Viajé con mi esposo para una conferencia académica. Después de un largo viaje en avión, nos buscaron en el aeropuerto y nos llevaron al lugar donde nos hospedaríamos. Como allí no había gimnasio, arreglamos para que después de registrarnos y desempacar nos vinieran a buscar y nos llevaran a un gimnasio cercano.

La persona que nos vino a buscar nos dijo: “¡Uau! ¡Estoy impresionado! Si fuera yo, no iría a hacer ejercicio después de un viaje tan agotador. Me acostaría a descansar un rato”.

Sentí que crecí 10 centímetros. En la imaginación me di palmadas de felicitación y me sentí muy orgullosa de mí misma. ¡Cómo se impresionó! ¡Realmente soy especial!

Pero en ese momento me detuve. ¿Qué pasaría si en vez de manifestar admiración, nos hubiese criticado? ¿Si en cambio me hubiera dicho que soy muy tonta, que mi cuerpo necesita descansar, que estoy complaciendo mi parte compulsiva? (¿Cómo lo supo?) ¿Me hubiera sentido devastada? ¿Acaso su crítica negativa me habría afectado en relación proporcional al efecto positivo de sus palabras de elogio?

Entonces me di cuenta que mi reacción era absurda. Yo no conocía a esa persona. No sabía si era alguien sabio o tonto, amable o cruel, considerado o insensible. No sabía nada sobre su carácter moral, sus virtudes o sus sentimientos. ¿Por qué su opinión tenía que ser relevante?

Cuando mis hijos eran pequeños y volvían de la escuela quejándose de que alguien había herido sus sentimientos, mi esposo les decía: “¿Es alguien cuya opinión te importa?” Por lo general la respuesta era “no”.

Sin embargo, es difícil aprender a no darle importancia a la aprobación de los demás. Es un desafío constante.

Yo pensé que había aprendido esa lección en mi primer año de universidad, pero parece que todavía me queda un largo camino por delante. Un día, hace aproximadamente 42 años (¡Ay!), la encargada del edificio elogió mi vestido. Durante todo el día me sentí en las nubes, hasta que a la noche entré a la sala y recordé que ella era la persona que había escogido el tapizado de los sillones… ¡con toda su gloria fosforescente! No hace falta decir que el cumplido perdió rápidamente su efecto.

Eso fue sobre algo trivial, una prenda. Les damos a los demás demasiado poder sobre nuestra identidad, no sólo respecto a cómo nos vemos, sino también sobre cómo nos comportamos. Además del desafío a nuestra autoestima, esto es peligroso porque la opinión de los demás, particularmente en asuntos más serios, puede ser errada e incluso destructiva.

No sólo es posible que su brújula moral sea diferente a la nuestra, sino que ellos desconocen los desafíos que enfrentamos, las luchas que hemos superado y las batallas constantes que mantenemos.

Hace poco conversé con una colega sobre la necesidad de evitar leer los comentarios a los artículos que publicamos, para que los (espero que esporádicos) malos comentarios no nos arruinen el día. Pero si aplicamos este principio, ¿por qué deberían molestarnos?

Hay sólo una opinión que cuenta: la de nuestro Padre en el Cielo, Quien nos ama incondicionalmente y cuyos caminos queremos emular. Es mucho más difícil enfocarse en esto e ignorar las opiniones de quienes nos rodean. Pero ese es nuestro trabajo, y es necesario para nuestra supervivencia emocional y psicológica.

Nuestras energías son limitadas. Podemos enfocarnos en complacer a otros que son variables, a quienes realmente no conocemos, quienes no nos juzgan favorablemente…

O podemos aprovechar toda esa energía y preocuparnos por complacer a Dios, en ganar Su aprobación.

La elección parece obvia y fácil. Llevarlo a cabo, como siempre, es mucho más difícil.