Abatida con una varicela leve y disfrutando a pleno sus beneficios, mi hija Ester y yo pasamos el tiempo batallando. La contienda era inocua, el campo de batalla era un juego de mesa popular. Algunas reglas habían sido modificadas, e incluso suspendidas, en deferencia a su tierna edad y a su salud vulnerable, pero batallábamos con pasión.

Ester arrojó el dado y éste aterrizó justo en donde ella no quería. Cualquier resultado a continuación me llevaría a la victoria. El juego estaba terminado. Antes de rendirse, analizó el tablero y sus opciones.

—Ese turno fue inválido —intentó.

Yo respondí con una mirada dudosa.

—El dado cayó fuera del tablero, por lo que no cuenta.

Yo miré el tablero y simulé analizar la legitimidad de su reclamo.

En un intento final, ella miró al tablero con tristeza y preguntó:

—¿Puedo tener otra oportunidad?

—Bueno —contesté—, estás enferma, supongo que puedes recibir otra oportunidad.

Por supuesto, lo que quise decir es: “Te amo y quiero que ganes, por lo que obviamente te daré otra oportunidad”.

¿Qué tienen de especial las segundas oportunidades? Cuando fracasamos, siempre ansiamos una segunda oportunidad. A veces la esperamos, a veces la pedimos y a veces hasta la exigimos. A menudo sabemos que no la merecemos, pero la pedimos igual. Incluso cuando recibimos esa segunda oportunidad, ¡a veces volvemos a fracasar y necesitamos otro intento!

Hay veces en que nos permitimos un nuevo comienzo, en otras ocasiones cerramos la puerta incluso para nosotros mismos.

¿Podemos racionalizar el hecho de pedir otra oportunidad después de fallar, desilusionar, dejar pasar la oportunidad o simplemente arruinarla?

Una segunda oportunidad Divina

Un año después del Éxodo, era hora de que el pueblo judío trajera la ofrenda de Pésaj. Pero algunos individuos se encontraron con un problema: quienes estaban a cargo de llevar los ataúdes de los hijos de Yaakov a sus respectivas sepulturas definitivas en Israel, quedaron ritualmente impuros y, por lo tanto, imposibilitados de participar en la ofrenda del sacrificio de Pésaj (Números, capítulo 9).

Por el gran amor que sentían por Dios y por el deseo de conectarse con Él, pidieron una segunda oportunidad. En respuesta, como un reflejo del gran amor que tiene Dios por nosotros, se instituyó Pésaj Shení, el ‘Segundo Pésaj’, para todas las generaciones. Una segunda oportunidad para sentarnos a Su mesa.

Sin fanfarrias, sólo una oportunidad para ponernos al día.

De ahí en adelante, los Pésaj Shení subsecuentes le dieron a nuestro pueblo una oportunidad compensatoria para cumplir esta obligación. ¿El mal tiempo no te permitió viajar a Jerusalem? No importa. ¿Estabas enfermo y ya te recuperaste? Ok. ¿Hiciste Bar mitzvá justo después de Pésaj y antes de Pésaj Shení? He aquí otra oportunidad. Otro Pésaj disponible para que podamos participar. Pero esta vez, sin Séder, sin limpieza de jametz, sin cuatro copas de vino. Sin fanfarrias, sólo una oportunidad para ponernos al día y recuperar el terreno perdido.

Pésaj Shení, el día agendado por la Torá para brindarnos una segunda oportunidad de traer la ofrenda de Pésaj, llega ahora. Nos da la oportunidad de reflexionar sobre la reserva infinita de amor que Dios tiene para nosotros. Y si bien en la actualidad no tenemos ofrendas, sí recibimos muchas segundas oportunidades que muestran Su amor por nosotros. Un encuentro accidental con un amigo con el cual peleaste puede ser una oportunidad para hacer las paces. Media hora extra con la que no contabas puede ser utilizada para rezar con fuerza. Las palabras odiosas o dañinas que se dijeron no pueden deshacerse, pero, con esfuerzo, se pueden articular palabras pacíficas en lugar de ellas.

Nunca podemos saber cómo se manifestará la bondad de Dios. Puede ser algo tan pequeño como la rectificación de una mala calificación en la escuela o tan vital como un diagnóstico optimista. Pero si deseas intensamente estar cerca de Dios, Él siempre está dispuesto a darte una alternativa. Siempre hay otra chance, otro prospecto, otra oportunidad para arrojar el dado.