¿Por qué?

Esta es la pregunta que me formulo una y otra vez. Simplemente “¿por qué?”.

¿Por qué mi vida es tan difícil? ¿Por qué cada día tengo tantas dificultades? ¿Por qué no puedo lograr todas las cosas a las que aspiro? ¿Por qué no tengo hijos tan especiales como tienen todos los demás? ¿Por qué no tengo dinero y felicidad como los demás? ¿Por qué?

Había escuchado la respuesta compartida a esta pregunta (a fin de cuentas, todo se reduce a una misma pregunta): “Tienes la vida que debes tener. Esta es la vida perfecta para ti. El placer y la alegría que ves en los demás son buenos para ellos y sólo para ellos. Cada día de tu vida fue diseñado especialmente para ti”.

Aunque esta respuesta en cierta medida contrarresta los pensamientos de “la vida no es justa”, no me ayuda a sentirme feliz. No me siento demasiado agradecido por “mi vida hecha a mi medida”. A pesar de creer que esta vida es perfecta para mí, sigo deseando tener una vida diseñada especialmente para mí sin dolor y sin dificultades. A pesar de entender que la alegría que veo en los demás no tenía que ser mía, sigo pensando: “Si tan sólo yo fuera ellos, entonces la vida perfecta para mí sería una vida de alegría y dicha”.

Mientras sigo sin estar feliz y sin sentirme agradecido por mi vida, me despierto cada mañana y vuelvo a preguntarme: “¿Por qué? Parece que esta pregunta llegó para quedarse.

Pero entonces entendí algo. Si soy tan insistente preguntando por qué, debo ir hasta el fondo y seguir preguntando por qué por cada parte de mi vida… ¡Seguiré formulando esa pregunta de la mañana a la noche!

Cuando abro mis ojos cada mañana me pregunto: ¿Por qué me desperté esta mañana? ¿Qué hice para merecer otro día en este mundo?

Cuando me siento en mi cama y estiro los brazos, pregunto: ¿Por qué me dieron un cuerpo que puedo mover con soltura?

Cuando lavo mis manos pregunto: ¿Por qué me dieron el privilegio de ser parte del pueblo elegido? ¿Por qué me dieron un corazón sano que late por sí mismo? ¿Por qué me dieron pulmones sanos que me permiten respirar con facilidad? ¿Por qué me dieron riñones sanos que todo el tiempo purifican la sangre de mi cuerpo? ¿Por qué me dieron una familia para amar? ¿Por qué?

Cuando comencé a formular la pregunta “¿Por qué?” sobe todas las facetas de mi vida, comencé a experimentar una nueva sensación de felicidad. Comencé a sentirme agradecido. Y, sobre todo, comencé a sentirme muy amado. Amado por mi Creador. Los miles de regalos gratuitos que experimento cada día son la más profunda expresión de amor de mi Padre que me ama.

Empecé a comprender que la vida y el amor que Él me da demuestran que en verdad Él me quiere en Su mundo. Entonces comencé a preguntar nuevamente: ¿Por qué? ¿Por qué el Creador de todo el universo puede querer que yo, tan pequeño, sea parte de Su maravilloso mundo?

La respuesta es asombrosa por su simplicidad: porque Él cree en mí.

Lo mínimo que puedo hacer es vivir la vida aceptando cada desafío y cada bendición, aceptar cada lucha y cada regalo con orgullo y alegría.