Lisa no era la mejor candidata a heroína entre las mujeres septuagenarias que tomaban sol alrededor de la piscina en la comunidad de personas mayores en la que vivía su padre en el sur de Florida. Lisa es una judía observante que trabaja como ejecutiva de alta tecnología en Israel, y ella sólo estaba allí para ayudar a su padre, Stan, viudo y enfermo. Él llevaba años luchando contra el cáncer, pero ahora la enfermedad se había expandido y necesitaba la ayuda de su hija.

Stan había sido un entusiasta jugador de golf, que practicaba dos veces a la semana con sus amigos. Pero a los 89 años había comenzado a perder el equilibrio y temía llegar a caerse al tratar de dar un golpe. A regañadientes, cambió el campo de golf por el sofá frente a su televisor. Lisa, una fanática de los deportes, insistió que su padre debía hacer un poco de ejercicio. Ella habría estado feliz de hacer largas caminatas con su padre, pero el calor del verano en Florida lo impedía, así que Lisa llevó a su padre a la gigante piscina de la comunidad, y juntos caminaron de un lado a otro en el agua, frescos y ligeros. Fue una solución perfecta...

Hasta que Brenda lo impidió.

Un día, Lisa recibió una llamada telefónica de la administración de la comunidad. Brenda, una de las residentes a quien Lisa apenas conocía, había informado que Lisa estaba quebrando las reglas. Sólo los residentes tenían permitido usar la piscina. Lisa no estaba oficialmente registrada como residente, aunque todo el mundo sabía que ella estaba allí para cuidar a su padre.

La administradora se disculpó, pero reglas son reglas. Lisa podía ir a la oficina, completar los formularios (todas las 32 páginas), pagar 100 dólares y entonces en la siguiente reunión del consejo de la comunidad, que tendría lugar la semana siguiente, sería aceptada como residente. La administradora admitió que entendía que era injusto. Le dijo que en la oficina a menudo se sentían frustrados con la rígida insistencia de Brenda de seguir cada detalle de cada regla. Pero… ¿qué podían hacer?

Controlar el volcán

Lisa reaccionó con furia. El tiempo que pasaba con su padre, lejos de su trabajo y de la vida que había construido en Jerusalem, era suficientemente estresante, además del dolor de ver cómo su padre iba desmejorando. Lisa se esforzaba mucho para contener su personalidad volátil al enfrentar personal médico ineficaz y primos entrometidos, pero la acción mezquina de Brenda para privar a su padre de su único ejercicio fue como un fósforo ante el barril de pólvora de Lisa. Ella iría a la piscina y le diría claramente a Brenda lo que debía escuchar, frente a todos.

Lisa subió al auto para ir a la piscina, pero al encender el motor recordó lo que había aprendido durante sus 23 años de estudios de Torá: Está prohibido avergonzar a alguien en público. Cuando se debe reprochar a alguien, se lo debe hacer en privado, y sólo por amor, para ayudar a quien cometió el mal acto, no para dañarlo. Ella también sabía que la prohibición de la Torá de lashón hará le prohibía hablar negativamente de Brenda con otros residentes, aunque lo que dijera fuera verdad y sin importar cuánto Brenda se lo mereciera.

El enojo de Lisa era como un volcán a punto de hacer erupción. Pero ella sabía que los sabios del Talmud compararon el enojo con la idolatría, porque la persona enojada santifica su propia voluntad a expensas de todo lo demás. Con muchísimo esfuerzo, Lisa salió del auto. Ella no iba a explotar en contra de Brenda. Iba a lograr dominar su enojo.

Al día siguiente era viernes. A comienzos de la semana, una de las mujeres de la piscina que sabía que Lisa preparaba todas las semanas una cena de Shabat para su padre, le había pedido que la invitara. Lisa le había dicho que por supuesto sería bienvenida y que llamara para que le dijeran a qué hora ir. Pero la mujer no llamó, así que Lisa decidió ir a la piscina a buscarla. Lisa decidió que no diría nada a Brenda ni sobre Brenda. Mantendría la calma. Guardaría en su interior la lava ardiente.

Pero cuando vio la piscina brillante donde su amado padre debería estar disfrutando su ejercicio diario, el volcán interno de repente estalló. Parada al borde de la piscina gritó: "En esta piscina hay alguien que trata de impedir que ayude a mi padre a efectuar el único ejercicio que puede hacer debido a sus múltiples problemas de salud". Ella señaló a las 30 personas que estaban en las reposeras y en el agua y gritó: "Ustedes son muy amables y me recibieron muy bien, como la hija de mi padre Stan, que ha vivido aquí más de 25 años. Sin embargo, hay una persona espantosa que quiere impedir que yo ayude a mi padre a hacer el único ejercicio que es capaz de realizar".

Las palabras de Lisa provocaron una conmoción y todos comenzaron a mirar alrededor tratando e identificar al culpable. Brenda, que estaba nadando, se acercó a escuchar qué pasaba. Apenas se aproximó, Lisa la señaló y exclamó: "Los administradores de esta comunidad te odian. ¡Todo el mundo te odia! ¡Tú sólo buscas problemas!".

Todos se horrorizaron ante su arrebato. Lisa vio que algunas personas asentían con la cabeza y que otros negaban, sin poder creer que alguien tuviera la temeridad de enfrentar a Brenda.

Lisa ya había clavado el cuchillo y ahora no podía resistirse a seguir retorciéndolo. "No me sorprendería que termines muriendo sola", dijo Lisa antes de dar media vuelta y marcharse.

Las secuelas

Fue un fracaso monumental y Lisa lo sabía. Todas sus elevadas resoluciones eran como pájaros ahogados en el fondo de la piscina. Todo lo que había dicho era cierto, y estaba prohibido por la Torá que ella tanto amaba. Expresar públicamente su ira no la había calmado, pero había encendido un segundo fuego, un fuego de remordimiento y vergüenza interior por haber hecho lo que sabía que no era correcto.

Lisa sabía qué debe hacer un judío ante semejante fracaso: teshuvá, 'arrepentirse', un regalo Divino que nos permite revertir el pasado. Ella conocía los pasos de la teshuvá: admitir que había hecho algo malo sin justificar ni racionalizar sus actos; sentir genuino arrepentimiento por el daño que había provocado; planear cómo no volver a cometer esa transgresión en el futuro; y (¡ay!, el paso más doloroso), pedir disculpas a la persona o a las personas que había dañado.

Dado que había insultado públicamente a Brenda, ahora debía pedirle disculpas en público. Además, como había provocado que todos los que estaban en la piscina escucharan lashón hará (palabras negativas verdaderas), también debía pedirles perdón a todos ellos.

El domingo, Lisa regresó a la escena del crimen. Los que siempre iban a la piscina estaban dentro del agua o en las reposeras. La mayoría no prestó atención a Lisa hasta que ella dijo en voz alta: "¡Hola a todos! Lamento haber sido tan negativa el viernes. Ustedes y el mundo no precisan más energía negativa, y yo quebré mi compromiso de ser una persona que transmite energía positiva a la gente que conozco y al mundo. Me siento muy mal por haber sido tan negativa. Desearía poder borrar lo que dije".

Todos se quedaron boquiabiertos. Una disculpa pública era todavía más sorprendente que el estallido del viernes. La gente no hace eso. Nadie admite públicamente que se ha equivocado. Todos justifican sus actos en vez de lamentarlos. Era como si hubiera aterrizado un platillo volador al lado de la piscina.

Pero lo que ocurrió a continuación los sorprendió todavía más. Lisa miró directamente a Brenda, que estaba en medio de la piscina, y le dijo: "Lamento mucho lo que te dije y desearía poder volver atrás. No debería haberte dicho cosas tan negativas. Realmente lo siento mucho".

Todos se quedaron callados mientras Brenda le devolvió la mirada. "No hay problema. Todos tenemos días malos. No te preocupes por eso".

Dos días más tarde la administradora le dio a Lisa permiso para usar la piscina. Cuando ella y su padre se acercaron al área de la piscina, los residentes recibieron a Lisa como a una celebridad.

Nuestros sabios dicen que alguien que pecó e hizo teshuvá no regresa a su estado previo, sino que alcanza un nivel todavía más elevado. El “Volcán Lisa” se convirtió en el “Monte Lisa”.