sea para evitar que sus músculos se atrofien.

Este fenómeno también se da en el mundo deportivo (al menos eso tengo entendido) y, más atingente a este artículo, en el mundo de la religión.

Cuando recién comenzaba a acercarme al judaísmo ortodoxo, recuerdo haberle preguntado a una amiga observante sobre el éxtasis espiritual que ella probablemente sentía todos los días. Después de todo, ¿no estábamos ambas pensando en conceptos elevados como la soberanía de Dios sobre todo el universo, el poder creativo del habla y la santidad inherente de todo? Yo era una veinteañera idealista; ella era la madre de muchos pequeños y ya había sido religiosa por varios años. La conversación fue algo así:

Yo: ¡Debe ser tan alucinante comenzar tu día con estas bendiciones en las que piensas sobre cómo Dios te devolvió el alma y cómo recibimos todo lo que necesitamos!

Ella: Bueno, por lo general termino musitándolas en un estupor semi consciente.

Francamente, no entendí la honestidad de su declaración sino hasta que me convertí yo misma en madre de varios pequeños, pero ella mencionó un profundo desafío que viene con la adhesión a los aspectos ritualistas de la vida judía.

El judaísmo es principalmente una religión de práctica, de acción. En la mañana, me levanto y le agradezco a Dios por haberme creado y por haberme dado otro día. Luego me lavo las manos ritualmente. Si estoy conectada, digo mis bendiciones matutinas después de eso (aunque a veces las digo un poco después).

Cuando haces algo todos los días, se convierte en rutinario. Y entonces algo que es sumamente sublime puede terminar convirtiéndose en una rutina; el componente emocional de la espiritualidad —el cual para mucha gente es sumamente atractivo— puede terminar apartándose del componente físico de la espiritualidad, y puede que una mañana te despiertes y te des cuenta que sólo estás haciendo los movimientos.

Lo sé. Me ha pasado. ESTOY en ese lugar en algunas áreas de mi práctica.

¿Es hora de renunciar? No tan rápido.

Mi rabino me dijo una vez que incluso cuando no sienta deseos de rezar, debo hacer el esfuerzo. Incluso si me siento completamente desconectada de lo que estoy haciendo. ¿Por qué? Porque llegará el día en que tendré deseos de rezar, y si no mantuve mis músculos en forma, no podré conectarme con mi Creador por medio del vehículo de la plegaria. Será tan extraño para mí que me detendrá en mi intento de conectarme.

Al hacer los movimientos, incluso en tiempos de hambruna espiritual, estoy manteniendo abiertas las líneas de comunicación. Estoy eliminando la maleza de mi jardín espiritual, a pesar de no estar cosechando ningún vegetal en este momento.

Al continuar con la práctica estoy mejorando continuamente, al igual que un músico que trabaja en una pieza musical.

Esto no significa que lo correcto sea ser un zombi espiritual. Pero, a pesar de que no tenga la mayor concentración cuando recito mis bendiciones matutinas, eso no me exime de la obligación de intentar mejorar su calidad.

No somos perfectos, y es normal que no lo seamos. Cuando Jascha Heifetz tomó un violín por primera vez, tampoco era perfecto. Llegar a ser grandioso le llevó años de práctica y determinación.

Eso es algo que encuentro alentador cuando no me siento particularmente ‘espiritual’, cuando lo único que me motiva a hacer una mitzvá es tacharla de la lista de cosas por hacer. Sé que mientras continúe practicando estaré continuamente mejorando, al igual que un músico que trabaja en una pieza musical.

Y al igual que un músico, en ocasiones me quedo varada en un cierto pasaje musical y entro en una rutina en la que cometo el mismo error en el mismo lugar, una y otra vez. ¿Es frustrante? ¡Claro que lo es! Pero me motiva mi deseo de traer al mundo una hermosa pieza musical, tanto para mi disfrute y sentimiento de realización como para el disfrute de quienes la oirán.

Hay ocasiones en las que me siento varada en una mitzvá; eso también es muy frustrante. Sigo hacia adelante porque sé que la Torá es el plano de mi vida y que las mitzvot son mi conexión con esa fuente de vida. Cuando hago una mitzvá, incluso si no la hago en el nivel que más me gustaría, estoy trayendo un poco de luz y positivismo al mundo, además de acercar el mundo a la perfección.

Imagina lo hermoso que sería el mundo si todos fuésemos en el judaísmo tan diestros como lo era Jascha Heifetz con el violín.