Dios dirige el mundo, así que podemos confiar que hay una razón para que esto ocurra. Como no somos profetas, lo máximo que podemos hacer es explorar qué lecciones se pueden aprender de esta pandemia sin precedentes y cómo podemos responder a los desafíos que nos presenta.

En una carta publicada en los periódicos judíos, Rav Jaim Kanievsky, el gran sabio de nuestra generación, escribió que hay tres cosas sobre las que tenemos que trabajar como respuesta al coronavirus: humildad, dar a los demás y no hablar negativamente de otras personas.

¿Por qué debemos concentrarnos en estas cualidades personales?

La primera lección de humildad es comprender que no tenemos el control. Con todos los milagros tecnológicos que ocurrieron a comienzos del siglo XXI (la inteligencia artificial, el mapeo del genoma, la ingeniería genética, las computadoras cuánticas), no podemos controlar un virus microscópico. Estamos todos asustados en nuestras casas, los trabajadores de la salud son los soldados en el frente de batalla, y en todo el mundo fallecen decenas de miles de personas.

Nuestra tradición dice que aunque pensemos que nuestros esfuerzos son los que dirigen los eventos del mundo, cada tanto nos enseñan de una forma muy dramática que no es así. La Torá nos advierte no pensar “Mi fuerza y el trabajo de mis manos produjeron esta riqueza” (Deuteronomio 8:17). El hombre no es la máxima fuente de poder; por encima de nosotros hay una 'autoridad superior'. Dios nos está enseñando a atemperar nuestro orgullo y nuestro sentido de poder.

La segunda lección que tenemos que aprender es que todos estamos conectados y que somos mutuamente responsables los unos por los otros. Yo soy responsable por mis hermanos y hermanas. Todos somos responsables por todo el mundo; y si Dios ama a todos los seres humanos, entonces también nosotros debemos amarlos y preocuparnos por ellos.

El desafío es cumplir esta enseñanza de una forma extrema. Se nos pide que detengamos nuestras vidas, que nos aislemos en nuestras casas, que nos quedemos encerrados con nuestras familias (y para muchos esto implica estar completamente solos), para salvar las vidas de otras personas. Se nos pide que dejemos de lado nuestras libertades personales y nuestros deseos por el bien de otros. Sí, si socializamos hay cierto riesgo para nosotros mismos, sin embargo entendemos que el peligro real es para la gente más anciana.

De hecho, algunas personas en todo el mundo preguntan: ¿qué ocurre con la economía? La economía es una preocupación, pero aquí, en Israel, el mensaje es claro: los valores judíos nos dicen que debemos aislarnos porque de lo contrario los ancianos corren grave peligro. Antes que nada están las vidas de todas las personas de nuestra sociedad.

Cuando la crisis comience a disminuir, habremos aprendido que la humanidad debe ser mutuamente responsable los unos por los otros, porque ya no podremos decir que un virus en la otra punta del mundo no es nuestro problema. También necesitaremos recordar que, como judíos, tenemos que mantener el delicado equilibrio entre tener una conciencia y preocupación global y al mismo tiempo recordar que tenemos que mantener nuestros singulares valores judíos. Un ejemplo de esto es el valor absoluto de la vida humana que no puede verse comprometida. Mantener nuestros valores a veces requiere que mantengamos límites o que permanezcamos diferentes al resto del mundo. Rav Kanievsky dice que debemos aplicar esta lección también a nuestros hogares. En vez de entrar a una pelea con un miembro de la familia, debemos ceder y anular nuestros propios deseos.

La enseñanza final que debemos contemplar es por qué se nos aísla de nuestros amigos, de nuestros abuelos, de nuestra comunidad y de nuestra sinagoga. En la Torá encontramos el distanciamiento social bajo las leyes del metzorá, la persona que contrae una enfermedad espiritual llamada tzaraat. La persona que contraía tzaraat era enviada fuera del campamento, como un leproso, como mínimo durante una semana. Nuestros Sabios explican que la persona sufría esta enfermedad por una causa espiritual: por hablar lashón hará, hablar negativamente de otros. En la Torá esto ocurrió cuando Miriam criticó los actos de su hermano Moshé. La lección parece clara: si cuando socializamos hablamos mal de alguien, si chismeamos con nuestros amigos sobre otras personas, ya no merecemos el privilegio de esos lazos sociales porque los usamos mal. El aislamiento puede enseñarnos a reflexionar sobre cómo tener interacciones sociales positivas y constructivas en vez de relaciones negativas y destructivas.

La pregunta que debemos formularnos es: ¿Esta tragedia nos llevará a cambiar y a ser mejores personas? ¿La aprovecharemos para pensar sobre nuestra vida desde una nueva perspectiva, una que nos ayude a entender que no tenemos el control y que debemos hacer lugar a Dios en nuestras vidas? Una perspectiva que nos enseñe a poner las necesidades de los demás antes de las propias, aunque eso nos produzca inconvenientes e incomodidad. Una perspectiva que traiga paz y armonía con los demás y evite los chismes, las heridas y las peleas.

¡Empecemos a trabajar! Quizás de esta devastadora tragedia pueda emerger un mundo más afectuoso, receptivo, solidario, con más consciencia social y con consciencia de la existencia y la realidad de Dios.