En un articulo reciente del New York Times titulado "perder es bueno para ti", Ashley Merryman comentaba acerca de la recurrente practica de darle a los niños numerosos trofeos y premios por el solo hecho de participar en algún deporte. Ella escribe:

Cuando los niños vuelvan a la escuela este invierno y se anoten para las actividades extracurriculares, los padres deberían mantener una pregunta en mente. Ya sea que a sus hijos les guste el fútbol o la gimnasia, deberían pregúntale al organizador del programa: "¿Qué niño recibe un trofeo al final?", y si la respuesta es "Todos ganan un trofeo", entonces mejor que busquen otro programa.

Los trofeos solían ser algo escaso, pero hoy en día los trofeos y premios por participación son algo que uno puede dar por sentado, ya que a los niños les dicen constantemente que todos son ganadores... Po Bronson y yo hemos pasado años reportando los efectos que tienen las recompensas y los halagos en los niños. La ciencia es clara. Los premios pueden ser grandes motivadores, pero los reconocimientos sin límites no inspiran a los niños a tener éxito. En lugar de eso, pueden terminar causando que se desempeñen por debajo de sus capacidades. Carol Dwek, una psicóloga y profesora de la Universidad de Stanford, descubrió que los niños responden positivamente ante los premios; ellos disfrutan escuchar que son talentosos, inteligentes, etc. Pero después de tales alabanzas sobre sus habilidades innatas, colapsan ante la primera dificultad. Desmoralizados por su fracaso, ellos dicen que prefieren "hacer trampa" antes que arriesgarse a fracasar otra vez" (NY Times, Septiembre 24, 2013).

Yo me crié en esta cultura del trofeo; todas las niñas de la liga de fútbol femenina dominical recibíamos un pequeño jugador de fútbol de oro, el cual se unía con los otros premios sin sentido que estaban en mi escritorio. Y si bien es verdad que la política de "trofeos para todos" nos motivaba a jugar y hacer nuestro mayor esfuerzo, los trofeos indiscriminados nos enseñaron a renunciar cuando estábamos frustradas. En lugar de aprender el arte de la perseverancia, renunciábamos apenas estábamos cansadas. Tuvimos que aprender a quitarnos de la cabeza la opción de renunciar.

Tuvimos que aprender a quitarnos de la cabeza la opción de renunciar.

Recuerdo el verano en que aprendí esto por mí misma. Fue en el verano después de mi primer año en la universidad. Mi mejor amiga y yo queríamos salir a acampar; al principio nuestros padres protestaron, pero les mostramos los mapas, la ubicación de los campamentos, nuestra lista de suministros, y finalmente terminaron aceptando de mala gana. Era increible conducir por las carreteras abiertas con las ventanas abajo y con nuestra carpa en el maletero; aún recuerdo el aroma a libertad. El olor de los ligeros y siempre verdes árboles y del negro café mezclándose entre sí. Estabamos disfrutando el camino y ni siquiera parecía importar adónde nos dirigíamos.

Este sentimiento embriagador duró hasta que llegamos al primer campamento y empezó llover a cántaros. Nuestra tienda era supuestamente a prueba de agua, pero después de pasar 45 minutos con la carpa cayéndose y con nosotras intentando levantarla, comenzamos a preguntarnos si no sería mejor idea dormir en el automovil. Llovía cada vez más fuerte, y nos miramos una a la otra por entre la pila de tela y postes que había entre los imponentes pinos. Estabamos empapadas, exhaustas y totalmente desorientadas. No queríamos la humillación de tener que dormir en un automovil en nuestro primer viaje de camping, por lo que seguimos intentándolo mientras el suelo se tornaba cada vez más fangoso y la tienda se mojaba cada vez más.

Pero poco a poco estábamos logrando cierto progreso. A mitad de camino, una amable familia que acampaba al lado nuestro se ofreció a ayudarnos, y en pocos minutos ya habíamos terminado. Nuestra tienda estaba lista. Más tarde esa noche, miré hacia el techo aún mojado de nuestra tienda de campaña y sentí una pizca de confianza junto con las esporádicas gotas de agua que caían sobre mí.

A la mañana siguiente, salimos para escalar la montaña, tal como habíamos planificado. El sendero era largo y difícil. En medio del camino, llegamos a una sección estrecha que nos obligó a aferrarnos a rieles de acero que sobresalían de las rocas. Mi amiga quería devolverse, pero el hecho de haber levantado esa tienda de campaña bajo la lluvia había cambiado algo dentro de mí. "Podemos llegar a la cima. Podemos hacer esto".

Cuando estabamos subiendo la última sección empinada del camino, sentí la alegría de haberlo logrado. Nos sentamos en la roca más alta y admiramos la penetrante belleza del paisaje. Y entonces escuchamos los gritos. Al principio pensamos que se trataba de un animal atrapado en los arbustos debajo de nosotras. Pero cuando bajamos para investigar, descubrimos de dónde provenían realmente: había un anciano tumbado entre las rocas. Tenía una enorme herida en su cabeza y estaba rodeado de sangre. Por un segundo nos quedamos paralizadas y luego nos arrodillamos junto a él. Rompí la sudadera que llevaba en mi mochila y la use para envolver su cabeza, mientras mi amiga sacaba el arcaico y pesado teléfono celular que nuestros padres habían insistido en que lleváramos en caso de emergencia. Durante un agonizante minuto no había señal de teléfono, pero luego funcionó. Sacamos nuestro mapa, le dimos al operador de emergencia el nombre del sendero y le explicamos que estábamos en la cumbre. Le aseguramos al excursionista herido que la ayuda estaba en camino, y media hora más tarde, cuando el sol comenzó a descender, llegó un helicóptero con los paramédicos.

Descubrí cómo el esfuerzo se convierte en sí mismo en su propia recompensa.

¿Qué hubiera pasado si nos hubiésemos devuelto en la mitad del camino? Si no hubiéramos construido nuestra confianza a través de levantar esa tienda de campaña en medio de la lluvia torrencial, si hubiéramos renunciado cuando estábamos frustradas, entonces puede que este hombre hubiera muerto solo en la cima de la montaña. Y mientras los guardabosques nos guiaban por la montaña en medio del crepúsculo, yo sabía que recordaría para siempre esa primera pizca de confianza. Aprendí el poder de no renunciar. Descubrí cómo el esfuerzo se convierte en sí mismo en su propia recompensa.

Por eso es tan importante la conclusión del artículo que mencioné inicialmente:

"Si los niños saben que van a obtener automáticamente un premio, ¿qué los impulsa a mejorar? ¿Por qué molestarse en aprender habilidades de resolución de problemas, cuando nunca hay obstáculos en primer lugar? Si yo fuera entrenador de béisbol, anunciaría en la primera reunión que sólo habrá tres premios: 'Mejor jugador', 'Superación personal' y 'Mejor espíritu deportivo'. Entonces le entregaría a los niños una lista de cosas que tendrían que hacer para ganar cada uno de esos trofeos. Sabrían desde el primer momento que la excelencia, la superación personal, el carácter y la persistencia, son elementos valorados".

En la vida perdemos mucho más a menudo de lo que ganamos. Nos encontramos con obstáculos con más frecuencia que con caminos llanos. Nos encontramos atrapados en el barro bajo la lluvia y en los bordes de los acantilados escarpados, y necesitamos aquella confianza que sólo proviene de nuestro propio y genuino esfuerzo. En los asuntos espirituales, el Talmud dice: "Si trabajas y no tienes éxito, significa que no trabajaste suficientemente duro". Tenemos una garantía de éxito espiritual si realizamos nuestro mayor esfuerzo. Porque en el fondo, no es el trofeo lo que queremos; es el reto. Queremos sentarnos en la roca más alta de la cumbre y sabemos que sin importar cuánto tiempo nos tomó subir a esa montaña, luchamos y nos esforzamos hasta que llegamos a la cima.

La vida no se trata sólo de participar. Se trata de realizar nuestro mayor esfuerzo hasta el final.