Un amigo compartió este incidente en Facebook:

Mientras esperaba a la persona con quien debía encontrarme, pedí un café descafeinado. Luego le dije a la mujer que tomó mi pedido: “Buenos días, ¿Cómo estás?”. Ella me miró sorprendida y me dijo: “¡Vaya! Nunca nadie me pregunta cómo estoy”.

Es muy triste. Le dije: “Lamento saberlo”.

Durante el día de hoy, intenta mostrar tu aprecio por los trabajadores con los que te encuentres.

La barista estaba tan sorprendida porque le preguntaron cómo estaba que se quedó sin habla. ¿No es eso terrible? Yo no soy tan ingenuo como para pensar que todo el mundo le dice una palabra amable al ordenar su café, pero si llegamos al punto en que es tan poco frecuente que produce un shock… bueno, entonces eso significa que como sociedad claramente tenemos en qué trabajar.

¿Sabes el nombre del cartero que te lleva la correspondencia? Es posible que algunos nunca lleguen a ver al cartero, pero aquellos que sí lo vemos regularmente debemos preguntarnos por qué no sabemos su nombre (Créanme, el cartero sabe mucho sobre nosotros. ¡Por lo menos corresponde que sepamos la información más básica sobre ellos!).

Entonces ¿Por qué no hay más personas que saluden a sus baristas, carteros, cajeros de banco y otros profesionales de servicio con los que interactúan?

Puede ser que alguien esté ocupado y no quiera retrasar a los que esperan en la fila. Esa es una preocupación legítima, pero nadie dice que tienes que mantener una conversación de treinta minutos cuando la fila llega hasta la esquina. Si el barista tiene un momento para preguntarnos cómo estamos, nosotros podemos encontrar cinco segundos para que el saludo sea recíproco.

La mayoría simplemente estamos demasiado encerrados en nuestras propias burbujas. Estamos ensimismados. Estamos en el teléfono. Simplemente no pensamos en los demás. Por definición, esto nos hace ser desconsiderados. Desconsiderados no significa que seamos groseros, antipáticos u ofensivos. La palabra desconsiderado significa literalmente que uno “no piensa” en los demás. Y no lo hacemos, porque si lo hiciéramos diríamos: “Hola, buenos días. ¿Cómo estás? ¿Por favor, me das un cappuccino en una taza grande? Gracias”.

Tenemos muchos precedentes de esta conducta. Basta empezar con el Libro de Rut que leemos cada Shavuot. En el segundo capítulo, versículo 4, encontramos a Boaz. Allí dice: “Boaz vino de Belén y le dijo a los cosechadores: ´Que Dios esté con ustedes’. Y ellos le respondieron, ‘Dios te bendiga’”.

Boaz era una persona rica y poderosa. Los cosechadores eran trabajadores humildes. Muchas personas poderosas simplemente hubieran ignorado a los simples trabajadores de sus campos, pero Boaz se esforzó por saludarlos primero (Y vemos que en respuesta ellos lo bendijeron).

La famosa máxima de Shamai en Pirkei Avot (1:15) nos alienta a saludar a todos con una sonrisa. El Talmud (Brajot 17a) cuenta que nunca nadie saludó a Rabí Iojanán ben Zakai antes de que él lo saludara primero, ni siquiera los no judíos con los que se cruzaba en la calle. No eran personas importantes, ni siquiera eran sus hermanos judíos, pero eran seres humanos y por eso Rabí Iojanán ben Zakai tomaba la iniciativa de saludarlos cordialmente.

Todos tenemos muchas cosas en la cabeza, pero ni tu ni yo tenemos una agenda más apremiante que Shamai, Rabí Iojanán ben Zakai o Boaz. Si Boaz puede encontrar tiempo para saludar a los cosechadores, nosotros sin duda podemos encontrar una sonrisa para nuestros baristas y para aquellos que cada día realizan numerosas acciones en nuestro beneficio.